lunes, 14 de febrero de 2022

El libro de Adam. Capítulo 1.

Foto: Joan Manel Tena


1
Creer en Dios

I

El día de la fuga, Adam no necesitó que la llamada a Formación lo despertase; por algún motivo que desconocía no había sido capaz de pegar ojo en casi toda la noche. Aun así, los salmos que sonaban a través de los altavoces estratégicamente colocados por todos los rincones del perímetro se le antojaron igual de ensordecedores que cuando lo despertaban de un sueño que, aunque nunca era profundo, resultaba necesario para soportar el día a día en aquel lugar. Podían llamarlo como quisieran, pero él, que a diferencia de la mayor parte de las personas que lo acompañaban sí había tenido la oportunidad de estudiar durante al menos unos años —y aprender sobre muchas cosas que estaban prohibidas—, sabía lo que aquello era en realidad. Recordaba la clase de Historia en la que la profesora les había hablado de ello ante el asombro y algún que otro disgusto de los niños del refugio; aquello era lo que llamaban un campo de concentración. Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla; esta había sido la última aportación de la señorita Bosch durante la lección, la tenía grabada a fuego. Por aquel entonces aún no lo sabía, pero cuánta razón había en aquellas diez palabras.

Dirigió la mirada hacia la litera superior, donde, a juzgar por el ruido chirriante de sus soportes, Guillem parecía estar despertando ya de otra de sus veladas de recurrentes pesadillas. Al no haber dormido nada, esta vez Adam había sido testigo del sufrimiento al que su amigo se veía sometido cada noche, oyéndolo gemir e incluso, en ocasiones, gritar.

—Adam, tío, ¿estás despierto? —le preguntó Guillem desde arriba una vez cesaron los salmos.

—Lo estoy, lo estoy —respondió Adam—. Si casi no he pegado ojo.

—¿Y eso? —Esto último su amigo lo dijo al tiempo que asomó de improviso la cabeza para mirarlo.

—Pues ni idea, la verdad. Tengo como una sensación extraña, pero no me preguntes qué es porque no lo sé.

—Bueno, tío, en este colchón más fino que el papel de periódico tampoco es que se pueda dormir mucho. Vístete, rápido; los guardias tienen que estar a punto de entrar.

Sin abandonar el lecho, Adam se deshizo de su pijama de rayas —el cual le venía gigante, pues se estaba convirtiendo en un saco de huesos— y, una vez en calzoncillos, salió de la cama, no sin esfuerzo, y levantó la almohada para dejar su sambenito al descubierto. Aquella era la vestimenta que todos los presos del campo estaban obligados a llevar anunciando su condición de “pecadores”; una especie de saco de lana negra parecida a un poncho adornado con unas llamas en la parte frontal y una serpiente verde que cruzaba la espalda de arriba abajo. Lo cogió, se lo pasó por la cabeza y lo dejó deslizarse hasta cubrirle los tobillos.

—Nunca me acostumbraré a verme así de ridículo —observó.

—Al menos tú tienes la suerte de ser guapo, con tu cara perfecta, tu pelo castaño, tus ojos verdes y esa barba que me da tanta envidia. Imagínate ser un adefesio imberbe y con cuatro pelos en la cabeza como yo y encima tener que vestirte de luto a diario. Así no encontraré un marido nunca.

Adam rio. Guillem —calvo, bajito, rechoncho y no muy agraciado físicamente, era cierto— se encontraba en el campo por su condición de homosexual. Llevaba mucho más tiempo que él encerrado, y desde el día en que Adam llegó había sido su único amigo ahí dentro, pues casi todo el mundo lo miraba de forma extraña, como reconociéndolo; Guillem, en cambio, no parecía hacerlo, aunque prefería no preguntárselo. Si tan solo alguien se dignase a hablar con él y a escucharle, sabrían que él no tenía la culpa de nada de lo que había hecho en el pasado. No fue más que un títere; ¿qué hacía si no en aquel lugar?

De repente, la puerta del Bloque VII —una de las decenas de casetas del campo, las cuales eran más bien zulos de madera ocupados casi en su totalidad por múltiples literas y una hilera de retretes pestilentes en el centro— se abrió provocando un gran estruendo al golpear la pared. Uno de los guardias, un hombre robusto vestido por completo de negro, entró y exclamó:

—¡Formación en el patio en cinco minutos! ¡Levantaos, pecadores! —Dicho esto, abandonó la estancia.

Aquellos presos que aún seguían retozando en la cama se levantaron de un salto y empezaron a vestirse a toda prisa. Todos a excepción de uno: un hombre de mediana edad al que llamaban Tirillas por su extrema delgadez desde antes incluso de ser encerrado.

—¿Qué le pasa al Tirillas? ¿Por qué no se levanta? —le susurró Guillem, que ya había bajado de su litera.

—No lo sé, pero yo estoy acojonado; no encuentro mi coroza —respondió Adam, a quien acababa de darle un vuelco al corazón al darse cuenta de que alguien había estado fisgoneando entre sus cosas.

—No me jodas, tío. Te ayudo a buscarla.

La coroza, un gorro de fieltro rojo de forma cónica, era otra de las piezas clave del atuendo de los presos del campo junto al sambenito. Sin ella, Adam llamaría la atención de los guardias en el patio durante la Formación, y no quería ni imaginar lo que aquello podía significar.

Buscaron debajo de la almohada y del colchón, y nada; de nuevo bajo la cama, donde se suponía que debía estar, y tampoco. ¿Dónde se había metido? Entonces un grito ahogado los interrumpió. Abandonaron la búsqueda y miraron en dirección adonde procedía aquel quejido de dolor, siete u ocho literas más allá. Miguel, quien dormía encima del Tirillas, lloraba desconsolado.

—¡Está muerto! ¡Se ha muerto! —gritó.

Los demás presos del bloque empezaron a murmurar entre sí, pero el desconsuelo duró tan solo unos segundos, pues enseguida el oficial volvió a entrar en la caseta.

—¿Se puede saber a qué estáis esperando? ¡Todo el mundo al patio ya mismo! —ordenó, tras lo que golpeó la pared tres veces con una porra en un intento de hacer notable su autoridad.

Todos los presos del bloque VII abandonaron la estancia casi en una carrera tras él, dejando a Adam y a Guillem solos con el cadáver del Tirillas.

—¿Qué hacemos? —preguntó Guillem —. Si no salimos ya mismo nos la vamos a cargar.

—Sal tú —respondió Adam—. Tú no tienes por qué sufrir ningún castigo; quien ha perdido la coroza soy yo.

Guillem abrió la boca para protestar, pero Adam se la tapó con la mano y tan solo necesitó una mirada para lograr que entendiera que lo más sensato era que siguiese su consejo.

—Si no la encuentras en un minuto ven al patio igualmente, tío, por favor. Si no haces acto de presencia seguro que será peor que salir sin la coroza —le dijo Guillem desde la puerta justo antes de cruzarla para unirse a los demás.

Sin embargo, Adam ya sabía cómo iba a hacerlo para salir de aquella, aunque muy a su pesar. Se calzó las zapatillas de cuero negro y desgastado que tenía bajo la cama y se acercó a la litera del Tirillas. El pobre hombre había muerto con los ojos y la boca abiertos, como quien ha visto un fantasma; no obstante, aún no tenía el aspecto de un cadáver, o al menos aquella imagen no le resultó tan impactante como la de algunas de las personas a las que había visto fallecer a lo largo de su vida, que por desgracia eran muchas. Por eso él no creía en Dios.

Se agachó, hurgó bajo la cama del difunto como quien acaricia la pared en un intento de encender un interruptor a oscuras y, con un nudo en la garganta, susurró:

—Perdóname, por favor.


II

Había dejado de creer en Dios un domingo cuando tan solo tenía siete años. Aquella mañana estuvo desde bien temprano saltando en la cama de sus padres para levantarlos, pues después de varias semanas prometiéndoselo, por fin iban a llevarle al parque de atracciones.

—¡Despertad! ¡Despertad! —gritaba acompañado de los quejidos de su padre, un hombre tan alto y fuerte que, para él, era casi como un superhéroe de Marvel.

—Adam, cariño, deja de dar brincos; vas a romper la cama —le pidió su madre, a su parecer la mujer más guapa del mundo y de quien había heredado sus ojos verdes. —Ya nos levantamos —añadió.

—Esta vez no os lo pienso perdonar si no me lleváis al Tibidabo —amenazó Adam al tiempo que señalaba a su padre, quien volvía a roncar.

Mamá besó a papá y le dijo:

—Amor, despierta; tenemos que ir al Tibidabo. Se lo prometiste a tu hijo.

De repente, papá se levantó de golpe, corrió hacia Adam, lo cogió en brazos y, dándole vueltas en el aire, exclamó:

—¡Prepárate para ver a mamá marearse en la noria!

Adam soltó una carcajada. Estar en aquellos brazos era casi como subir a lo alto de una montaña rusa. Quería mucho a su padre, aunque la afinidad con mamá era más fuerte, quizás debido al hecho de que papá siempre estaba trabajando y solo pasaba con ellos un día a la semana, por lo general los domingos.

