1Creer en Dios
I
El día de la fuga, Adam no necesitó que la llamada a Formación lo despertase; por algún motivo que desconocía no había sido capaz de pegar ojo en casi toda la noche. Aun así, los salmos que sonaban a través de los altavoces estratégicamente colocados por todos los rincones del perímetro se le antojaron igual de ensordecedores que cuando lo despertaban de un sueño que, aunque nunca era profundo, resultaba necesario para soportar el día a día en aquel lugar. Podían llamarlo como quisieran, pero él, que a diferencia de la mayor parte de las personas que lo acompañaban sí había tenido la oportunidad de estudiar durante al menos unos años —y aprender sobre muchas cosas que estaban prohibidas—, sabía lo que aquello era en realidad. Recordaba la clase de Historia en la que la profesora les había hablado de ello ante el asombro y algún que otro disgusto de los niños del refugio; aquello era lo que llamaban un campo de concentración. Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla; esta había sido la última aportación de la señorita Bosch durante la lección, la tenía grabada a fuego. Por aquel entonces aún no lo sabía, pero cuánta razón había en aquellas diez palabras.
Dirigió la mirada hacia la litera superior, donde, a juzgar por el ruido chirriante de sus soportes, Guillem parecía estar despertando ya de otra de sus veladas de recurrentes pesadillas. Al no haber dormido nada, esta vez Adam había sido testigo del sufrimiento al que su amigo se veía sometido cada noche, oyéndolo gemir e incluso, en ocasiones, gritar.
—Adam, tío, ¿estás despierto? —le preguntó Guillem desde arriba una vez cesaron los salmos.
—Lo estoy, lo estoy —respondió Adam—. Si casi no he pegado ojo.
—¿Y eso? —Esto último su amigo lo dijo al tiempo que asomó de improviso la cabeza para mirarlo.
—Pues ni idea, la verdad. Tengo como una sensación extraña, pero no me preguntes qué es porque no lo sé.
—Bueno, tío, en este colchón más fino que el papel de periódico tampoco es que se pueda dormir mucho. Vístete, rápido; los guardias tienen que estar a punto de entrar.
Sin abandonar el lecho, Adam se deshizo de su pijama de rayas —el cual le venía gigante, pues se estaba convirtiendo en un saco de huesos— y, una vez en calzoncillos, salió de la cama, no sin esfuerzo, y levantó la almohada para dejar su sambenito al descubierto. Aquella era la vestimenta que todos los presos del campo estaban obligados a llevar anunciando su condición de “pecadores”; una especie de saco de lana negra parecida a un poncho adornado con unas llamas en la parte frontal y una serpiente verde que cruzaba la espalda de arriba abajo. Lo cogió, se lo pasó por la cabeza y lo dejó deslizarse hasta cubrirle los tobillos.
—Nunca me acostumbraré a verme así de ridículo —observó.
—Al menos tú tienes la suerte de ser guapo, con tu cara perfecta, tu pelo castaño, tus ojos verdes y esa barba que me da tanta envidia. Imagínate ser un adefesio imberbe y con cuatro pelos en la cabeza como yo y encima tener que vestirte de luto a diario. Así no encontraré un marido nunca.
Adam rio. Guillem —calvo, bajito, rechoncho y no muy agraciado físicamente, era cierto— se encontraba en el campo por su condición de homosexual. Llevaba mucho más tiempo que él encerrado, y desde el día en que Adam llegó había sido su único amigo ahí dentro, pues casi todo el mundo lo miraba de forma extraña, como reconociéndolo; Guillem, en cambio, no parecía hacerlo, aunque prefería no preguntárselo. Si tan solo alguien se dignase a hablar con él y a escucharle, sabrían que él no tenía la culpa de nada de lo que había hecho en el pasado. No fue más que un títere; ¿qué hacía si no en aquel lugar?
De repente, la puerta del Bloque VII —una de las decenas de casetas del campo, las cuales eran más bien zulos de madera ocupados casi en su totalidad por múltiples literas y una hilera de retretes pestilentes en el centro— se abrió provocando un gran estruendo al golpear la pared. Uno de los guardias, un hombre robusto vestido por completo de negro, entró y exclamó:
—¡Formación en el patio en cinco minutos! ¡Levantaos, pecadores! —Dicho esto, abandonó la estancia.
