jueves, 19 de octubre de 2017

Teide



La noche antes de su desaparición, su mujer preparó la cena en completo silencio —algo que ya se estaba convirtiendo en una costumbre— y, tras verla servida, Aday llamó a su hijo para que bajase a cenar.
—¿Cómo ha ido el día? —se interesó dirigiéndose a Iraya una vez estuvieron sentados entorno a la mesa.
“Bien” fue la única respuesta que obtuvo por parte de ella.
—¿Y a ti cómo te ha ido en la escuela? —le preguntó, acto seguido, a Airam.
—Hoy hemos construido la maqueta de un barco. ¡Ha sido increíble! —celebró el pequeño.
La velada prosiguió en absoluto silencio, algo que, a decir verdad, a Aday ya empezaba a antojársele preocupante. Pero decidió no decir nada. Por aquel entonces, todavía no tenía ni idea de que aquella iba a ser la última vez que cenasen juntos.

Odiaba acostarse pronto, más de lo que odiaba cualquier otra cosa en el mundo. Pero aquella noche mamá le obligó a hacerlo.
—¡No quiero! —se quejaba repetidamente de camino a la habitación.
Su madre lo acompañaba de la mano y en completo silencio. Mamá era una persona exageradamente seria y a Airam le daba mucha rabia ver que, por ejemplo, la de su amigo David era una mujer muy malhablada y divertida a pesar de ser mucho mayor. Le hubiese gustado que la suya se pareciese un poco más a la señora Lorenzo.
Una vez en la cama, sin embargo, mamá hizo algo que no había hecho en muchísimo tiempo: le preguntó si quería que le leyese un cuento. Airam ya no se consideraba un niño pequeño, pero le hacía mucha ilusión que mamá compartiese un rato a solas con él, por lo que dijo que sí.
—Había una vez un mundo muy lejano en el que vivían todos los elegidos por el Señor…
No llegó a escucharlo entero, pues enseguida se durmió. Mamá no se dio cuenta, pero, cuando lo besó antes de irse, se despertó y la oyó decirle “ojalá pudieras venir conmigo”.

No tenía ninguna intención de sacar el tema, de verdad. Pero hacía por lo menos un año de la última vez que hicieron el amor y, después de que aquella noche, tras acostar a su hijo, Iraya se tirase encima de él, lo besase por todo el cuerpo, lo desnudase y lo montase como nunca antes lo había hecho, Aday se sintió lo suficientemente seguro para preguntarle por qué había dejado de quererles.
—¡Yo jamás he dejado de quereros! ¡Nunca vuelvas a decir eso! —exclamó su mujer con la cara enrojecida, tras lo que se dio media vuelta y fingió dormir.
Comprenderla se había convertido en una durísima tarea y estaba seguro de que no merecía la pena continuar discutiendo, por lo que simplemente respondió:
—Buenas noches, cariño.
Entonces ella, sin siquiera girarse, le dijo algo que no acabó de entender:
—No vuelvas a decir que no os quiero. Lo sois todo para mí. Os quiero tanto que me mata pensar que no podéis venir conmigo, pero Airam es muy pequeño y no puedo dejar que se quede solo.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó.
Pero no obtuvo respuesta.