—Iván, ten cuidado; a ver si se te va a caer o algo —pidió su madre, ella siempre tan sufridora.

—Qué cortarrollos que es mamá a veces, ¿eh? —observó su padre tras detenerse y soltar a su hijo buscando su complicidad con la mirada.

—Un poco —respondió Adam.

—Va, ve a vestirte —le ordenó su madre—. Voy a darme una ducha. Quince minutos y nos vamos.

—¿Quince minutos? ¡Eso es mucho! —se quejó.

—Va, hijo, haz caso a mamá. Si te cambias rápido, tú y yo podemos esperarla en el coche escuchando música —intervino su padre.

—¡Vale!

No tardó más de cinco minutos en estar listo para salir, pero cuando volvió al cuarto de sus padres en busca de papá se dio cuenta de que ambos se habían metido en el baño juntos. Qué mentirosos podían llegar a ser los adultos a veces. ¿Y por qué insistían en ducharse tanto? Con lo que él lo odiaba.

Se dirigió al salón, que no era muy grande pero sí más que su habitación —además, ahí no hacía tanto calor—, y se sentó en el sofá a esperarlos. ¿Debía encender la tele? Quizás sí, pues conociéndolos seguro que tardarían mucho más de quince minutos. Se inclinó para alcanzar la mesa de cristal en la que solía apoyar los pies cuando su madre no miraba —si lo pillaba le caía la bronca del siglo, como decía su amigo Joel—, y algo debajo del mando de la televisión llamó su atención. Lo apartó y cogió el periódico del día anterior, desde cuya portada lo miraba aquel hombre tan siniestro que en los últimos días parecía estar presente en todos lados. Leyó el titular: El presidente de Rusia admite parte de la autoría de la traición al Tratado. Bajo este, con letra más pequeña, el diario aclaraba: No obstante, se niega a delatar a los demás países participantes. ¿Rusia? ¿Dónde quedaba eso en el mapa? Su profesora, que por algún motivo que a él se le escapaba siempre estaba roja como un tomate, les había enseñado un mapamundi esa misma semana, pero ahora no conseguía situar aquel país. No importaba; aprovecharía que ese domingo iba a pasar el día con su padre para preguntarle aquellas cosas. Papá era la única persona del mundo que nunca lo trataba como a un niño. Hojeó el diario un poco más, leyendo algún que otro titular —le encantaba practicar su cada vez más rápida lectura— y enseguida papá apareció en el salón.

—¿Esperamos a mamá en el coche? —propuso.

—¡Sí! —exclamó Adam.

Como era de esperar, su madre tardó casi media hora en aparecer, pero ahora ya no le importó tanto porque, junto a papá, se entretuvo escuchando música y cantando canciones a pleno pulmón.

Durante el trayecto, Adam observó la calle por la ventana del asiento trasero. Le encantaba Barcelona. Era muy curioso lo distinta que podía llegar a ser la forma de vestir de sus ciudadanos, unos tan corrientes y otros tan estrafalarios; le gustaban mucho los edificios que no eran normales sino con figuras extrañas que los hacían únicos, con balcones curvados, decoraciones rebuscadas y hasta algunos con unas criaturas de piedra como las que salían en la tele; también disfrutaba saludando, con la ventanilla bajada, a los que cruzaban el paso de cebra cada vez que papá detenía el vehículo en un semáforo y, sobre todo, lo que más le fascinaba de su ciudad era que casi siempre hacía sol, pues odiaba la lluvia.

—Papá, ¿por qué en Barcelona hace siempre tanto calor? —se le ocurrió preguntar a mitad de camino.

—Porque tenemos la suerte de ser una ciudad al lado del Mediterráneo —respondió su padre.

—Eso es el mar, ¿no?

—Sí, cariño —intervino mamá.

—¿Y por qué estar al lado del mar hace que haga calor? —insistió.

—Bueno, también es culpa del cambio climático. Seguro que la señorita Sanz os ha hablado de ello alguna vez —contestó papá.

—Sí, hace poco hicimos un proyecto sobre eso. ¿Sabíais que los osos polares se extinguieron por el cambio climático? —explicó Adam, orgulloso de poder aportar una información quizás nueva para ellos.

—Sí, cariño, y muchos otros animales más. Estamos causándole demasiado daño al planeta, pero nadie parece querer hacer nada para evitarlo —dijo su madre.

—Pues cuando yo sea grande pienso cuidar mejor del planeta que los que sois grandes ahora.

—Me parece muy buena decisión, hijo —reconoció papá con una sonrisa a través del espejo.

—Y, papá, ese señor del periódico, el presidente de Rustia, ¿es un hombre malo? —prosiguió.

Sus padres rieron.

—Se dice Rusia, cariño —lo corrigió mamá.

—Sí, es un hombre bastante malo. Como los villanos de Marvel, hijo —explicó papá.

—¿Por qué? ¿Qué ha hecho?

—Pues ha traicionado un Tratado de Paz que habían firmado muchos países después de la guerra —continuó su padre.

—¿Qué es un Tratado de Paz?

—Es algo que se firma tras un enfrentamiento entre dos o más países en el cual ambos se comprometen a no volver a atacarse. Algo parecido a cuando la profesora os hace pedir perdón después de pelearos con alguien en el patio, pero a lo grande.

—¿Y cómo lo ha traicionado ese señor malvado?

—Bombardeando algunos sitios que se supone que… —Papá no pudo terminar la frase, pues mamá le puso la mano en el hombro y le echó aquella mirada que tanto miedo les daba a ambos.

De repente, su padre frenó el coche en seco. Adam rompió en un llanto provocado por el espanto. Mamá se giró y le dio la mano.

—No te preocupes, cariño, solo ha sido un susto —intentó tranquilizarlo.

Una vez recuperado, miró por el cristal del parabrisas y advirtió que lo que les había hecho detenerse era un señor mayor muy delgado con barba larga y gris y la ropa muy sucia que se encontraba en medio de la carretera que subía la montaña del Tibidabo. Papá bajó del coche y Adam lo vio acercarse a él. El hombre daba la impresión de estar como desorientado. Su padre pareció discutir unos segundos con él y, de súbito, el anciano echó a correr en dirección al coche. Adam empezó a llorar de nuevo.

—¡Adam, cariño, sube la ventana! —gritó su madre con desespero.

Pero ya era demasiado tarde. El hombre introdujo la cabeza en el interior del vehículo, abrió la boca —apestosa y del todo desdentada— y exclamó:

—“¡Cuando los hombres estén diciendo ¡Paz y seguridad!, entonces destrucción repentina ha de sobrevenirles instantáneamente, como el dolor de angustia de la mujer encinta, y no escaparán de ninguna manera!”

Adam, con el corazón a mil y sin ser capaz de detener su llanto, se apartó lo más que pudo de la ventana y, en ese momento, su padre cogió al anciano por un brazo y lo alejó con violencia. El hombre lo miró desafiante, papá alzó los puños y entonces el desconocido echó a correr. Sin tiempo a sobreponerse, Adam oyó otro frenazo y, después, un golpe seco.

Miró atrás. Lo habían atropellado.


III

Llegó al patio de arena cuando la nube de polvo provocada por el paso de los “pecadores” aún no se había disipado. Bien. Quizás había llegado a tiempo. Aprovechando la baja visibilidad, corrió en busca de sus compañeros, los presos del bloque VII, quienes todas las mañanas y la mayoría de noches ocupaban el mismo lugar cerca de su caseta, en la parte occidental de aquella especie de macroplaza tan grande como para albergar a alrededor de un millar de personas. Rodeando aquel espacio abierto se encontraban cada uno de los bloques, todos ellos dispuestos de forma que, visto desde el aire, Adam estimaba que el patio asemejaba al sol y las casetas a los rayos provocados por este, como si del dibujo de un niño se tratase.

Los presos al completo se hallaban ya quietos como estatuas esperando a que comenzase la Formación. Si todo iba bien, esta duraría entre treinta y cuarenta minutos, pero en ocasiones podía llegar a extenderse hasta tres o cuatro horas; todo dependía de cuánto les apeteciese a los guardias o a los curas llevarlos a sufrir en cada jornada. Aquel día era cálido en extremo, por lo que uno podía intuir que se trataría de un recuento largo. Adam, en un intento de evitar llamar la atención, se  agachó y adentró en aquel mar de cuerpos sambenitados y montañas de corozas puntiagudas. A punto ya de alcanzar a sus compañeros, no obstante, chocó con alguien y cayó sobre la arena.

—¿Se puede saber por qué llegas tarde, pecador? —le preguntó el guardia con el que tropezó, quien resultó ser el mismo que los había despertado. Qué mala pata.

—Lo-lo siento —tartamudeó. Temía cómo podía acabar aquella conversación.

—Eso no responde a la pregunta —insistió el malhumorado oficial.

Adam se levantó del suelo y se lo pensó dos veces antes de justificarse:

—M-me di cuenta de que un compañero de bloque ha muerto esta noche, señor —dijo.