Aquellos presos que aún seguían retozando en la cama se levantaron de un salto y empezaron a vestirse a toda prisa. Todos a excepción de uno: un hombre de mediana edad al que llamaban Tirillas por su extrema delgadez desde antes incluso de ser encerrado.
—¿Qué le pasa al Tirillas? ¿Por qué no se levanta? —le susurró Guillem, que ya había bajado de su litera.
—No lo sé, pero yo estoy acojonado; no encuentro mi coroza —respondió Adam, a quien acababa de darle un vuelco al corazón al darse cuenta de que alguien había estado fisgoneando entre sus cosas.
—No me jodas, tío. Te ayudo a buscarla.
La coroza, un gorro de fieltro rojo de forma cónica, era otra de las piezas clave del atuendo de los presos del campo junto al sambenito. Sin ella, Adam llamaría la atención de los guardias en el patio durante la Formación, y no quería ni imaginar lo que aquello podía significar.
Buscaron debajo de la almohada y del colchón, y nada; de nuevo bajo la cama, donde se suponía que debía estar, y tampoco. ¿Dónde se había metido? Entonces un grito ahogado los interrumpió. Abandonaron la búsqueda y miraron en dirección adonde procedía aquel quejido de dolor, siete u ocho literas más allá. Miguel, quien dormía encima del Tirillas, lloraba desconsolado.
—¡Está muerto! ¡Se ha muerto! —gritó.
Los demás presos del bloque empezaron a murmurar entre sí, pero el desconsuelo duró tan solo unos segundos, pues enseguida el oficial volvió a entrar en la caseta.
—¿Se puede saber a qué estáis esperando? ¡Todo el mundo al patio ya mismo! —ordenó, tras lo que golpeó la pared tres veces con una porra en un intento de hacer notable su autoridad.
Todos los presos del bloque VII abandonaron la estancia casi en una carrera tras él, dejando a Adam y a Guillem solos con el cadáver del Tirillas.
—¿Qué hacemos? —preguntó Guillem —. Si no salimos ya mismo nos la vamos a cargar.
—Sal tú —respondió Adam—. Tú no tienes por qué sufrir ningún castigo; quien ha perdido la coroza soy yo.
Guillem abrió la boca para protestar, pero Adam se la tapó con la mano y tan solo necesitó una mirada para lograr que entendiera que lo más sensato era que siguiese su consejo.
—Si no la encuentras en un minuto ven al patio igualmente, tío, por favor. Si no haces acto de presencia seguro que será peor que salir sin la coroza —le dijo Guillem desde la puerta justo antes de cruzarla para unirse a los demás.
Sin embargo, Adam ya sabía cómo iba a hacerlo para salir de aquella, aunque muy a su pesar. Se calzó las zapatillas de cuero negro y desgastado que tenía bajo la cama y se acercó a la litera del Tirillas. El pobre hombre había muerto con los ojos y la boca abiertos, como quien ha visto un fantasma; no obstante, aún no tenía el aspecto de un cadáver, o al menos aquella imagen no le resultó tan impactante como la de algunas de las personas a las que había visto fallecer a lo largo de su vida, que por desgracia eran muchas. Por eso él no creía en Dios.
Se agachó, hurgó bajo la cama del difunto como quien acaricia la pared en un intento de encender un interruptor a oscuras y, con un nudo en la garganta, susurró:
—Perdóname, por favor.
II
Había dejado de creer en Dios un domingo cuando tan solo tenía siete años. Aquella mañana estuvo desde bien temprano saltando en la cama de sus padres para levantarlos, pues después de varias semanas prometiéndoselo, por fin iban a llevarle al parque de atracciones.
—¡Despertad! ¡Despertad! —gritaba acompañado de los quejidos de su padre, un hombre tan alto y fuerte que, para él, era casi como un superhéroe de Marvel.
—Adam, cariño, deja de dar brincos; vas a romper la cama —le pidió su madre, a su parecer la mujer más guapa del mundo y de quien había heredado sus ojos verdes. —Ya nos levantamos —añadió.