La señora Lorenzo y otra mujer cuyo nombre le importaba un bledo pero a quien conocía de haberla visto varias veces por el barrio, charlaban en un banco después de dejar a sus respectivos hijos en el colegio.
—¿Se ha enterado de lo de la chamafleja esa… la madre de Airam? —le preguntó a su improvisada amiga.
—No me he enterado, no, ¿qué ha pasado?
—La muy guarra ha abandonado a su familia. Se ha desvanecido en el aire y sin decirle nada a nadie. ¡Ni una nota ha dejado la tía!
—¡Ay, qué yuyu! ¿Y si la han secuestrado? —cuestionó la señora al tiempo que se cubría la boca con las manos.
—¡Qué va, muyaya! Si esa era una pelandrusca… ¡Nunca saludaba! Ni una sola vez. Siempre se negó a venir a nuestras barbacoas de los domingos. ¿Quiere que le diga la verdad? Mi marido y yo estamos seguros de que tenía un amante.
—¿Un amante dice?
La expresión de horror, que las manos de su acompañante a duras penas podían ocultar, provocaba en la señora Lorenzo una extraña excitación que no sabría muy bien cómo describir.
—Un amante, sí. Si le soy sincera, se le veía a leguas que era una furcia —finalizó.
—¿Sabe si la relación con su marido no iba bien?
—¡Y yo qué sé! ¿Se cree que soy la que presenta las noticias? Yo sólo sé que esa chica no era de fiar.
—Y si tan segura está usted de que no está secuestrada o tirada en una cuneta, ¿por qué habla de ella en pasado?
—¡Váyase a la mierda, señora!

Aday creía que este tipo de cosas sólo ocurrían en las películas, pero, desgraciadamente, estaba descubriendo que eso no era así. Se encontraba sentado tras un viejo escritorio de madera frente a una oficial de policía muy poco agraciada, la detective González. Se había presentado en comisaría tras múltiples llamadas, en cada una de las cuales le habían recordado que debía esperar cuarenta y ocho horas para poder denunciar la desaparición de Iraya.
 —Entonces la única información útil que usted puede ofrecerme es que su mujer no trabaja, que forma parte de un grupo de ayuda mutua desde que sufrió un aborto, que tienen un hijo en común y que la última noche que la vio le dijo algo que usted no comprendió después de tener relaciones, ¿correcto? —repasó la detective.
—Exacto. Dijo que le mataba pensar que no podíamos irnos con ella, pero que Airam era muy pequeño —añadió.
—¿Sabe si su mujer consume algún tipo de estupefaciente?
—No que yo sepa.
—¿Alcohol?
—Diría que no. La verdad es que…
—¿Conoce usted a su mujer? —le interrumpió la policía.
—¿Disculpe? —preguntó ofendido.
—¿Sabe si le debe algo a alguien?
—¡No lo sé, no lo sé! —gritó, rompiendo a llorar.
—Perdone, sé que esto debe de ser muy difícil para usted. No se preocupe; encontraremos a su mujer —intentó consolarle la detective González.
Deteniendo su llanto, la miró y admitió finalmente:
—La verdad es que hacía ya dos años que para mí era una extraña.

“¡Menudo elemento el marido de la desaparecida! Como la mayoría de tíos, no conoce a su mujer porque, seguramente, nunca debe de molestarse en sentarse a hablar con ella y preguntarle cómo le ha ido el día. Desde luego, ya tenemos el primer sospechoso. Aunque también está ese otro asunto… el del grupo de ayuda mutua. Es muy raro que no haya sido capaz de encontrar ningún tipo de información sobre él. ¡Ni siquiera en Google! Es como si no existiese… Claramente, el marido no tiene ni idea de lo que ha estado haciendo su mujer durante los últimos dos años. Probablemente tendría un amante. Eso es lo que acaban haciendo todas cuando sienten que su marido ya no se interesa por ellas. Y lo más probable es que él lo descubriese y la matase llevado por los celos y la rabia. Pero claro, la puta ley me obliga a demostrarlo. ¡Y mañana el cumpleaños de mi suegra! ¡No tengo tiempo para esta mierda!”, pensaba la detective González.