Le sabía fatal utilizar al Tirillas como excusa por su retraso, y más llevando su coroza en la cabeza, pero no le quedaba otra. Una vez muerto, al menos a él ya no le harían nada.

—¿Qué compañero? —prosiguió el guardia.

Adam podía sentir la mirada de los demás presos, a quienes ya no les caía muy bien de por sí, clavándose en él.

—El Tirillas.

—No sé quién es el Tirillas. ¿Te crees que conozco a todo el mundo por su mote? —respondió el oficial con asco en la voz, tras lo que añadió—: ¿Cuál es su número?

—N-no me sé su número, señor.

—De verdad que no valéis para nada. ¿Cuál es tu bloque?

—El VII, señor.

—Toma tu lugar —finalizó el guardia, y un cosquilleo de alivio se apoderó de Adam. Entonces el oficial exclamó—: ¡Ahora vuelvo, que nadie se mueva!

Adam se apresuró hacia su puesto junto a Guillem y este le sonrió una vez lo tuvo al lado. Ambos estaban sudando. El patio permaneció en completo silencio. Había una docena de oficiales más, pero por alguna razón ninguno de ellos se atrevió a decir nada mientras permanecían a la espera de que el guardia que se dirigía al bloque VII regresara. Adam frunció el ceño. A pesar de llevar varios meses encerrado, la jerarquía del campo seguía escapándose a su entendimiento; lo único claro era que el Cardenal —quien casi nunca se encontraba ahí y al que jamás había visto en persona— estaba por encima de los curas y estos de los guardias, pero ¿existía algún tipo de escalafón entre los oficiales? Por lo que acababa de suceder, parecía que sí.

Minutos más tarde, a pesar del silencio sepulcral, Adam sintió que algo horrible estaba sucediendo, pues podía entrever, a su izquierda, cómo varios de los presos más cercanos al bloque VII se llevaban las manos a la boca. Sin atreverse a girar la cabeza —no quería llamar la atención de nuevo—, esperó a que el mandamás llegase junto al resto de oficiales al frente de los presos en Formación y, en ese momento, él tampoco pudo evitar soltar un quejido de angustia; el guardia, haciendo acopio de su evidente fuerza, había sacado el cadáver del Tirillas al patio y, a juzgar por la cara ensangrentada y los jirones de piel arrancados del difunto, lo había hecho a rastras. Lo dejó caer al suelo y, en voz alta y clara para asegurarse de que todo el mundo podía escucharle —además, la acústica de aquella plaza, diseñada para la Oración, era muy buena—, empezó:

—Esto es lo que pasa cuando uno no quiere reformarse. Sabéis que estáis aquí porque Dios es misericorde y ha decidido daros una segunda oportunidad. La pregunta es, ¿merecéis todos los aquí presentes estar en el Campo de Redención? Queda claro que no. Este hombre, el número… —Se agachó para comprobar la cifra bordada en el pecho del sambenito del Tirillas—. El 1 487 ha decidido no continuar reformándose, por lo que ya sabemos dónde se encuentra ahora. ¿Dónde se encuentra, pecador? —le preguntó a un preso que había en primera fila.

—En el infierno, señor —contestó este.

—Exactamente. —Se dirigió a uno de sus compañeros y añadió—: Llévatelo ya sabes adónde.

El otro oficial, mucho más delgado y chaparro que el mandamás, obedeció a toda prisa, pero su sobreesfuerzo al intentar levantar el cadáver quedó en evidencia por su torpeza y tuvo que ser auxiliado por otro guardia con rapidez. Entre ambos lo alzaron y desaparecieron por la parte oriental del patio en dirección adonde Adam intuía que había un crematorio, pues una vez por semana una nube gris de humo y ceniza proveniente de las chimeneas que podían verse, a lo lejos, en aquella zona prohibida del campo invadía cada uno de sus rincones.

—Hoy va a ser una Formación muy larga —dijo Guillem por lo bajo.


IV

Llegaron al Tibidabo mucho más tarde de lo previsto debido al incidente con el anciano lunático, lo cual los retrasó bastante. Por fortuna, el conductor del vehículo que lo había atropellado llamó rápidamente a la ambulancia y al parecer esta llegó a tiempo, pues el hombre aún vivía cuando lo subieron y lo perdieron de vista al cerrarse las puertas del vehículo. No obstante, les llevó unos largos y angustiosos minutos recuperarse del susto, y Adam continuó sollozando durante casi todo el trayecto pese al esfuerzo de mamá por tranquilizarlo.

El resto de la mañana transcurrió con normalidad. Entraron en el parque, situado en la cima de la montaña, y subieron a la noria, justo al lado de la puerta de entrada, desde donde se podía apreciar Barcelona a vista de pájaro y, al fondo, el mar. Tal y como había previsto papá, su madre se mareó hasta tal punto que, nada más bajar, tuvo que correr al lavabo a vomitar. Adam y su padre la esperaron riendo mientras tanto. Una vez mamá se recuperó, montaron en el centenario avión rojo que daba vueltas sobre su eje y desde el cual uno parecía estar sobrevolando la ciudad. Adam no cabía en sí de gozo. Tras tan emocionante experiencia, se dirigieron al Embruixabruixes, una especie de ferrocarril aéreo. Se llevaron un susto enorme cuando apareció el famoso Buri Buri, un duende que asustaba a los pasajeros con una linterna en el último túnel, justo cuando parecía que el trayecto había llegado a su fin. Al acabar, papá insistió en ir a comer, pero Adam se negó a hacerlo sin antes entrar en el Miramiralls. Resignado, su padre accedió y descendieron por la escalera para ingresar en la sala de los espejos, en un nivel inferior. Aquella era la atracción favorita de su mejor amigo, y dos días atrás, cuando Adam le había explicado que aquel domingo iría al Tibidabo, Joel le recalcó que no podía perdérsela. Se lo pasó en grande ahí dentro viendo cómo sería si fuese gordo, alto, súper delgado, enano o incluso gigante y, además, convenció a su madre para que lo acompañase al interior del laberinto en el que uno podía darse de bruces con un cristal invisible con facilidad, lo cual a mamá le sucedió en un par de ocasiones. Adam rio como nunca.

Llegó la hora de comer y regresaron al piso superior en busca de uno de los food trucks, donde compraron hamburguesas, nuggets y patatas para todos —con mucha mostaza, eso siempre—. Se sentaron en una de las mesas de madera tipo pícnic que había justo enfrente. Antes de empezar a comer, su madre los dejó solos unos minutos para ir al lavabo —era sorprendente lo mucho que mamá necesitaba hacer pis siempre— y Adam decidió aprovechar la ocasión. Necesitaba sonsacarle más información a su padre.

—Papá, ¿qué era lo que ha dicho aquel señor viejo cuando se ha asomado por la ventana? —quiso saber.

Su padre esperó a tragar el trozo gigante de hamburguesa que se acababa de llevar a la boca antes de contestar:

—Alguna estupidez religiosa. Tú ni caso.

—¿Estupidez por qué? —insistió.

—Porque últimamente hay mucho fanático suelto, hijo. Entre el cambio climático, la guerra y demás, existen muchas personas que se están radicalizando.

—¿Qué significa radicalizando?

—Pues… —Papá dudó unos instantes—. Es gente que quizás en el pasado creía en Dios, pero sin más. En cambio, ahora que la cosa está tan mal, se acogen con excesiva pasión a lo que la Iglesia dice.

—¿Y qué es lo que la Iglesia dice?

—Estupideces de que la primera de las tres profecías del Apocalipsis o el Armagedón o no sé qué historias se ha cumplido con la traición al Tratado de Paz.

—¿Profecía?

—Como una especie de predicción. Pero es todo falso, hijo. Tú no te creas nada.

Silencio. Adam necesitaba procesar aquella información, de la cual no entendía de la misa la mitad.

—Y, papá, ¿tú crees en Dios? —preguntó poco después.

—No lo tengo muy claro—. Esta vez su padre respondió con la boca llena de patatas.

—¿Por qué no lo tienes claro?

—Me cuesta creer que haya algo superior a nosotros.

—Yo sí que creo en Dios —afirmó Adam con convencimiento.

—Y me parece muy bien, hijo, siempre y cuando no dejes que te metan en la cabeza ninguna de las tonterías que se están diciendo ahora.

—¿Quién las dice?

—El Papa y gente loca como el hombre de esta mañana.

—¿El Papa es malo?

—Muy bien de la cabeza no está, no.

—¿Como el presidente de Rusia?

Papá rio.

—Más o menos, sí —contestó.

Adam iba a formular la siguiente pregunta cuando, de repente, se oyeron varios estallidos seguidos. Tal fue la fuerza de estos que, a pesar de haber sonado a lo lejos, uno de los tres vasos de Coca Cola de encima de la mesa se derramó. Papá se levantó del banco de un brinco.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Adam.

—No lo sé, hijo —respondió su padre, blanco como un fantasma—. Ven, corre, vamos a buscar a tu madre.