—Esta vez no os lo pienso perdonar si no me lleváis al Tibidabo —amenazó Adam al tiempo que señalaba a su padre, quien volvía a roncar.
Mamá besó a papá y le dijo:
—Amor, despierta; tenemos que ir al Tibidabo. Se lo prometiste a tu hijo.
De repente, papá se levantó de golpe, corrió hacia Adam, lo cogió en brazos y, dándole vueltas en el aire, exclamó:
—¡Prepárate para ver a mamá marearse en la noria!
Adam soltó una carcajada. Estar en aquellos brazos era casi como subir a lo alto de una montaña rusa. Quería mucho a su padre, aunque la afinidad con mamá era más fuerte, quizás debido al hecho de que papá siempre estaba trabajando y solo pasaba con ellos un día a la semana, por lo general los domingos.
—Iván, ten cuidado; a ver si se te va a caer o algo —pidió su madre, ella siempre tan sufridora.
—Qué cortarrollos que es mamá a veces, ¿eh? —observó su padre tras detenerse y soltar a su hijo buscando su complicidad con la mirada.
—Un poco —respondió Adam.
—Va, ve a vestirte —le ordenó su madre—. Voy a darme una ducha. Quince minutos y nos vamos.
—¿Quince minutos? ¡Eso es mucho! —se quejó.
—Va, hijo, haz caso a mamá. Si te cambias rápido, tú y yo podemos esperarla en el coche escuchando música —intervino su padre.
—¡Vale!
No tardó más de cinco minutos en estar listo para salir, pero cuando volvió al cuarto de sus padres en busca de papá se dio cuenta de que ambos se habían metido en el baño juntos. Qué mentirosos podían llegar a ser los adultos a veces. ¿Y por qué insistían en ducharse tanto? Con lo que él lo odiaba.
Se dirigió al salón, que no era muy grande pero sí más que su habitación —además, ahí no hacía tanto calor—, y se sentó en el sofá a esperarlos. ¿Debía encender la tele? Quizás sí, pues conociéndolos seguro que tardarían mucho más de quince minutos. Se inclinó para alcanzar la mesa de cristal en la que solía apoyar los pies cuando su madre no miraba —si lo pillaba le caía la bronca del siglo, como decía su amigo Joel—, y algo debajo del mando de la televisión llamó su atención. Lo apartó y cogió el periódico del día anterior, desde cuya portada lo miraba aquel hombre tan siniestro que en los últimos días parecía estar presente en todos lados. Leyó el titular: El presidente de Rusia admite parte de la autoría de la traición al Tratado. Bajo este, con letra más pequeña, el diario aclaraba: No obstante, se niega a delatar a los demás países participantes. ¿Rusia? ¿Dónde quedaba eso en el mapa? Su profesora, que por algún motivo que a él se le escapaba siempre estaba roja como un tomate, les había enseñado un mapamundi esa misma semana, pero ahora no conseguía situar aquel país. No importaba; aprovecharía que ese domingo iba a pasar el día con su padre para preguntarle aquellas cosas. Papá era la única persona del mundo que nunca lo trataba como a un niño. Hojeó el diario un poco más, leyendo algún que otro titular —le encantaba practicar su cada vez más rápida lectura— y enseguida papá apareció en el salón.
—¿Esperamos a mamá en el coche? —propuso.
—¡Sí! —exclamó Adam.
Como era de esperar, su madre tardó casi media hora en aparecer, pero ahora ya no le importó tanto porque, junto a papá, se entretuvo escuchando música y cantando canciones a pleno pulmón.
Durante el trayecto, Adam observó la calle por la ventana del asiento trasero. Le encantaba Barcelona. Era muy curioso lo distinta que podía llegar a ser la forma de vestir de sus ciudadanos, unos tan corrientes y otros tan estrafalarios; le gustaban mucho los edificios que no eran normales sino con figuras extrañas que los hacían únicos, con balcones curvados, decoraciones rebuscadas y hasta algunos con unas criaturas de piedra como las que salían en la tele; también disfrutaba saludando, con la ventanilla bajada, a los que cruzaban el paso de cebra cada vez que papá detenía el vehículo en un semáforo y, sobre todo, lo que más le fascinaba de su ciudad era que casi siempre hacía sol, pues odiaba la lluvia.