Cuando ya parecía que nada podía ir peor, Aday recibió una visita inesperada. Por suerte, Airam aquel día no se encontraba en casa, pues había salido de excursión con el colegio, por lo que no presenció nada de todo aquello. Eran las tres del mediodía cuando llamaron al timbre.
—Buenos días, ¿es usted el señor Aday Reina? —preguntó un hombre trajeado en cuanto le abrió la puerta.
—Sí, soy yo —respondió, sintiendo un escalofrío. ¿Habrían encontrado a Iraya? ¿Viva? ¿Muerta?
—Encantado, señor —dijo el desconocido al tiempo que le estrechaba la mano. Acto seguido, entró en la casa sin siquiera esperar a ser invitado.
—¿Quién es usted? —inquirió Aday.
—Mi nombre es Pedro Alonso, abogado.
—¿Qué desea?
—Vengo a comunicarle que debe desalojar esta vivienda en un plazo de quince días —informó el visitante, tomando asiento en el sofá.
—¿Disculpe? ¡Esta es mi casa! —Aday no podía creer lo que acababa de escuchar.
—¿Está usted casado? —continuó el abogado.
Dudó unos instantes. ¿Lo seguía estando?
—Sí —contestó finalmente—. ¿Se puede saber qué hace usted aquí y por qué pretende echarme de mi casa?
—Según me consta, la señora Iraya García es su mujer, ¿no es así?
—Así es.
—¿Está usted al corriente de la titularidad de esta propiedad? —insistió el señor Alonso.
—La compramos mi mujer y yo poco antes de casarnos —balbuceó.
—Pero su nombre no aparece en las escrituras, ¿cierto?
—No, no aparece. Pusimos la casa a nombre de ella porque, por aquel entonces, yo tenía unas deudas pendientes. ¿Puede dejar de andarse por las ramas y decirme a quién cojones representa usted y por qué se cree con el derecho a entrar en mi casa, sentarse en mi sofá y decirme que tengo quince días para marcharme? Tengo un hijo, ¿lo sabe?
—Su mujer cedió esta propiedad a mi cliente —aclaró el abogado, tras lo que se levantó, se dirigió a la puerta y le recordó—: Quince días, señor Reina.

Había pasado ya un mes desde la desaparición de mamá, y todavía nadie había podido darle una explicación clara del por qué ya no estaba con ellos. Sabía que seguía viva, pues ella misma le había dicho que se iba. La vida, no obstante, estaba poco a poco volviendo a la normalidad y Airam se encontraba de excursión en el bosque del Parque Nacional del Teide junto a sus compañeros de clase y dos profesores. Le encantaban las excursiones y, después de todo por lo que había pasado, la de aquel día era especialmente importante para él. Los habían separado en dos grupos para una competición de búsqueda del tesoro cuando, de repente, alguien chilló desde algún otro lugar. Debía de tratarse de algún alumno del otro equipo. La profesora Suárez, visiblemente agitada, les ordenó que no se movieran de donde se encontraban y, acto seguido, les pidió que la acompañaran para volver a exigirles de nuevo que permanecieran quietos. Probablemente no sabía qué hacer, si llevarlos con ella o no. Airam, sin embargo, se moría de curiosidad, por lo que dijo:
—Profesora, llévenos con usted. Es peligroso que nos deje aquí solos.
Y así lo hizo, pero, cuando se encontraron con el resto de la clase, el profesor Aguirre, blanco como un fantasma, les impidió continuar avanzando y susurró algo al oído de la profesora, que se estremeció. Desde donde se encontraban era imposible ver con qué se habían topado, pero en lo que Airam sí pudo fijarse fue en que su compañera Fayna se encontraba apartada del grupo, llorando como una magdalena y rodeada de cuatro niñas más. ¡Bien! Ella se lo contaría.

Llamaron a la puerta. Se trataba de la madre de David, el amigo de Airam… ¿cuál era su nombre? ¡Señora Lorenzo!
—¡Hola, querido! —exclamó la señora con una sonrisa y efusividad que Aday no entendía a quién pretendían engañar. “Si ni siquiera me ha dirigido nunca la palabra”, pensó.
—Buenas tardes, señora Lorenzo —respondió, intentando no sonar muy sorprendido.
—Le he traído un pastel que he hecho con todo mi cariño. Lo deben de estar pasando muy mal ahora que…
—Gracias —la interrumpió en un intento de evitar conversar sobre algo de lo que no le apetecía hablar.
—¿Cómo está Airam? Sé que no ha ido a la escuela estos días. Normal, ¡después de que hayan encontrado a la pobre Iraya en el bosque! —gimió, rompiendo a llorar de forma exagerada.
A Aday no le apetecía perder el tiempo con aquella chismosa, por lo que, manteniéndose frío, intervino:
—Señora, ¿desea algo más?
La señora Lorenzo, visiblemente ofendida, lo miró y preguntó:
—¿Sabe cuándo le devolverán el cuerpo para poder enterrarla?
Y volvieron a llamar a la puerta.