Adam obedeció, abandonó el banco y le dio la mano a papá. Dejando la comida prácticamente intacta —y ahora también mojada—, se dirigieron a los lavabos, abriéndose camino entre algunas de las personas que corrían presas del pánico hacia la entrada del parque. ¿Qué había pasado? ¿Por qué todo el mundo tenía tanto miedo? Niños más pequeños y alguno más grande que él sollozaban. Adam de momento no lo hacía, pues aún no entendía qué motivo había para ello.

Por desgracia, se perdieron. Al parecer, papá no tenía ni idea de dónde se encontraba el baño más cercano.

—Adam, hijo, vamos a regresar a la zona de pícnic; esperaremos a mamá ahí —dijo su padre con un tembleque en la voz.

Así lo hicieron. En cuestión de segundos, alcanzaron de nuevo la que había sido su mesa, desde donde Adam pudo ver, a lo lejos, cómo cortinas de humo gris se alzaban en varios puntos de la ciudad y se perdían entre las escasas nubes del cielo de Barcelona.

—¡Papá, mira! —exclamó.

Contempló a su padre y este, boquiabierto, ya parecía haberse percatado de ello.

—¡Mantengan la calma, por favor! —se oyó entonces que alguien decía por megafonía—. Nos acaban de informar de que ha habido varios atentados coordinados en la ciudad. Tenemos órdenes de permanecer en el interior del parque hasta nuevo aviso. Por favor, mantengan la calma; no se amontonen.

Algunos de los visitantes del Tibidabo comenzaron a chillar. Adam miró hacia la puerta de entrada, bastante cercana, en donde observó que la gente empezaba a apelotonarse y algunos incluso intentaban escalar las barras de hierro.

—Papá, ¿vamos nosotros también a la entrada? —propuso Adam.

—No podemos, hijo, tenemos que esperar a mamá.

En ese momento, el suelo pareció temblar y un zumbido cada vez más fuerte se apoderó del parque. Adam se tapó los oídos.

A partir de ahí, todo sucedió muy rápido. Atisbó a ver varios aviones pasar por encima de sus cabezas, uno de los cuales dejó caer algo.

Y, de repente, el mundo oscureció.


V

El recuento empezó y, pasados veinte minutos, cuando ya todos creían que la Formación estaba casi acabando, el oficial que parecía estar al mando volvió a hablar.

—¿Quién ha sido el pecador que ha mancillado el suelo de este lugar sagrado? No podemos recibir al padre Figari en estas condiciones —se le oyó decir desde varias filas atrás.

Nadie respondió.

—¿Qué es lo que pasa? —quiso saber Guillem en un susurro.

—No tengo ni idea —contestó Adam.

—Creo que alguien ha vomitado al ver el estado del Tirillas y el guardia lo acaba de descubrir —informó el compañero que Guillem tenía a su izquierda.

—Solo lo repetiré una vez más. ¿Quién ha sido? —insistió el oficial.

Adam decidió arriesgarse un momento y giró la cabeza. Un hombre rubio y joven al que desconocía levantó la mano. Volvió a mirar al frente.

—He sido yo, señor. Perdóneme —oyó implorar al chico.

—Déjame ver tu número. —Silencio—. ¿Cuál es tu pecado?

El desconocido dejó pasar unos segundos antes de contestar:

—Soy homosexual.

—“No yacerás con varón como se yace con mujer. Es una abominación”. Levítico 18:22. Cómete tu vómito, maricón.

—¿Cómo?

—Lo que has oído. No recibiremos al padre Figari hasta que no quede ni rastro de la guarrada que has montado aquí.

El silencio volvió a apoderarse del patio, aunque la tensión podía cortarse con un cuchillo. Adam no sabía si sentirse afortunado de que no le fuera posible ver lo que con toda seguridad estaba ocurriendo a sus espaldas, pues en el fondo tenía curiosidad por saber si aquel pobre hombre sería capaz de llevar a cabo tal asquerosidad.

La duda no duró mucho, pues de repente un disparo resonó por toda la plaza y varios presos gritaron, incluido Guillem.

—“Estos son los que salen de la gran tribulación, y han lavado sus ropas largas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero”. Revelación 7:14 —recitó el guardia, a lo que enseguida añadió—: Fin del espectáculo, pecadores. Hora de rezar.


VI

Cuando despertó, se halló tirado en el suelo en un lugar distinto al que había estado con papá. Una nube de polvo lo invadía todo. Era imposible ver nada más allá. Intentó levantarse. Qué daño. Se miró las piernas. Sangre.

—¿Adam? —oyó que alguien decía a través de aquella especie de niebla.

—¿Mamá? —preguntó.

—Adam, hijo, ¡es un milagro! —exclamó su madre, quien se hizo visible de golpe una vez la tuvo delante.

Mamá se agachó y lo abrazó.

—¿Puedes levantarte? —quiso saber.

Adam, demasiado desconcertado para llorar, respondió:

—Me duele. Lo he intentado.

—No te preocupes, enseguida vendrá alguien a ayudarnos. ¿Dónde está papá?

—No lo sé, estaba conmigo…

—Ahora vuelvo, cariño. No te asustes, que no tardaré nada —lo interrumpió su madre.

Sin tiempo a réplica, volvió a perderla de vista.

Pasaron varios segundos con sabor a horas en los que Adam podía notar cómo el corazón le palpitaba a un ritmo fuera de lo normal. Entonces un grito desgarrador lo ensordeció.

No cabía duda, era la voz de mamá. Aquello solo podía significar una cosa.

Y así dejó de creer en Dios.


martes, 16 de junio de 2020

La extraña criatura, el mayordomo obsesivo-compulsivo y el científico que ganó la lotería tres veces


Foto: Jeisson Pulido Photographer


Abrió los ojos. ¿Dónde estaba? Todo le daba vueltas. Parecía… ¿un bosque? Intentó levantarse, pero un fuerte dolor en la cabeza se lo impidió. Entonces recordó que se encontraba dando una vuelta en bicicleta después de celebrar la Nochebuena con su aburrida familia y había estado a punto de ser tragado por una grieta durante un fuerte terremoto. Aquello había provocado que dejase la carretera de un golpe brusco en el manillar y se adentrase a toda velocidad en el bosque, donde poco después había caído. Debía de haberse golpeado con algo, pues el dolor era insoportable. Se palpó la cabeza con ambas manos y comprobó que, por lo menos, no estaba sangrando. Intentó ponerse en pie de nuevo, esta vez con éxito, y miró alrededor para intentar encontrar su bici, pero había demasiadas raíces gruesas en el suelo. ¿En qué dirección se encontraría la carretera? ¿Por dónde había venido?
¡Tem puf bah! «¿Qué ha sido eso?». Con tan solo trece años, él sabía mucho más que cualquiera de sus compañeros de clase sobre la fauna local, pues de mayor quería ser científico. La isla era relativamente pequeña y aquel no parecía el sonido de ningún animal que conociese. No obstante, aquello, en vez de asustarlo, lo embriagó de curiosidad. ¡Bri taa kah moh! A pesar de provenir del mismo lugar, esta vez el sonido había sido distinto. Era como si lo que fuese que lo producía intentase decir algo.
Avanzó, incapaz de distinguir nada entre tanta raíz sombría, y tras varios pasos tropezó con algo que le hizo caer de nuevo. ¡Tem puf bah! Había vuelto a hablar, repitiendo lo mismo que la primera vez. Haciendo un gran esfuerzo por no dejarse vencer por el dolor de cabeza, miró atrás y vio que lo que le había hecho desplomarse había sido su bicicleta. ¡Bien! Ahí tenía una linterna. Hurgó en la bolsa que colgaba del manillar, ahora totalmente doblado y destrozado, y algo le mordió. ¡Tem puf bah! ¡Bri taa kah kah! Rápidamente, apartó la mano y se puso en pie de un salto. Sin tiempo de preocuparse por su dedo, cogió la mochila —inusualmente pesada— por una de las asas y vació su contenido. Lo primero en tocar el suelo fueron tres chocolatinas Snickers, todas ellas abiertas y mordisqueadas. En cuanto vio caer lo que necesitaba, sin embargo, soltó la bolsa de nuevo, se agachó, cogió la linterna y apretó el botón de encendido. «Mucho mejor».
¡Bri taa kah moh! Parecía provenir del interior de la mochila. Apuntó con la linterna y vio cómo una pequeña criatura se removía dentro. Probablemente al vaciarla aquel ser se había agarrado a ella para no caer junto al resto de las cosas. Con cuidado, volvió a coger la bolsa y la agitó violentamente en el aire para provocar su caída.
En cuanto lo consiguió, pudo ver al fin qué se había estado comiendo todas las chocolatinas y, efectivamente, no era parecido a nada que hubiese visto jamás.