—Papá, ¿por qué en Barcelona hace siempre tanto calor? —se le ocurrió preguntar a mitad de camino.
—Porque tenemos la suerte de ser una ciudad al lado del Mediterráneo —respondió su padre.
—Eso es el mar, ¿no?
—Sí, cariño —intervino mamá.
—¿Y por qué estar al lado del mar hace que haga calor? —insistió.
—Bueno, también es culpa del cambio climático. Seguro que la señorita Sanz os ha hablado de ello alguna vez —contestó papá.
—Sí, hace poco hicimos un proyecto sobre eso. ¿Sabíais que los osos polares se extinguieron por el cambio climático? —explicó Adam, orgulloso de poder aportar una información quizás nueva para ellos.
—Sí, cariño, y muchos otros animales más. Estamos causándole demasiado daño al planeta, pero nadie parece querer hacer nada para evitarlo —dijo su madre.
—Pues cuando yo sea grande pienso cuidar mejor del planeta que los que sois grandes ahora.
—Me parece muy buena decisión, hijo —reconoció papá con una sonrisa a través del espejo.
—Y, papá, ese señor del periódico, el presidente de Rustia, ¿es un hombre malo? —prosiguió.
Sus padres rieron.
—Se dice Rusia, cariño —lo corrigió mamá.
—Sí, es un hombre bastante malo. Como los villanos de Marvel, hijo —explicó papá.
—¿Por qué? ¿Qué ha hecho?
—Pues ha traicionado un Tratado de Paz que habían firmado muchos países después de la guerra —continuó su padre.
—¿Qué es un Tratado de Paz?
—Es algo que se firma tras un enfrentamiento entre dos o más países en el cual ambos se comprometen a no volver a atacarse. Algo parecido a cuando la profesora os hace pedir perdón después de pelearos con alguien en el patio, pero a lo grande.
—¿Y cómo lo ha traicionado ese señor malvado?
—Bombardeando algunos sitios que se supone que… —Papá no pudo terminar la frase, pues mamá le puso la mano en el hombro y le echó aquella mirada que tanto miedo les daba a ambos.
De repente, su padre frenó el coche en seco. Adam rompió en un llanto provocado por el espanto. Mamá se giró y le dio la mano.
—No te preocupes, cariño, solo ha sido un susto —intentó tranquilizarlo.
Una vez recuperado, miró por el cristal del parabrisas y advirtió que lo que les había hecho detenerse era un señor mayor muy delgado con barba larga y gris y la ropa muy sucia que se encontraba en medio de la carretera que subía la montaña del Tibidabo. Papá bajó del coche y Adam lo vio acercarse a él. El hombre daba la impresión de estar como desorientado. Su padre pareció discutir unos segundos con él y, de súbito, el anciano echó a correr en dirección al coche. Adam empezó a llorar de nuevo.
—¡Adam, cariño, sube la ventana! —gritó su madre con desespero.
Pero ya era demasiado tarde. El hombre introdujo la cabeza en el interior del vehículo, abrió la boca —apestosa y del todo desdentada— y exclamó:
—“¡Cuando los hombres estén diciendo ¡Paz y seguridad!, entonces destrucción repentina ha de sobrevenirles instantáneamente, como el dolor de angustia de la mujer encinta, y no escaparán de ninguna manera!”
Adam, con el corazón a mil y sin ser capaz de detener su llanto, se apartó lo más que pudo de la ventana y, en ese momento, su padre cogió al anciano por un brazo y lo alejó con violencia. El hombre lo miró desafiante, papá alzó los puños y entonces el desconocido echó a correr. Sin tiempo a sobreponerse, Adam oyó otro frenazo y, después, un golpe seco.
Miró atrás. Lo habían atropellado.