¡No podía ser! No, no, no y no. Mamá se había ido, no podía estar muerta. ¡Ella misma se lo había dicho! “Ojalá pudieras venir conmigo”, le había susurrado. Lo recordaba como si hubiese sido apenas unos minutos antes. Algo dentro de Airam le decía que el cuento que mamá le había explicado antes de ir a dormir era una pista que ella había dejado sólo para él. Pero no conseguía rememorar las palabras y, además, se había dormido y no había podido escucharlo entero. Oyó que llamaron a la puerta y salió de su habitación, sentándose en lo alto de la escalera, desde donde no podía ver nada, pero sí escucharlo todo. Por la voz de la visitante, debía de tratarse de la mamá de David. Papá y ella mantuvieron una breve conversación, en medio de la cual pudo oír a la señora Lorenzo llorar. Y volvieron a llamar a la puerta.

¡Menuda mala suerte! ¿Quién le iba a decir que aquello fuese a complicarse tanto? ¿Y cómo le contaba al marido todo lo que había descubierto sobre su mujer? ¡Quién pudiese retroceder en el tiempo para inventar alguna excusa y darle el caso a otro! Llamó al timbre. Le sorprendió encontrarse al señor Reina acompañado de una cincuentona bastante atractiva. Qué pronto había superado lo de su mujer. ¡Menudo desgraciado! Hechas las presentaciones, la visita se marchó y, habiendo tomado asiento el señor Reina y ella, se dispuso a informar a aquel hombre por el que aun no tenía claro si sentir pena o asco.
—Señor Reina; el procedimiento de la autopsia de su mujer ya ha finalizado, y ese es el motivo por el que me encuentro aquí —suspiró y prosiguió—. En el cuerpo de la señora García se han encontrado varias sustancias venenosas.
—¿Veneno? —repitió el marido, boquiabierto.
—Sí, aquí tiene una lista con las diferentes sustancias halladas —le tendió una copia de la página del informe en cuestión y esperó a que el hombre lo ojease unos segundos antes de continuar—. Hay más, señor Reina. En el cuerpo también se encontraron restos de semen. Lo extraño es que no hay ningún rastro de violencia sexual… 
—¿Qué quiere decir? —inquirió el marido, que se encontraba al borde de un ataque de nervios.
—Que, al parecer, se trataba de sexo consentido, por lo que queda descartada la violación —“Y ahora la bomba”—. Y… lo lamento muchísimo, señor, pero su mujer estaba embarazada.
El hombre, con los ojos como platos, se inclinó hacia delante y preguntó:
—¿Embarazada? ¿De cuánto?
—De unos dos o tres meses.
—¡Eso es imposible! Mi mujer y yo llevábamos prácticamente un año sin… —no finalizó la frase. Claramente, había llegado a su misma conclusión.

