domingo, 12 de marzo de 2017

El monstruo del sótano



Charlie no pudo evitar soltar un grito nervioso en cuanto la robusta e impenetrable puerta de roble de su casa de tres pisos se cerró haciendo temblar, como de costumbre, las más de veinte fotografías de su hermana que colgaban en el recibidor, oscuro y repleto de polvorientos muebles antiguos. Tenía sentimientos encontrados, pues, por primera vez en sus diez años de vida, iba a quedarse solo de noche mientras su padre salía a cenar con alguien, hecho que le producía excitación pero, a su vez, también suponía un gran reto para él ahora que su hermana ya no estaba para cuidar de él.
Tumbado en el enorme sofá gris de un salón que siempre le había parecido tan grande como el patio de la escuela, pero con vitrinas, estantes y fotografías por todas partes, se planteó cuál era la mejor forma de aprovechar su primera noche de independencia y madurez. En múltiples ocasiones había soñado con la ilusión que le producía esa situación y en las muchas cosas que le gustaría hacer llegado el momento. Una de las que más le llamaba la atención era saltar encima de la cama más cómoda que jamás había probado, la de su padre, que presidía la única habitación de paredes rojas de la casa. También le interesaban mucho las películas de chicas desnudas que había guardadas bajo llave en uno de los muchos armarios del despacho, de cuya existencia, supuestamente, Charlie no sabía nada. Pero lo que más le había intrigado siempre era el sótano de la casa, a donde solamente su padre tenía permiso para bajar y en donde, estaba seguro porque lo había oído, vivía un monstruo.
Siguiendo la idea de dejar lo mejor para el final, y movido también un poco por el miedo que le daba descubrir si esto último era cierto, decidió subir las escaleras, que crujían con cada uno de sus pasos, en dirección al último piso. Prendió la luz, y delante de él apareció la desmedida buhardilla de la casa, que constituía toda ella el despacho de su padre, una estancia sobria, poco iluminada, con nueve armarios empotrados y dos escritorios grandes repletos de papeles desordenados. Con el suelo quejándose bajo sus pies, se dirigió firme al cajón en el que se encontraba la llave del armario en cuestión, y al abrirlo le sorprendió un fajo de fotografías. Cuántas fotos tenían en casa. En ellas aparecía, como en todas las demás, su hermana, que murió en una excursión del colegio tres años atrás, tan solo un año después de que su madre les abandonase. Nunca supo por qué. Rebuscó entre el contenido del cajón pero no pudo encontrar la llave. La habían cambiado de lugar. ¡Maldita sea!
Segundos más tarde llegó a la primera planta y entró en el cuarto de su padre, en donde el predominante color rojo, que la hacía resultar un tanto agresiva, contrastaba con la mirada angelical de su hermana, cuyo rostro observaba, titánico, desde cada una de las cuatro paredes. Qué difícil había sido para papá su muerte y cuánto amor había sentido siempre por ella. Subido en la cama, saltó encima de las suaves sábanas blancas de seda mientras se miraba en el enorme espejo del armario hasta que se cansó y decidió bajar de nuevo al salón. Estar solo no era tan divertido como parecía, después de todo.
De vuelta abajo, volvió a tumbarse en el sofá en el que le encantaba dormir a pesar de tenerlo prohibido y encendió la gigantesca televisión de pantalla plana que tenían desde hacía relativamente poco y que se encontraba rodeada, como todo en esa casa, de fotografías. A esas horas, toda la programación de la televisión consistía en películas ya empezadas o programas documentales de crímenes sin resolver. Decidió ver uno, sintiendo el hormigueo fruto de la unión entre terror y excitación que le producía hacer algo que sabía que a su padre le enfadaría mucho. Aunque en realidad tampoco entendía por qué aquel señor había matado a su mujer después de violarla. ¿Y qué era violar?
De repente, oyó un golpe sordo que provenía del piso de abajo. ¡El monstruo del sótano! Charlie se puso de pie de un salto, se dijo a sí mismo que ya era mayor y no debía tener miedo y mientras, tembloroso, se dirigía a donde una vez vio a su padre guardar la llave del sótano, se planteó una y mil veces si bajar o no. Lo cierto era que se moría de ganas de resolver aquel misterio y sabía que aquella iba a ser posiblemente su única oportunidad de ver al monstruo, pero también le ponía los pelos de punta. A pesar de su dilema, sus piernas le sorprendieron llevándole a donde le tenían que llevar, cogió la llave y abrió el sótano por primera vez desde que su padre cambiase la puerta de madera por una de acero blindado.
El hedor a madera mojada y sudor le golpeó y le hizo retroceder un paso, pero guiado por el recuerdo al ver la estrecha escalera en la que jugaba de pequeño a hacer caer sus soldaditos de juguete, empezó a bajar de lado y despacio, haciendo todo lo posible por que ninguno de los escalones crujiese. ¿Por qué la luz tenía que estar abajo del todo? Siguió descendiendo y consiguió prenderla, pues el interruptor seguía estando donde recordaba. El tenue amarillo de la bombilla que se encontraba en el centro de la estancia le permitió ver, a duras penas, que el sótano se había convertido en una habitación improvisada; estaba lleno de libros por todas partes, tanto en los estantes más cercanos a él como tirados en el suelo, y en la pared opuesta a donde Charlie se encontraba podía verse parte de un colchón doble tirado directamente en el suelo. Acercándose un poco más, se percató de que la habitación también disponía de una ducha demasiado mugrienta para ser utilizada y, poco a poco, una silueta sentada en la cama empezó a intuirse ante sus ojos. Gritó como nunca jamás lo había hecho. ¡El monstruo!
Corrió de vuelta al otro lado de la habitación y tropezó con un inoportuno retrete que le hizo caer al suelo. Las piernas le temblaban tanto que le costó mucho esfuerzo volverse a levantar, y, con los ojos cerrados, terminó su camino en un torpe zigzagueo. Al llegar al pie de la escalera, sin embargo, se topó con alguien y no tuvo más remedio que abrirlos de nuevo.
—Sshh… No chilles o papá te descubrirá —le susurró su hermana.

Tarea: Escribir una escena en la que las descripciones de lugares no aparezcan en bloque sino que formen parte de la acción y tengan un peso significativo en el relato.