III
Llegó al patio de arena cuando la nube de polvo provocada por el paso de los “pecadores” aún no se había disipado. Bien. Quizás había llegado a tiempo. Aprovechando la baja visibilidad, corrió en busca de sus compañeros, los presos del bloque VII, quienes todas las mañanas y la mayoría de noches ocupaban el mismo lugar cerca de su caseta, en la parte occidental de aquella especie de macroplaza tan grande como para albergar a alrededor de un millar de personas. Rodeando aquel espacio abierto se encontraban cada uno de los bloques, todos ellos dispuestos de forma que, visto desde el aire, Adam estimaba que el patio asemejaba al sol y las casetas a los rayos provocados por este, como si del dibujo de un niño se tratase.
Los presos al completo se hallaban ya quietos como estatuas esperando a que comenzase la Formación. Si todo iba bien, esta duraría entre treinta y cuarenta minutos, pero en ocasiones podía llegar a extenderse hasta tres o cuatro horas; todo dependía de cuánto les apeteciese a los guardias o a los curas llevarlos a sufrir en cada jornada. Aquel día era cálido en extremo, por lo que uno podía intuir que se trataría de un recuento largo. Adam, en un intento de evitar llamar la atención, se agachó y adentró en aquel mar de cuerpos sambenitados y montañas de corozas puntiagudas. A punto ya de alcanzar a sus compañeros, no obstante, chocó con alguien y cayó sobre la arena.
—¿Se puede saber por qué llegas tarde, pecador? —le preguntó el guardia con el que tropezó, quien resultó ser el mismo que los había despertado. Qué mala pata.
—Lo-lo siento —tartamudeó. Temía cómo podía acabar aquella conversación.
—Eso no responde a la pregunta —insistió el malhumorado oficial.
Adam se levantó del suelo y se lo pensó dos veces antes de justificarse:
—M-me di cuenta de que un compañero de bloque ha muerto esta noche, señor —dijo.
Le sabía fatal utilizar al Tirillas como excusa por su retraso, y más llevando su coroza en la cabeza, pero no le quedaba otra. Una vez muerto, al menos a él ya no le harían nada.
—¿Qué compañero? —prosiguió el guardia.
Adam podía sentir la mirada de los demás presos, a quienes ya no les caía muy bien de por sí, clavándose en él.
—El Tirillas.
—No sé quién es el Tirillas. ¿Te crees que conozco a todo el mundo por su mote? —respondió el oficial con asco en la voz, tras lo que añadió—: ¿Cuál es su número?
—N-no me sé su número, señor.
—De verdad que no valéis para nada. ¿Cuál es tu bloque?
—El VII, señor.
—Toma tu lugar —finalizó el guardia, y un cosquilleo de alivio se apoderó de Adam. Entonces el oficial exclamó—: ¡Ahora vuelvo, que nadie se mueva!
Adam se apresuró hacia su puesto junto a Guillem y este le sonrió una vez lo tuvo al lado. Ambos estaban sudando. El patio permaneció en completo silencio. Había una docena de oficiales más, pero por alguna razón ninguno de ellos se atrevió a decir nada mientras permanecían a la espera de que el guardia que se dirigía al bloque VII regresara. Adam frunció el ceño. A pesar de llevar varios meses encerrado, la jerarquía del campo seguía escapándose a su entendimiento; lo único claro era que el Cardenal —quien casi nunca se encontraba ahí y al que jamás había visto en persona— estaba por encima de los curas y estos de los guardias, pero ¿existía algún tipo de escalafón entre los oficiales? Por lo que acababa de suceder, parecía que sí.