Abrió los ojos. Al fin, el día había llegado. Miró al otro lado de la cama. Aday. Cuánto lo quería… No podía evitar sentir lástima por él. Siempre se había esforzado mucho por hacerla feliz, pero ¿cómo decirle que para ella no era suficiente? ¿Cómo contarle que, desde el aborto de dos años atrás, jamás podría volver a serlo? Lo besó en la mejilla, se levantó, salió al pasillo y se acercó a la habitación de Airam, cuya puerta se encontraba, como de costumbre, entreabierta. Observó a su hijo a través de la obertura al tiempo que una lágrima le recorría la mejilla derecha.
Al principio pensó que no podría hacerlo; por él, pues la doctora Fittkau y el padre Garthe le habían dejado muy claro que los niños menores de trece años no eran bienvenidos en el viaje. Fue tras descubrir que estaba embarazada que tomó la decisión de marchar junto al resto del grupo, aun sabiendo el peligro que conllevaba ese gran secreto. Era muy importante que nadie supiese lo que llevaba dentro de sí o no la dejarían partir. Pero ahora tenía un motivo para huir del Armagedón que se aproximaba: salvaría la vida de un hijo suyo sin que nadie lo supiera. Rompería una regla sin estar quebrándola en realidad. Entonces no le pareció tan mal el dejar a Airam, siempre y cuando estuviese acompañado de Aday. Además, llevarse a su marido consigo, portando en su vientre el fruto de algún otro hombre… tan solo el pensarlo le provocaba escalofríos.
Ya duchada y vestida, Iraya abandonó su hogar, echándole un último vistazo antes de perderlo de vista. En aquel momento, la asaltó un fuerte pinchazo en el estómago, pues recordó que aquel día debería también renunciar a todas sus pertenencias materiales y, con ello, a la casa. Estaba tranquila, no obstante, porque sabía que su hijo y Aday siempre serían bienvenidos en la de sus padres. ¿Qué se le podía hacer? Era uno de los requisitos para hacer el Gran Viaje.
Como de costumbre, pasó el resto de la jornada con el grupo, aquel día cocinando sin parar. Las mujeres tenían que preparar la última cena, mientras los hombres hacían el resto de preparativos para la ceremonia. Una vez estuvo todo preparado, se unieron ellos y ellas, junto a la doctora Fittkau y el padre Garthe, en el bosque a los pies del Teide. Esa era una de las cosas a las que más le había costado acostumbrarse cuando se unió al grupo. Sabía que Dios precisaba que los elegidos copularan entre ellos, pero tener que hacerlo también con adolescentes le causaba malestar. “Todos con todos”, se les oía repetir al unísono mientras juntaban sus cuerpos, se penetraban, se besaban, se mordían y gemían extasiados.
Al finalizar la ceremonia, las mujeres sirvieron lo que muy cariñosamente habían estado todo el día preparando, aunque a Iraya le sorprendió ver que algunos de los platos parecían haber sido manipulados. Quizás alguien habría estado picando antes de tiempo. ¿Sería aquello una falta de respeto?
Cenaban y charlaban, y la hora del Gran Viaje se encontraba cada vez más cerca. Tras firmar todos la renuncia a sus pertenencias, la doctora Fittkau y el padre Garthe pronunciaron unas últimas palabras y el grupo entero se puso después a rezar. De repente, en medio de la oración, Iraya empezó a sentir unas fuertes arcadas. “Este embarazo está siendo muy difícil”. Silenciosamente, aprovechó que se encontraba en última fila para escabullirse por el bosque y así poder vomitar sin que nadie la viese. No quería hacerlo en el lugar donde el Salvador les iba a recoger para llevarlos al nuevo mundo. Eso sí que sería una falta de respeto. Encontró un agujero en un árbol, donde echó parte de la cena, y se disponía a volver con los demás cuando vio que todos estaban dormitando. ¿Por qué? Por suerte, la doctora Fittkau y el padre Garthe aun seguían despiertos, pero los vio hacer algo muy extraño. De detrás de unos árboles sacaron unas palas y, desde su escondrijo, observó cómo ambos empezaban a cavar. Entonces comprendió la verdad, a la vez que el cuerpo entero empezaba a temblarle. Intentó vomitar de nuevo, deshacerse de lo que fuese que le habían echado en la comida, pero ya era demasiado tarde.

