Charlie no pudo
evitar soltar un grito nervioso en cuanto la robusta e impenetrable puerta de
roble de su casa de tres pisos se cerró haciendo temblar, como de costumbre, las
más de veinte fotografías de su hermana que colgaban en el recibidor, oscuro y repleto
de polvorientos muebles antiguos. Tenía sentimientos encontrados, pues, por
primera vez en sus diez años de vida, iba a quedarse solo de noche mientras su
padre salía a cenar con alguien, hecho que le producía excitación pero, a su
vez, también suponía un gran reto para él ahora que su hermana ya no estaba para
cuidar de él.
Tumbado
en el enorme sofá gris de un salón que siempre le había parecido tan grande
como el patio de la escuela, pero con vitrinas, estantes y fotografías por
todas partes, se planteó cuál era la mejor forma de aprovechar su primera noche
de independencia y madurez. En múltiples ocasiones había soñado con la ilusión
que le producía esa situación y en las muchas cosas que le gustaría hacer
llegado el momento. Una de las que más le llamaba la atención era saltar encima
de la cama más cómoda que jamás había probado, la de su padre, que presidía la
única habitación de paredes rojas de la casa. También le interesaban mucho las
películas de chicas desnudas que había guardadas bajo llave en uno de los
muchos armarios del despacho, de cuya existencia, supuestamente, Charlie no
sabía nada. Pero lo que más le había intrigado siempre era el sótano de la
casa, a donde solamente su padre tenía permiso para bajar y en donde, estaba
seguro porque lo había oído, vivía un monstruo.
Siguiendo
la idea de dejar lo mejor para el final, y movido también un poco por el miedo
que le daba descubrir si esto último era cierto, decidió subir las escaleras,
que crujían con cada uno de sus pasos, en dirección al último piso. Prendió la
luz, y delante de él apareció la desmedida buhardilla de la casa, que
constituía toda ella el despacho de su padre, una estancia sobria, poco
iluminada, con nueve armarios empotrados y dos escritorios grandes repletos de
papeles desordenados. Con el suelo quejándose bajo sus pies, se dirigió firme
al cajón en el que se encontraba la llave del armario en cuestión, y al abrirlo
le sorprendió un fajo de fotografías. Cuántas fotos tenían en casa. En ellas
aparecía, como en todas las demás, su hermana, que murió en una excursión del
colegio tres años atrás, tan solo un año después de que su madre les abandonase.
Nunca supo por qué. Rebuscó entre el contenido del cajón pero no pudo encontrar
la llave. La habían cambiado de lugar. ¡Maldita sea!
Segundos
más tarde llegó a la primera planta y entró en el cuarto de su padre, en donde
el predominante color rojo, que la hacía resultar un tanto agresiva,
contrastaba con la mirada angelical de su hermana, cuyo rostro observaba,
titánico, desde cada una de las cuatro paredes. Qué difícil había sido para
papá su muerte y cuánto amor había sentido siempre por ella. Subido en la cama,
saltó encima de las suaves sábanas blancas de seda mientras se miraba en el
enorme espejo del armario hasta que se cansó y decidió bajar de nuevo al salón.
Estar solo no era tan divertido como parecía, después de todo.
De
vuelta abajo, volvió a tumbarse en el sofá en el que le encantaba dormir a
pesar de tenerlo prohibido y encendió la gigantesca televisión de pantalla
plana que tenían desde hacía relativamente poco y que se encontraba rodeada,
como todo en esa casa, de fotografías. A esas horas, toda la programación de la
televisión consistía en películas ya empezadas o programas documentales de
crímenes sin resolver. Decidió ver uno, sintiendo el hormigueo fruto de la unión
entre terror y excitación que le producía hacer algo que sabía que a su padre
le enfadaría mucho. Aunque en realidad tampoco entendía por qué aquel señor había matado a su mujer después de violarla. ¿Y qué era violar?
De repente, oyó un golpe sordo que provenía del piso de abajo. ¡El monstruo del sótano! Charlie se puso de pie de un salto, se dijo a sí mismo que ya era mayor y no debía tener miedo y mientras, tembloroso, se dirigía a donde una vez vio a su padre guardar la llave del sótano, se planteó una y mil veces si bajar o no. Lo cierto era que se moría de ganas de resolver aquel misterio y sabía que aquella iba a ser posiblemente su única oportunidad de ver al monstruo, pero también le ponía los pelos de punta. A pesar de su dilema, sus piernas le sorprendieron llevándole a donde le tenían que llevar, cogió la llave y abrió el sótano por primera vez desde que su padre cambiase la puerta de madera por una de acero blindado.
De repente, oyó un golpe sordo que provenía del piso de abajo. ¡El monstruo del sótano! Charlie se puso de pie de un salto, se dijo a sí mismo que ya era mayor y no debía tener miedo y mientras, tembloroso, se dirigía a donde una vez vio a su padre guardar la llave del sótano, se planteó una y mil veces si bajar o no. Lo cierto era que se moría de ganas de resolver aquel misterio y sabía que aquella iba a ser posiblemente su única oportunidad de ver al monstruo, pero también le ponía los pelos de punta. A pesar de su dilema, sus piernas le sorprendieron llevándole a donde le tenían que llevar, cogió la llave y abrió el sótano por primera vez desde que su padre cambiase la puerta de madera por una de acero blindado.
El
hedor a madera mojada y sudor le golpeó y le hizo retroceder un paso, pero
guiado por el recuerdo al ver la estrecha escalera en la que jugaba de pequeño a
hacer caer sus soldaditos de juguete, empezó a bajar de lado y despacio,
haciendo todo lo posible por que ninguno de los escalones crujiese. ¿Por qué la
luz tenía que estar abajo del todo? Siguió descendiendo y consiguió prenderla, pues
el interruptor seguía estando donde recordaba. El tenue amarillo de la bombilla
que se encontraba en el centro de la estancia le permitió ver, a duras penas,
que el sótano se había convertido en una habitación improvisada; estaba lleno de
libros por todas partes, tanto en los estantes más cercanos a él como tirados
en el suelo, y en la pared opuesta a donde Charlie se encontraba podía verse
parte de un colchón doble tirado directamente en el suelo. Acercándose un poco
más, se percató de que la habitación también disponía de una ducha demasiado mugrienta
para ser utilizada y, poco a poco, una silueta sentada en la cama empezó a intuirse
ante sus ojos. Gritó como nunca jamás lo había hecho. ¡El monstruo!
Corrió
de vuelta al otro lado de la habitación y tropezó con un inoportuno retrete que
le hizo caer al suelo. Las piernas le temblaban tanto que le costó mucho
esfuerzo volverse a levantar, y, con los ojos cerrados, terminó su camino en un
torpe zigzagueo. Al llegar al pie de la escalera, sin embargo, se topó con
alguien y no tuvo más remedio que abrirlos de nuevo.
—Sshh…
No chilles o papá te descubrirá —le susurró su hermana.
Tarea: Escribir una escena en la que las descripciones de
lugares no aparezcan en bloque sino que formen parte de la acción y tengan un
peso significativo en el relato.

me ha encantado Joan,sigue así!!
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