Sentado en su deteriorado sofá devorando una pizza junto a su mejor y único amigo Max, Jason miraba el telenoticias.
—Por tercera vez en los últimos quince años, el multimillonario Andrew Philip ha sido el ganador del primer premio de la lotería de Navidad —decía la presentadora con su característica voz de pito.
—¡Podrías dejar algo para los demás! —gritó a la televisión a la vez que cogía el mando y cambiaba de canal.
Llamaron al timbre. ¿Quién podía ser? Desde luego, no debía de tratarse de nadie importante, pues no esperaba visitas. Decidió no abrir, pero volvieron a insistir y Max empezó a ladrar.
—¡Jason! ¡Jason! —lo llamaba alguien desde el otro lado de la puerta. Sin más remedio, se levantó del sofá y se dirigió al recibidor, no sin antes dar tres vueltas alrededor del salón y enrollarse el mismo número de veces en la cortina que le había regalado su madre cuando decidió abandonar el nido y mudarse a aquella solitaria casa en medio del bosque—. ¡Jason! ¡Abre, hijo! —repetía insistentemente la voz desde afuera.
—¡Ya voy, mamá! —chilló. Alcanzó la puerta y acarició el pomo tres veces antes de abrirla.
—Hijo, ¿por qué tardas tanto en abrirme? —preguntó su madre, entrando sin esperar a ser invitada—. ¿No estarás teniendo otro episodio?
Jason dudó.
—No, mamá —mintió finalmente—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Dónde está papá?
—Tu padre ha ido al bosque con tu tío a por un abeto para decorar un poco la casa para esta noche y les he pedido que me dejaran aquí por el camino. ¡Dios mío, pero cómo tienes el salón! ¡Qué desastre!
—Mamá, no empieces. Y ¿para qué necesitabas venir hasta aquí si esta noche ya nos veremos para celebrar la Nochebuena?
—¿Tiene una madre que tener un motivo para visitar a su hijo?
—Tú sí, mamá. Que nos conocemos —contestó.
—Está bien. La verdad es que he venido porque ayer estuve hablando con mi amiga Lily y me dijo que en la panadería del pueblo buscan un dependiente y había pensado que quizás te gustaría dejarles tu currículum —informó ella sonriente.
—Mamá, te he dicho mil veces que no quiero trabajar en ningún lugar donde tenga que tratar con mucha gente —replicó.
—¡Es que ningún trabajo te está bien nunca! —exclamó su madre, tras lo que se sentó en el sofá junto a Max—. Y no comas tanta comida basura —añadió cerrando la caja de pizza—. Jason, ya sabes que yo siempre miro por tu bien. Tu padre y yo no estamos pasando por un buen momento económicamente y no vamos a poder seguir pagándote el alquiler. ¡Necesitas encontrar un trabajo!
—Entonces, ¿has venido para decirme que me cortáis el grifo? —quiso saber.
—Agradece que haya venido yo a decírtelo. Tu padre quería soltártelo en medio de la cena de esta noche y yo le he dicho que no, que mejor me pasaba yo ahora a contártelo y así teníamos la fiesta en paz.
—¿La fiesta en paz? ¿Acaso crees que voy a estar muy a gusto celebrando la Nochebuena con vosotros después de que me hagáis esto? Lo siento, mamá, pero quiero estar solo. Vete.
—Cariño, relájate —intentó calmarlo mamá—. Estás teniendo otro episodio, puedo verlo claramente: el salón hecho un desastre, el perro en el sofá, comida basura, tú perdiendo los nervios…
—¡He dicho que te vayas! —bramó, y acarició de nuevo el pomo tres veces antes de abrir la puerta.
—Está bien, está bien —cedió su madre. Se levantó y se dirigió a la salida—. Ya me voy, pero piensa en lo que te he dicho. Ya sé que no es tu culpa el que no te guste relacionarte con la gente, por eso siempre te insisto en que vuelvas a ver al doctor Smith, cariño. Tu padre y yo no vamos a estar aquí siempre. —Dicho esto, salió al exterior y Jason cerró rápidamente la puerta.
Volvieron a llamar al timbre.
—¿Qué quieres, incordio? —preguntó sin abrir.
—Tu padre no pasará a recogerme hasta dentro de un par de horas y no tengo cómo volver a casa. ¿Me llevas tú? —le pidió mamá.
—Está bien. Espera a que coja las llaves del coche —suspiró.
Una vez en el coche, su madre retomó la conversación:
—Hijo, quiero que sepas que te he visto rozar varias veces el pomo de la puerta antes de abrirla para echarme. Quizás deberías ir a ver al doctor Smith para contarle que estás sufriendo otro episo…
—¿Quieres volver a casa a pie? —la interrumpió.
—Está bien, hijo. Ya me callo.

Toda la familia se encontraba reunida alrededor del árbol para abrir los regalos, y aquel paquete tan grande solo podía significar una cosa. Arrancó el envoltorio.
—¡El estudio del científico loco! ¡Qué bien! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja—. Gracias, mamá; gracias, papá.
—De nada, hijo —respondió su padre.
—Sabíamos que te hacía mucha ilusión —intervino su madre—. Ahora ya podrás hacer tus propios experimentos. Dentro hay un manual de instrucciones. Si quieres, papá y yo podemos ayudarte a hacer alguno.
—Ya puedo yo solo, gracias —replicó impaciente al tiempo que cargaba con la enorme caja con ambas manos, tras lo que se dirigió corriendo escaleras arriba.
—¡Cariño, llévate a tu hermana a jugar contigo! —oyó que le ordenaba su madre desde el piso inferior.
Ignorándola por completo, entró en su habitación y cerró la puerta tras él. Colocó el juego sobre la cama, se agachó y miró debajo de ella.
—Hola, Weirdo —susurró, ofreciéndole la mano a la pequeña criatura que allí escondía. Weirdo, que parecía una mezcla de anfibio y un diminuto bebé humano, se subió encima gritando:
—¡Tem puf bah bah bah!
—Te voy a enseñar lo que me ha traído hoy Papá Noel —le dijo—. Bueno, en realidad papá y mamá, pues Papá Noel no existe. Aunque tú aún eres muy pequeño para entender eso.
Su gracioso amigo dio varios saltos encima de la mano y, de repente, se lanzó sobre la cama y empezó a olisquear la caja del estudio científico.
—¡Bri taa kah moh!
—No hay nada de comer ahí dentro, coleguita; lo siento. Si te portas bien, antes de irme te subiré un par de chocolatinas.
Abrió la caja del juego y dejó la tapa del revés sobre el edredón. Weirdo se subió encima, se acurrucó en la esquina del cartón y empezó a roncar.
—Eres un dormilón, coleguita, ¿lo sabías?
Acompañado por su somnoliento amigo, intentó llevar a cabo uno de los experimentos más sencillos del juego hasta que Sally empezó a llamar insistentemente a la puerta causándole a Weirdo un gran sobresalto.
—¡Quiero jugar contigo! —gritaba su hermana.
—¡Brii brii! —empezó a chillar Weirdo.
Velozmente, cogió a su amiguito con la mano derecha al tiempo que, con la izquierda, le tapaba la diminuta boca.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Sally abriendo la puerta.
—No ha sido nada —mintió, ocultando a Weirdo tras la espalda.
—Embustero. Estás escondiendo algo.
—Em… No —balbuceó nervioso.
—¡Mamá! —gritó la pesada, consciente de que de esa forma siempre acababa saliéndose con la suya.
—Sshh —pidió él—; deja de chillar y te lo enseñaré. Pero tienes que prometer que no se lo contarás a nadie.
—¡Prometido!