¿Por qué ya no le hablaba? ¿Sería porque la había mandado a la mierda la última vez? ¡Pero si eso era algo normal en ella! Si no mandase a la mierda a tres o cuatro personas diariamente, ¿qué sentido tendría la vida? Desde el pasillo de los congelados, la espió durante un rato, muriéndose de ganas por contarle todo lo que sabía, hasta que la señora —cuyo nombre todavía desconocía— la pilló.
—¿Se puede saber qué quiere? —le preguntó desafiante.
—Quería pedirle perdón por lo que le dije la última vez. Fue muy grosero por mi parte.
La señora asintió y dijo:
—Está bien.
Eufórica, la señora Lorenzo no quiso desaprovechar la ocasión y prosiguió:
 —¡Tengo tantas cosas que contarle! Esto todavía no sale ni en las noticias, ¿eh? Resulta que el otro día me acerqué a casa del marido de la muerta y, desde la ventana, vi que estaba allí una detective… creo que estaban tonteando.
—¿Qué me dice?
—Sí, sí. Pero espere, espere. Escuché cómo la policía le contó todo lo que se había descubierto sobre su mujer, ¡y resulta que murió envenenada!
—¡Dios mío! ¿Y quién la envenenó?
—Creen que fue el amante. Dicen que probablemente iban a huir juntos y él se enteró de que ella estaba embarazada y la mató. ¡Pero es que aun no le he contado lo peor!
—¡Cuente, cuente!
—La muy guarra vendió su casa antes de marcharse y el pobre marido, con un niño a su cargo, ha tenido que irse a vivir con los suegros.
—¡No puede ser!
—Y agárrese, que viene lo más fuerte de todo. Encontraron semen del amante entre sus piernas, han investigado su procedencia y resulta que el tío también está desaparecido. Hay algo muy oscuro en todo esto, ¿no cree? ¡Sí, ya lo decía yo que era una furcia!

martes, 18 de abril de 2017

La estación fantasma (III)