Minutos más tarde, a pesar del silencio sepulcral, Adam sintió que algo horrible estaba sucediendo, pues podía entrever, a su izquierda, cómo varios de los presos más cercanos al bloque VII se llevaban las manos a la boca. Sin atreverse a girar la cabeza —no quería llamar la atención de nuevo—, esperó a que el mandamás llegase junto al resto de oficiales al frente de los presos en Formación y, en ese momento, él tampoco pudo evitar soltar un quejido de angustia; el guardia, haciendo acopio de su evidente fuerza, había sacado el cadáver del Tirillas al patio y, a juzgar por la cara ensangrentada y los jirones de piel arrancados del difunto, lo había hecho a rastras. Lo dejó caer al suelo y, en voz alta y clara para asegurarse de que todo el mundo podía escucharle —además, la acústica de aquella plaza, diseñada para la Oración, era muy buena—, empezó:
—Esto es lo que pasa cuando uno no quiere reformarse. Sabéis que estáis aquí porque Dios es misericorde y ha decidido daros una segunda oportunidad. La pregunta es, ¿merecéis todos los aquí presentes estar en el Campo de Redención? Queda claro que no. Este hombre, el número… —Se agachó para comprobar la cifra bordada en el pecho del sambenito del Tirillas—. El 1 487 ha decidido no continuar reformándose, por lo que ya sabemos dónde se encuentra ahora. ¿Dónde se encuentra, pecador? —le preguntó a un preso que había en primera fila.
—En el infierno, señor —contestó este.
—Exactamente. —Se dirigió a uno de sus compañeros y añadió—: Llévatelo ya sabes adónde.
El otro oficial, mucho más delgado y chaparro que el mandamás, obedeció a toda prisa, pero su sobreesfuerzo al intentar levantar el cadáver quedó en evidencia por su torpeza y tuvo que ser auxiliado por otro guardia con rapidez. Entre ambos lo alzaron y desaparecieron por la parte oriental del patio en dirección adonde Adam intuía que había un crematorio, pues una vez por semana una nube gris de humo y ceniza proveniente de las chimeneas que podían verse, a lo lejos, en aquella zona prohibida del campo invadía cada uno de sus rincones.
—Hoy va a ser una Formación muy larga —dijo Guillem por lo bajo.
IV
Llegaron al Tibidabo mucho más tarde de lo previsto debido al incidente con el anciano lunático, lo cual los retrasó bastante. Por fortuna, el conductor del vehículo que lo había atropellado llamó rápidamente a la ambulancia y al parecer esta llegó a tiempo, pues el hombre aún vivía cuando lo subieron y lo perdieron de vista al cerrarse las puertas del vehículo. No obstante, les llevó unos largos y angustiosos minutos recuperarse del susto, y Adam continuó sollozando durante casi todo el trayecto pese al esfuerzo de mamá por tranquilizarlo.
El resto de la mañana transcurrió con normalidad. Entraron en el parque, situado en la cima de la montaña, y subieron a la noria, justo al lado de la puerta de entrada, desde donde se podía apreciar Barcelona a vista de pájaro y, al fondo, el mar. Tal y como había previsto papá, su madre se mareó hasta tal punto que, nada más bajar, tuvo que correr al lavabo a vomitar. Adam y su padre la esperaron riendo mientras tanto. Una vez mamá se recuperó, montaron en el centenario avión rojo que daba vueltas sobre su eje y desde el cual uno parecía estar sobrevolando la ciudad. Adam no cabía en sí de gozo. Tras tan emocionante experiencia, se dirigieron al Embruixabruixes, una especie de ferrocarril aéreo. Se llevaron un susto enorme cuando apareció el famoso Buri Buri, un duende que asustaba a los pasajeros con una linterna en el último túnel, justo cuando parecía que el trayecto había llegado a su fin. Al acabar, papá insistió en ir a comer, pero Adam se negó a hacerlo sin antes entrar en el Miramiralls. Resignado, su padre accedió y descendieron por la escalera para ingresar en la sala de los espejos, en un nivel inferior. Aquella era la atracción favorita de su mejor amigo, y dos días atrás, cuando Adam le había explicado que aquel domingo iría al Tibidabo, Joel le recalcó que no podía perdérsela. Se lo pasó en grande ahí dentro viendo cómo sería si fuese gordo, alto, súper delgado, enano o incluso gigante y, además, convenció a su madre para que lo acompañase al interior del laberinto en el que uno podía darse de bruces con un cristal invisible con facilidad, lo cual a mamá le sucedió en un par de ocasiones. Adam rio como nunca.