Llevaba toda la vida viviendo en la isla pero nunca había estado más allá del río. Contaban en el pueblo que a ese lado del bosque vivía un científico loco que experimentaba con todo tipo de cosas; animales y seres humanos incluidos. Jason no era propenso a dejarse llevar por ese tipo de habladurías pero, por una experiencia traumática que había sufrido de niño, nunca se había aventurado a cruzar el río. Hasta ahora. Tras la desafortunada visita de su madre el día antes de Navidad, la había llevado de vuelta al pueblo, donde vieron un cartel en el que el famoso y a la vez misterioso científico —que firmaba como Dr. Philip— informaba de que precisaba de un mayordomo que le ayudase con sus quehaceres mientras él llevaba a cabo sus experimentos. En un principio, la intención de Jason fue ignorar el mensaje, pero tras la desastrosa cena de Nochebuena ––en la que le fue imposible relacionarse con sus padres sintiéndose altamente traicionado–– decidió elaborar una lista de pros y contras, en la que finalmente las ventajas ganaron por dos motivos de más: trabajando como mayordomo no tendría que relacionarse con nadie a excepción del doctor y, además, quizás podría aprender algo de su trabajo como científico, una profesión que siempre le había parecido muy interesante.
Nada más llegar a la entrada de la enorme mansión, cuya altura superaba con creces la de las copas de los árboles de su alrededor, se encontró con una puerta enorme de barras de metal a cuya izquierda había un interfono. Bajó del coche y pulsó el interruptor. Nadie respondió. Volvió a llamar y, segundos después, el portón se abrió permitiéndole pasar. Subió al coche de nuevo y avanzó hacia el interior del jardín —perfectamente cuidado— del doctor Philips, quien lo esperaba en el porche de la casa, inmóvil. «Me recuerda al loco de Regreso al futuro», pensó.
—Buenas tardes, Jason —lo saludó el científico sin moverse de donde estaba.
Tembloroso, Jason estacionó el coche en silencio y caminó hacia la entrada.
—Bue-nas t-tardes, doctor Philip —tartamudeó.
—¿Te ha costado encontrar la casa? —se interesó el anciano.
—Un poco —respondió.
—Como soy el único que vive a este lado de la isla, los caminos no están ni asfaltados ni señalizados. Aquí nunca viene nadie —informó el científico.
—Imagino.
—Dime, ¿sabes algo de mi trabajo?
—En el pueblo creen que está usted loco —soltó Jason sin ningún tipo de miramiento.
—Vaya, qué directo —contestó el doctor entre risas—. A mí me da igual lo que piensen de mí en el pueblo. Verás, yo soy un hombre muy reservado, pero no estoy loco. Yo también bajo al pueblo de vez en cuando, pero me gusta pasar desapercibido y nunca permito que nadie me reconozca. Bueno, estoy siendo muy descortés. Pasa, acomódate. Estás en tu casa. —Dicho esto, abrió la puerta del caserón y lo invitó a entrar primero. Fue en ese momento cuando Jason vio que el anciano tenía media cara quemada.
El recibidor de la mansión, muy luminoso, repleto de extraños objetos que parecían tener un gran valor y escaleras que llevaban a innumerables puertas modernas, provocó en él un leve desconcierto. Era como si el doctor Philip viviese en un siglo totalmente distinto. Aun así, la vergüenza que sentía le impidió decir nada y continuó avanzando en dirección al gran salón que se veía tras una puerta de cristal transparente al fondo de la sala.
—Siéntate, por favor —lo invitó el doctor Philip una vez entraron.
Siguió al científico a un sofá de cuero que se encontraba en el centro y ambos tomaron asiento.
—Una casa… ch-chula —balbuceó.
—Gracias —dijo el anciano alegremente—. Bueno, ante todo, déjame agradecerte que hayas venido hasta aquí en el día de Navidad.
—No hay problema.
—Está bien, te cuento —prosiguió el doctor—. Eres la única persona que ha contactado conmigo interesándose por el puesto. Bueno, te miento; en realidad recibí un par de llamadas más de sinvergüenzas que lo único que querían era venir a curiosear, pero los calé bien rápido. Por ese motivo, cuando termine de explicarte las normas de la casa y cuáles serán tus funciones, si el trabajo todavía te interesa, es tuyo.
—Guay —asintió, inseguro.
—Tus tareas serán muy básicas. Te encargarás de despertarme todas las mañanas a las seis, incluidos los domingos. Tengo mucho trabajo y no puedo perder el tiempo durmiendo más de la cuenta. Ocho horas, esa es mi cifra. Me gustaría que me recibieras con el desayuno servido en bandeja…
—Disculpe, doctor. Y-yo no sé cocinar —lo interrumpió.
—Oh, no te preocupes por eso, la señora Frankie se encarga de la cocina.
—¿Entonces no vive usted solo? —quiso aclarar, orgulloso de haber sido capaz de formular toda una pregunta sin que le temblase la voz.
—Oh... —el anciano dudó—. En realidad sí vivo solo. Ya lo entenderás. Prosigo. Durante el resto de la mañana podrás hacer lo que quieras; en la casa tienes tres bibliotecas, una sala de vídeo e incluso un pequeño campo de golf. Puedes utilizar todas las estancias libremente.
—Genial.
—Por la tarde, en ocasiones te enviaré al pueblo a hacer algún recado, pero eso no será más que un par de veces por semana. Los demás días, podrás continuar disfrutando de la casa hasta la hora de cenar, cuando me gustaría que me acompañases. Y, finalmente, asegúrate siempre de que tomo mis medicamentos antes de ir a dormir. Como ves, tus tareas son bastante sencillas. ¿Qué te parece?
Jason no tenía muy claro qué responder. Lo cierto era que, si el trabajo realmente consistía solo en eso, se trataba de un chollo muy grande. Pero todo aquello no dejaba de sonarle a broma.
—Acepto —anunció finalmente.
—¡Bien! También me gustaría que te trasladases a vivir aquí —pidió el doctor.
—No hay problema, pero t-tengo un perro. Un labrador.
—No te preocupes por eso; aquí todos los animales son bienvenidos. Que venga también. —El científico se levantó del sofá y se dirigió a una especie de ascensor en una esquina del salón. Al llegar, se detuvo, miró a Jason de nuevo y añadió—: He de volver al trabajo. Tienes el resto de la tarde libre para curiosear un poco por la casa y para ir a la tuya a por tu perro y tus cosas.
—Gracias, doctor.
—No me las des. Gracias a ti por haberme contactado. Yo antes era un lobo solitario, ¿sabes? Pero los años nos cambian a todos. Ya pensaba que no sería capaz de encontrar a nadie que me hiciese un poco de compañía.
¿Compañía? ¿Pero entonces quién diantres era la señora Frankie?
—Por cierto, doctor —lo llamó cuando vio que el científico introducía una llave en el panel del ascensor—. No me ha dicho las n-n-normas de la casa.
—¡Cierto, perdona! —exclamó el anciano mientras las puertas comenzaban a cerrarse frente a él—. Tan solo hay una: bajo ningún concepto bajes nunca a mi laboratorio.

Papá miró a Weirdo horrorizado y preguntó:
—¿Pero se puede saber qué es?
—No lo sé. Lo encontré hace dos semanas en el bosque —respondió cabizbajo.
—Podríamos llevarlo al veterinario del pueblo. Quizás allí sepan qué puede ser —propuso Sally.
—Tú calla, traidora —le repuso él a su hermana. Estaba muy enfadado con ella por haberse chivado.
—No —intervino mamá y, dirigiéndose a papá, añadió—: ¿Podemos hablar afuera un momento?
Ambos abandonaron la habitación y empezaron a discutir. Quizás ellos no se diesen cuenta, pero desde dentro del cuarto podía oírse todo lo que decían.
—¿Se puede saber por qué no quieres que llevemos a esa cosa tan fea al veterinario? —reprochaba su padre.
—Cariño, date cuenta. Dice que hace dos semanas que se lo encontró en el bosque y... ¿No has notado que últimamente tu hijo está mucho más alegre y comunicativo? —reconoció su madre.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que, de alguna manera, esa cosa le está ayudando. ¡Si la llevamos al veterinario se la quitarán!
—¿Y no podemos comprarle un perro como la gente normal?
—Tu hijo no es normal. Tanto tú como yo lo sabemos. Démosle una oportunidad.
Silencio.
—Está bien —cedió finalmente papá.

Jason llegó al pueblo a media tarde montado en su viejo Golf y aparcó en el parking del supermercado, que era gratuito. Necesitaba ver a su casera, la señora Williams, para decirle que dejaría su hogar de forma inminente, por lo que había decidido que, antes de ir a por Max y sus cosas, primero hablaría con ella para ver si existía algún tipo de cláusula en el contrato que le impidiese marchar tan repentinamente.
—¡Jason! ¿Qué haces aquí en Navidad? —preguntó la casera, sonriente, al abrirle la puerta.
—Te-tengo que hablar con… usted —tartamudeó.
—¡Qué sorpresa! ¡Pasa, pasa! —dijo la mujer, abriendo la puerta de par en par e invitándolo a entrar con la mano.
En aquel instante, Jason pudo ver que al fondo, en el salón, había más de diez personas reunidas alrededor de la mesa, y sus piernas le impidieron avanzar.
—No quiero molestar, s-señora Williams —añadió—. Solo quiero comentarle algo…
—Está lloviendo, Jason. Pasa o te calará hasta los huesos —insistió la señora Williams.
—Dejo la casa hoy mismo —informó, tembloroso y vomitando las palabras.
La mujer lo miró detenidamente.
—¿Y eso? ¿Vuelves a casa de tus padres? —quiso saber.
—Em… No. He encontrado un t-trabajo y tengo que m-m-mudarme.
—¡Oh, enhorabuena! No te preocupes, no hay ningún problema. Te daré una semana para que recojas todas tus cosas y volveré a ponerlo en alquiler. En el fondo esta es una oportunidad para subirle el precio; ya sabes cómo está hoy en día el mercado…
—Gracias —la interrumpió Jason. Sin añadir nada más, dio media vuelta e inició el camino de vuelta al supermercado. Una vez allí, absorto en sus pensamientos, chocó con un hombre encapuchado, a quien se le cayó el periódico al suelo y se le mojó—. ¡Lo siento! —exclamó.
—No se preocupe —respondió el desconocido.
—D-déjeme que le compre uno n-nuevo —propuso.
—No hace falta, joven.
El encapuchado lo miró. ¡Era el doctor Philip! Sin embargo, el científico pareció rehuirle, pues rápidamente dio media vuelta y volvió a encaminarse a la entrada del supermercado. Jason permaneció quieto, mirándolo dubitativo. ¿Acaso no era el doctor Philip? Desde luego, no sabía de nadie más en el pueblo que tuviese media cara quemada. Se dirigió a su coche y abandonó el pueblo pensativo.