Parte III: Pol


De camino al metro, Pol se detuvo, como de costumbre, a comprar una lata de Estrella Damm y chicles en el supermercado paquistaní de la esquina de su calle.
—¡Hola, amigo! —le saludó el siempre sonriente Esmail, sentado en el mostrador mirando el móvil.
—¡Buenas! —respondió Pol, dirigiéndose a la nevera para toquetear unas cuantas latas de cerveza y así asegurarse de que se llevaba la más fría de todas. Hecho esto, se acercó al mostrador, de donde cogió un paquete de chicles de clorofila Orbit White y se dispuso a pagar.
—Un euro ochenta, amigo —anunció Esmail.
Pol hurgó en su bolsillo y le extrañó no encontrar nada más que el billete de metro. Juraría haber cogido dos euros de encima de su escritorio antes de marchar de casa.
—Lo siento, me he dejado el dinero en casa. Lo dejo todo —decidió.
—No hay problema, amigo. Otro día paga —sugirió el paquistaní.
—¡Gracias, tío! —exclamó alegremente Pol mientras dejaba la tienda y el simpático hombre volvía a centrarse en sus cosas.
Llegando ya a la estación de Sagrada Familia y con la lata medio vacía, le llamó la atención un cartel publicitario que colgaba del lateral de una tienda de ropa en el que se anunciaba el primer concierto que su grupo americano favorito iba a realizar en Barcelona. Excitado, metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón en busca de su Samsung Galaxy dispuesto a hacer una foto del cartel para todos sus amigos, pero este estaba vacío. Se había dejado el móvil en casa. Qué extraño. Nunca solía salir de casa sin él. De hecho, esta era sólo la segunda vez en su vida que se lo olvidaba y esto le recordaba las horribles consecuencias de no haberlo cogido la vez anterior.
Se planteó volver a casa a por él, pero una rápida consulta a su reloj de pulsera le advirtió de que no debía hacerlo, pues, como era costumbre en él, ya llegaba tarde. Recorrió las dos últimas calles hasta la boca del metro Sagrada Familia a paso ligero, descendió al andén y esperó el tren durante tres minutos que se le antojaron eternos al no tener el móvil encima para husmear en la vida de los demás por Instagram. Fue entonces cuando recordó dónde había visto tanto el Samsung como las dos monedas de euro por última vez: los había cogido, sí, pero se los había dejado en el baño cuando entró a echar un último vistazo a su flequillo en el espejo antes de marchar.
El metro entró en el andén cuando, según el contador que colgaba del techo, faltaban dieciséis segundos para que llegase. Entró y se sentó donde siempre: al lado de la ventana, en el primer vagón. Las puertas se cerraron precedidas de su pitido característico y el tren se puso en marcha. Como era habitual, sus manos empezaron a sudarle y empezó a notar unos leves pinchazos en el estómago que le anunciaban que pronto pasarían por la estación fantasma de Gaudí, algo que inevitablemente le llevaba siempre a recordar los terribles hechos acontecidos un año atrás.
Aquella noche, Pol se había dejado, por primera vez en su vida, el móvil en casa, por lo que no recibió ninguno de los mensajes de su hermano Hugo, que había llegado antes a la estación y había intentado ponerse en contacto con él. Pol se entretuvo, como siempre, comprando cerveza y chicles en el paquistaní, lo cual en aquella ocasión le llevó más tiempo de lo normal debido a la presencia de un gran número de clientes, todos turistas borrachos, que no conseguían entenderse con Esmail.
Cuando llegó a Sagrada Familia, le sorprendió ver que su hermano y su mejor amigo, Isaac, no le habían esperado y habían bajado sin él. Consultó su reloj y eran las doce en punto, por lo que, teniendo en cuenta que el último tren del día partía a las doce de su estación de origen, intuyó que estos todavía se encontrarían abajo esperando a que pasara. Pero no. Isaac había interpretado erróneamente los horarios del metro, y fue precisamente ese error el que lo arruinó todo.
Aun así, Pol había seguido las indicaciones del plan de Isaac y, tras fingir que subía en el primer vagón del último tren del día, se había adentrado en el túnel en busca de la estación fantasma, de Hugo y de Isaac. Al abrir la mochila para coger la linterna, le había sorprendido ver que su hermano le había metido las tres. Entonces, ¿ellos se habían adentrado a oscuras?
Un hombre que tocaba canciones ochenteras con la harmónica se acercó a él, ofreciéndole su sombrero para que le echase unas monedas e interrumpiendo las traumáticas imágenes que le venían a la cabeza cada vez que recordaba aquella fatídica noche.
—No llevo nada. Lo siento —le dijo.
El hombre siguió su camino, balanceando su sombrero por delante de las caras de los demás pasajeros. Pol miró por la ventana y contuvo el aliento. Estaban a punto de pasar por Gaudí. ¿Volvería a verlos hoy también?
Entonces las imágenes volvieron a su cabeza. Sangre. Sangre por todas partes. Y los cuerpos desmembrados de Hugo e Isaac encima de las vías. No le había llevado mucho tiempo entender que habían sido arrollados por el verdadero último tren del día, el mismo en el que él se había subido para después saltar. Todavía recordaba el nudo que sintió en el estómago, el grito que salió de lo más profundo de su ser y las fuerzas que sacó de no sabía dónde para conseguir estar de vuelta en casa tan solo nueve minutos más tarde. Recordaba la multitud de preguntas que le hicieron sus padres, la policía y todo el mundo en el instituto. Días más tarde, superado el shock inicial, se atrevió a coger el metro de nuevo y cada día desde entonces había visto a Hugo e Isaac de pie en medio del andén de Gaudí cuando su tren pasaba fugazmente por allí, como esperando. A veces, además, les acompañaba una niña rubia con un vestido blanco. Por supuesto, nunca se lo contó a nadie, pues sabía que no le creerían.
Aquel día, sin embargo, cuando el metro pasó por la estación fantasma, no los vio. Sonriente, sintió una repentina paz, su estómago se relajó y las manos dejaron de sudarle. Pol siempre había sabido cuál era el tren que esperaban, y aquel día comprendió que este por fin se había detenido para que subieran y ya se los había llevado.

Esta es la tercera y última parte de un cuento que he escrito por mi cuenta sobre una leyenda urbana de mi ciudad, Barcelona. Cada capítulo está focalizado en un personaje distinto y es esencial leer los tres para entender la historia.