Llegó la hora de comer y regresaron al piso superior en busca de uno de los food trucks, donde compraron hamburguesas, nuggets y patatas para todos —con mucha mostaza, eso siempre—. Se sentaron en una de las mesas de madera tipo pícnic que había justo enfrente. Antes de empezar a comer, su madre los dejó solos unos minutos para ir al lavabo —era sorprendente lo mucho que mamá necesitaba hacer pis siempre— y Adam decidió aprovechar la ocasión. Necesitaba sonsacarle más información a su padre.
—Papá, ¿qué era lo que ha dicho aquel señor viejo cuando se ha asomado por la ventana? —quiso saber.
Su padre esperó a tragar el trozo gigante de hamburguesa que se acababa de llevar a la boca antes de contestar:
—Alguna estupidez religiosa. Tú ni caso.
—¿Estupidez por qué? —insistió.
—Porque últimamente hay mucho fanático suelto, hijo. Entre el cambio climático, la guerra y demás, existen muchas personas que se están radicalizando.
—¿Qué significa radicalizando?
—Pues… —Papá dudó unos instantes—. Es gente que quizás en el pasado creía en Dios, pero sin más. En cambio, ahora que la cosa está tan mal, se acogen con excesiva pasión a lo que la Iglesia dice.
—¿Y qué es lo que la Iglesia dice?
—Estupideces de que la primera de las tres profecías del Apocalipsis o el Armagedón o no sé qué historias se ha cumplido con la traición al Tratado de Paz.
—¿Profecía?
—Como una especie de predicción. Pero es todo falso, hijo. Tú no te creas nada.
Silencio. Adam necesitaba procesar aquella información, de la cual no entendía de la misa la mitad.
—Y, papá, ¿tú crees en Dios? —preguntó poco después.
—No lo tengo muy claro—. Esta vez su padre respondió con la boca llena de patatas.
—¿Por qué no lo tienes claro?
—Me cuesta creer que haya algo superior a nosotros.
—Yo sí que creo en Dios —afirmó Adam con convencimiento.
—Y me parece muy bien, hijo, siempre y cuando no dejes que te metan en la cabeza ninguna de las tonterías que se están diciendo ahora.
—¿Quién las dice?
—El Papa y gente loca como el hombre de esta mañana.
—¿El Papa es malo?
—Muy bien de la cabeza no está, no.
—¿Como el presidente de Rusia?
Papá rio.
—Más o menos, sí —contestó.
Adam iba a formular la siguiente pregunta cuando, de repente, se oyeron varios estallidos seguidos. Tal fue la fuerza de estos que, a pesar de haber sonado a lo lejos, uno de los tres vasos de Coca Cola de encima de la mesa se derramó. Papá se levantó del banco de un brinco.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Adam.
—No lo sé, hijo —respondió su padre, blanco como un fantasma—. Ven, corre, vamos a buscar a tu madre.
Adam obedeció, abandonó el banco y le dio la mano a papá. Dejando la comida prácticamente intacta —y ahora también mojada—, se dirigieron a los lavabos, abriéndose camino entre algunas de las personas que corrían presas del pánico hacia la entrada del parque. ¿Qué había pasado? ¿Por qué todo el mundo tenía tanto miedo? Niños más pequeños y alguno más grande que él sollozaban. Adam de momento no lo hacía, pues aún no entendía qué motivo había para ello.
Por desgracia, se perdieron. Al parecer, papá no tenía ni idea de dónde se encontraba el baño más cercano.
—Adam, hijo, vamos a regresar a la zona de pícnic; esperaremos a mamá ahí —dijo su padre con un tembleque en la voz.
Así lo hicieron. En cuestión de segundos, alcanzaron de nuevo la que había sido su mesa, desde donde Adam pudo ver, a lo lejos, cómo cortinas de humo gris se alzaban en varios puntos de la ciudad y se perdían entre las escasas nubes del cielo de Barcelona.
—¡Papá, mira! —exclamó.
Contempló a su padre y este, boquiabierto, ya parecía haberse percatado de ello.
—¡Mantengan la calma, por favor! —se oyó entonces que alguien decía por megafonía—. Nos acaban de informar de que ha habido varios atentados coordinados en la ciudad. Tenemos órdenes de permanecer en el interior del parque hasta nuevo aviso. Por favor, mantengan la calma; no se amontonen.