Ya habían pasado seis meses desde que Weirdo entró en su vida y, juntos, eran imparables. Con él podía jugar a cualquier cosa y la criaturita, le ordenase lo que le ordenase, siempre se mostraba alegre y dispuesta. Además, ya era uno más de la familia. Papá y mamá habían transformado la habitación de invitados en el cuarto de Weirdo, pues los primeros tres meses su crecimiento había sido poco notable, pero a partir del cuarto su tamaño empezó a multiplicarse día tras día hasta el punto en que su rechoncho cuerpo dejó de caber por el orificio de la caseta para perros que papá le había traído de la tienda de animales y no tuvieron más remedio que habilitar un cuarto entero para él, algo que Weirdo recibió con gran alegría. Su dieta empezó a ser más variada. Si al principio tan solo se alimentaba de chocolatinas, poco a poco, entre mamá y él, consiguieron incorporar algo de carne y vegetales a su dieta; eso sí, siempre con un Snickers como premio. También le enseñó a decir unas cuantas palabras como, por ejemplo, “shicke”, que era como su amiguito decía “Snickers”; “bree”, que en realidad era “hambre” e incluso aprendió a llamarle con una adaptación muy graciosa de su nombre, “Sheion”.

Las semanas transcurrieron con tranquilidad y a Jason no le costó nada habituarse a su nuevo trabajo, en especial porque este era prácticamente inexistente. Durante sus muchas horas libres, se dedicó a explorar los interminables pasillos de la mansión, donde descubrió varias cosas interesantes. La primera de ellas fue un despacho en cuyas paredes colgaban decenas de diarios y títulos enmarcados, todos ellos destacando el notable trabajo del doctor Philip. Pero aquello no fue lo que más le llamó la atención, sino tres billetes de lotería —¿fotocopiados?— que también decoraban la estancia.
—Doctor… ¿su nombre es Andrew? —se atrevió a preguntarle al científico una noche mientras cenaban cada uno a un extremo de la larga mesa del comedor.
—Efectivamente, Jason. ¿Por qué lo preguntas?
No respondió y siguió engullendo el estofado. ¿Para qué decir nada más si ya disponía de la información que necesitaba?
Gracias a la titánica biblioteca, Jason también descubrió múltiples mundos e historias de la mano de autores como Julio Verne o Charles Dickens e incluso pudo viajar en el tiempo gracias a H. G. Wells, de cuya novela más conocida, La máquina del tiempo, el doctor Philip disponía de múltiples ediciones.
No obstante, de todas las cosas que le fascinaron de aquel lugar, quizás la señora Frankie fue la que más. Se trataba de una autómata con aspecto de mujer mayor que cocinaba mejor que nadie pero que no hablaba jamás. El primer día, también durante la cena, el doctor Philip le contó que anteriormente había sido capaz de comunicarse, pero que dejó de hacerlo por algún tipo de fallo interno que aún no había podido identificar.
Se sentía como en casa, sobre todo porque allí mamá no hacía ningún tipo de aparición estelar para insistirle en que fuese a visitar al doctor Smith. Tan a gusto se encontraba que incluso retomó su rutina de hacer varias cosas tres veces y la adaptó a su nuevo hogar. Sin embargo, Max no parecía sentirse tan a gusto como él. Durante las noches ladraba insistentemente, algo que no hacía desde que era un cachorro, y durante el día se mostraba inquieto y lo seguía a todas partes con la cola entre las patas.

Aquel iba a ser un día muy especial, pues, tras más de un año formando parte de la familia, por fin papá y mamá le habían dado permiso para sacar a Weirdo de casa y llevarlo a dar una vuelta por el bosque.
«Llévate a Sally contigo», le había puesto mamá como condición. No obstante, no rechistó, pues la idea de jugar en el bosque con su amiguito le causaba una alegría que nada ni nadie le podía arrebatar.
Caía ya la tarde mientras caminaban a través de los altos pinos y Weirdo, excitado como nunca, daba brincos olisqueándolo y curioseándolo todo unos pasos más allá. Su tamaño ya era como el de un niño de unos seis o siete años, pero con sobrepeso, y poco a poco había empezado a caminar erguido, al igual que un ser humano.
—¡Sheion! ¡Sheion! —oyó que gritaba un poco más adelante.
Junto a Sally, corrieron para alcanzarlo y se encontraron con el río.
—¿Quieres darte un baño? —le preguntó divertido.
—¡Brii! ¡Brii! —exclamó Weirdo dando saltos.
—Adelante, tírate —propuso.
La criatura, sin pensárselo dos veces, se lanzó al río y desapareció bajo el agua.
—¡Weirdo! ¡Weirdo! —gritaban los dos hermanos, asustados.
Pasaron tres angustiosos minutos y su amiguito emergió de nuevo con un pez en la boca.
—¿Has visto eso? —le preguntó Sally.
—¡Es increíble, puede aguantar la respiración! —reconoció.
—Quizás por eso se parezca tanto a una rana —supuso su hermana.
—No se parece a una rana, tonta. Es mitad humano y mitad anfibio —la corrigió.
Entonces le pareció ver a un labrador al otro lado del río. ¿Se habría perdido?
—¿Dónde está Weirdo? —le preguntó Sally sacándole de su ensimismamiento. Volvió a dirigir su mirada hacia el agua, pero Weirdo ya no se encontraba allí.
—¡Weirdo! —lo llamaron.
Pero no hubo respuesta.

Con el paso de tiempo, la relación de Jason con el doctor Philip fue afianzándose y, poco a poco, el científico empezó a confiar más en él y a enseñarle algunas nociones básicas sobre ciencia.
—Doctor, ¿por qué no me deja bajar a su laboratorio? —le preguntó un día.
—Porque ahí abajo hay inventos que todavía no están perfeccionados y no me gustaría que sufrieses un accidente.
—Me encantaría bajar, doctor. ¿No podría hacer una excepción un día y enseñarme su laboratorio? Le prometo no tocar nada y quedarme todo el tiempo junto a usted.
El científico permaneció pensativo unos segundos.
—Está bien —accedió finalmente—. Mañana bajaremos.
Y así fue. Al día siguiente, tras llevarle el desayuno a la cama, el doctor Philip lo invitó a su laboratorio. Fue una visita fascinante, en la que vio robots a medio fabricar, montones de probetas llenas de líquidos de todos los colores, máquinas cuyo uso el científico no supo —o no quiso— explicarle e incluso también algunos animales disecados, uno de los cuales era un perro igual que Max.
Finalizada ya la visita, de camino al ascensor, pasaron por una puerta de metal blindada.
—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó.
—Nada interesante. Vamos —ordenó el científico tras abrir la puerta del ascensor.
Jason permaneció quieto mirando el portón metálico fijamente, pero no tuvo más remedio que abandonar la estancia ante la insistencia del doctor. Mientras las puertas del ascensor se cerraban, le pareció escuchar algo: más allá de la puerta blindada, su amiguito estaba llamándolo de nuevo:
—¡Sheion! ¡Sheion!