Algunos de los visitantes del Tibidabo comenzaron a chillar. Adam miró hacia la puerta de entrada, bastante cercana, en donde observó que la gente empezaba a apelotonarse y algunos incluso intentaban escalar las barras de hierro.
—Papá, ¿vamos nosotros también a la entrada? —propuso Adam.
—No podemos, hijo, tenemos que esperar a mamá.
En ese momento, el suelo pareció temblar y un zumbido cada vez más fuerte se apoderó del parque. Adam se tapó los oídos.
A partir de ahí, todo sucedió muy rápido. Atisbó a ver varios aviones pasar por encima de sus cabezas, uno de los cuales dejó caer algo.
Y, de repente, el mundo oscureció.
V
El recuento empezó y, pasados veinte minutos, cuando ya todos creían que la Formación estaba casi acabando, el oficial que parecía estar al mando volvió a hablar.
—¿Quién ha sido el pecador que ha mancillado el suelo de este lugar sagrado? No podemos recibir al padre Figari en estas condiciones —se le oyó decir desde varias filas atrás.
Nadie respondió.
—¿Qué es lo que pasa? —quiso saber Guillem en un susurro.
—No tengo ni idea —contestó Adam.
—Creo que alguien ha vomitado al ver el estado del Tirillas y el guardia lo acaba de descubrir —informó el compañero que Guillem tenía a su izquierda.
—Solo lo repetiré una vez más. ¿Quién ha sido? —insistió el oficial.
Adam decidió arriesgarse un momento y giró la cabeza. Un hombre rubio y joven al que desconocía levantó la mano. Volvió a mirar al frente.
—He sido yo, señor. Perdóneme —oyó implorar al chico.
—Déjame ver tu número. —Silencio—. ¿Cuál es tu pecado?
El desconocido dejó pasar unos segundos antes de contestar:
—Soy homosexual.
—“No yacerás con varón como se yace con mujer. Es una abominación”. Levítico 18:22. Cómete tu vómito, maricón.
—¿Cómo?
—Lo que has oído. No recibiremos al padre Figari hasta que no quede ni rastro de la guarrada que has montado aquí.
El silencio volvió a apoderarse del patio, aunque la tensión podía cortarse con un cuchillo. Adam no sabía si sentirse afortunado de que no le fuera posible ver lo que con toda seguridad estaba ocurriendo a sus espaldas, pues en el fondo tenía curiosidad por saber si aquel pobre hombre sería capaz de llevar a cabo tal asquerosidad.
La duda no duró mucho, pues de repente un disparo resonó por toda la plaza y varios presos gritaron, incluido Guillem.
—“Estos son los que salen de la gran tribulación, y han lavado sus ropas largas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero”. Revelación 7:14 —recitó el guardia, a lo que enseguida añadió—: Fin del espectáculo, pecadores. Hora de rezar.
VI
Cuando despertó, se halló tirado en el suelo en un lugar distinto al que había estado con papá. Una nube de polvo lo invadía todo. Era imposible ver nada más allá. Intentó levantarse. Qué daño. Se miró las piernas. Sangre.
—¿Adam? —oyó que alguien decía a través de aquella especie de niebla.
—¿Mamá? —preguntó.
—Adam, hijo, ¡es un milagro! —exclamó su madre, quien se hizo visible de golpe una vez la tuvo delante.
Mamá se agachó y lo abrazó.
—¿Puedes levantarte? —quiso saber.
Adam, demasiado desconcertado para llorar, respondió:
—Me duele. Lo he intentado.
—No te preocupes, enseguida vendrá alguien a ayudarnos. ¿Dónde está papá?
—No lo sé, estaba conmigo…
—Ahora vuelvo, cariño. No te asustes, que no tardaré nada —lo interrumpió su madre.
Sin tiempo a réplica, volvió a perderla de vista.
Pasaron varios segundos con sabor a horas en los que Adam podía notar cómo el corazón le palpitaba a un ritmo fuera de lo normal. Entonces un grito desgarrador lo ensordeció.
No cabía duda, era la voz de mamá. Aquello solo podía significar una cosa.
Y así dejó de creer en Dios.