Aquella noche fue incapaz de pegar ojo. Sabía que era completamente imposible que Weirdo estuviese en el laboratorio del doctor Philip, pues había muerto ahogado en el río hacía ya veinticinco años. ¿O quizás había vivido engañado todo ese tiempo? Lo cierto era que, en realidad, nunca llegaron a encontrar el cuerpo de su amigo. ¿Y si el doctor Philip había estado en el bosque aquel día? ¿Y si se lo había quitado para experimentar con él? Se levantó de la cama, se cambió rápidamente y abandonó la habitación, cerrando la puerta y volviendo a abrirla tres veces ante la suplicante mirada de Max.
—Maxito, volveré enseguida —le prometió.
Se dirigió al final del pasillo, donde se encontraba el cuarto del doctor Philip. Abrió muy despacio y escuchó atentamente su fuerte respiración: afortunadamente, el científico dormía. Se descalzó, dejó las bambas a un lado del corredor y, de puntillas, entró en la habitación. De repente, el anciano dejó de roncar. Jason se agachó en un intento de esconderse tras la cama y el doctor Philip cambió de posición para continuar con su ruidoso sueño. «Si yo quisiera esconder algo en mi habitación, ¿dónde lo haría?», pensó. Entonces recordó dónde solía esconder a Weirdo cuando sus padres aún no sabían de su existencia: bajo la cama. Gateando lenta y silenciosamente, se dirigió a un lado del lecho, levantó los edredones y sábanas con una mano y, con la otra, acarició el polvoriento suelo bajo la cama. Efectivamente, la llave del laboratorio se encontraba allí, pero, al arrastrarla, el ruido metálico que esta produjo provocó que los ronquidos cesaran de nuevo. Jason permaneció inmóvil, rezando para sus adentros, y, por fortuna, segundos después unos resoplos le indicaron que el doctor Philip seguía durmiendo.
Abandonó el cuarto a gachas con la llave en la mano y, una vez de vuelta en el pasillo, volvió a calzarse y bajó a la planta inferior. Encendió la luz del recibidor y pudo dirigirse fácilmente al salón y, de allí, al ascensor. El corazón le latía a mil por hora. Introdujo la llave en el panel, las puertas se cerraron y empezó a bajar. Entonces sonrió. ¡Lo había conseguido! Una vez en el laboratorio, se acercó a la puerta metálica y susurró:
—¡Weirdo! ¡Weirdo!
Pero nadie respondió. Al parecer, la criatura no se encontraba allí; había sido producto de su mente. Insistió varias veces más, pero solo obtuvo silencio como respuesta. Sin saber muy bien si sentirse alegre o decepcionado, regresó al ascensor y la figura del perro disecado, clavadito a Max, volvió a llamar su atención. Se dirigió hacia él, lo tocó y, para su sorpresa, el animal —o robot o lo que sea que fuese— abrió la boca, descubriéndole una extraña llave que reposaba sobre su lengua. Sin pensárselo dos veces, la cogió y regresó al portón metálico, en cuya ranura la introdujo. La puerta se abrió dando paso a un oscuro pasillo. Dubitativo, dio un par de pasos y todo se iluminó permitiéndole ver su exagerada longitud; era un corredor tan largo que, desde allí, no era posible ver el final. Curioso, continuó avanzando durante por lo menos diez minutos hasta que llegó a una gran sala en cuyas paredes había decenas de pantallas y cientos de botones. ¿En qué clase de lugar se encontraba?
—¿Sheion? —oyó. De repente, de detrás de un estante, una figura emergió.
—¿Weirdo? —preguntó Jason, inseguro.
—¡Sheion! —exclamó la criatura.
—¡Weirdo, estás vivo! —chilló. Se dirigió corriendo a él y le dio un fuerte abrazo.
Su amiguito no había crecido mucho más desde la última vez que lo vio, pero sí había desarrollado una especie de aletas extrañas bajo los brazos y su rostro se había afeado aún más.
—¡Sheion! ¡Pelgo! ¡Pelgo! —gritó Weirdo, alarmado.
—¿Pelgo? No entiendo qué quieres decir.
Entonces la criatura señaló un cartel donde ponía, con letras rojas: “Peligro”.
—¡Pelgo! ¡Tem puf brii pelgo! —insistía su amiguito.
—¿Peligro de qué? ¿Qué es este lugar? —quiso saber.
—Esto es una máquina del tiempo —dijo una voz tras él.
Dio media vuelta y se encontró cara a cara con el doctor Philip. El corazón le dio un vuelco.
—D-doc-tor… —intentó decir.
—Veo que no debería haber confiado en ti. Me has desobedecido por completo y no solo has vuelto a bajar a mi laboratorio sino que también has curioseado hasta encontrar mi mayor secreto —alegó el científico con el ceño fruncido.
—¿C-c-cómo puede haber creado una m-ma-máquina del tiempo?
—Oh, yo no la he creado —informó el anciano—. El terremoto que hubo en la isla hace veinticinco años creó una brecha espacio-temporal y yo lo único que he hecho ha sido manipularla para poder escoger a qué tiempo viajar.
—E-entonces, ¿esta máquina del t-ti-tiempo es el secreto por el que u-usted ha ganado la lotería t-t-t-tres veces? —preguntó inquieto.
—No solo eso. Por esta brecha Weirdo llegó aquí, pero, por mucho que intente devolverlo a su hogar, todavía no he conseguido averiguar a qué momento exacto del futuro pertenece.
—¿F-f-futuro?
—Sí, futuro. Por lo que he podido averiguar a través de mis investigaciones, Weirdo es la evolución del ser humano miles, quizás millones, de años después del derretimiento total de los polos. Por eso ha desarrollado tan buena habilidad para nadar y bucear.
Jason no podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Y p-por qué no le ayudo a descubrir a cuándo p-pertenece? —preguntó.
—Oh, créeme, todavía lo sigo intentando. Pero la máquina que he creado solo permite realizar tres viajes al año. La energía que consume la inhabilita durante más de cien días tras cada uso.
—¿Y p-por qué me q-q-quitó usted a Weirdo? ¡P-p-por su culpa mis episodios empezaron a empeorar! —le reprochó Jason.
El doctor Philip, no obstante, se encontraba cabizbajo.
—Esto prueba mi teoría. El tiempo no puede ser manipulado… —reflexionaba.
—¿Q-qué quiere decir? —inquirió.
—Todo esto yo ya lo he vivido —continuó el anciano—. Pensaba que esta vez las cosas serían diferentes si te traía a vivir aquí conmigo y conseguía ganarme tu confianza. Pero no ha servido de nada, lo has descubierto… Tan solo me queda una cosa por probar.
—¡No entiendo nada de lo que d-dice!—vociferó Jason.
De pronto, el científico se sacó un cuchillo del bolsillo del pijama y, rápidamente, intentó clavárselo. No obstante, Weirdo se lanzó sobre él y ambos empezaron a forcejear en el suelo.
—¡Weirdo! —exclamó Jason.
Corrió hacia ellos y vio cómo el científico hundía el cuchillo en el cuello de la criatura. Weirdo lanzó un doloroso aullido y mordió fuertemente el rostro del anciano, tras lo que se desplomó.
—No olvides el d-dinero y los p-planos de la m-máquina… —balbuceó el anciano, moribundo.
—¿C-cómo?
Sin embargo, el científico no respondió, pues ya había echado su último aliento. Rápidamente, Jason se acercó a Weirdo y lo zarandeó:
—¡Weirdo! ¡Weirdo!
Pero la criatura también había muerto.

No tardó en entender por qué el doctor Philip le había pedido que cogiese los planos de la máquina, pues esta todavía no existía cuando llegó a 1993 a través de una grieta en medio del bosque. Había regresado al día en que Weirdo desapareció para averiguar qué pasó y así ayudarlo a regresar a su hogar. Fuese como fuese, debía salvarle la vida. Ya caía la tarde, por lo que se dirigió a toda prisa, con los planos en la mano y precedido por Max, hacia el río, desde el otro lado del cual —escondido tras un árbol— se observó a sí mismo y a su hermana Sally mientras llamaban a la criatura entre lágrimas.
Esperó a que los hermanos se cansaran y se marcharan a casa, se desvistió y se lanzó al río dispuesto a encontrar a Weirdo aunque aquello le costase la vida. Max y él nadaron río abajo durante un buen rato hasta que llegaron a su desembocadura, en la playa, donde encontró a su amiguito devorando un montón de pescado que él mismo había atrapado.
—Hola, Weirdo —lo saludó con voz queda, temeroso de espantarlo y perderlo de nuevo—. Soy yo, Jason.
La criatura lo miró fijamente durante unos segundos, tras lo que decidió hacer caso omiso y proseguir con su banquete. Sin tiempo de intentar hacerle entender quién era, se acercó a un montón de algas secas, cogió una bien gruesa, volvió junto a Weirdo y se la ató al cuello a modo de correa.
Regresaron al bosque al anochecer mientras un gran dilema recorría su mente. ¿Debía llevar a Weirdo de vuelta con el otro Jason para así cambiar su propio presente? ¿Debía quedárselo, construir la máquina del tiempo siguiendo los planos y ayudarlo a regresar al futuro? ¿O debía llevarlo de vuelta a la grieta y lanzarlo a su interior sin la posibilidad de saber si de esa forma lo estaría devolviendo a su hogar?
La decisión que aquel día tomó, aunque en aquel momento todavía no lo sabía, ya estaba escrita. Con el dinero que había cogido del laboratorio antes de viajar a 1993, edificó una casa —la cual fue ampliando poco a poco— junto a la brecha espacio-temporal y dedicó nueve años a construir la máquina del tiempo siguiendo los planos del científico, tras lo que pasó el resto de su vida intentando, sin éxito, devolver a Weirdo a su hogar. También un día regresó a su presente para volver a ver a su familia, y lo cierto era que podría haberles dicho que seguía vivo, que no se preocupasen, pero tras mucho observarlos se dio cuenta de que ya lo habían olvidado y, por algún motivo, decidió dejar las cosas tal como estaban. Teniendo a Weirdo a su lado, sus episodios se volvieron cada vez menos frecuentes hasta que, finalmente, acabaron desapareciendo. Durante dieciséis años, realizó innumerables viajes a distintas épocas futuras, donde descubrió grandes avances que se trajo consigo de vuelta —entre ellos la señora Frankie—, disecó a Max tras su muerte, hizo trampas para así ganar la lotería tres veces con el objetivo de seguir financiando sus experimentos e, inintencionadamente, se convirtió en Andrew Philip tras utilizar ese nombre por primera vez en un impulso al ganar la primera lotería y ser incómodamente entrevistado por los medios, que insistían en saber cómo se llamaba. Cuando se dio cuenta de en quién se había transformado, ya era demasiado tarde. Hizo todo lo posible por evitar su destino, pero incluso el salir con media cara quemada de un accidentado viaje al futuro le resultó completamente inevitable. Intentó hacer las cosas de otro modo; intentó no contratar a ningún mayordomo, pero el tiempo no podía ser manipulado y su final ya había sido dictado mucho tiempo antes, por lo que acabó muriendo, junto a Weirdo, a manos de sí mismo infinitas veces más.