Al oír los inconfundibles
pasos del sargento Richter, siempre tan sonoros, Wolf se levantó, pletórico.
Tras varios meses con sabor a años metido en esa celda, formada por una
minúscula cama de muelles, un mugriento retrete y un lavamanos que no siempre
funcionaba, aquel día iba a ser liberado de forma inesperada.
—Tienes
cinco minutos —ordenó el sargento al tiempo que le lanzaba la ropa que
había llevado puesta el día de su ingreso en prisión.
Wolf
esperó a que se marchase, pero, tras diez incómodos segundos, comprendió que no
pensaba hacerlo. Sentado de nuevo, se vistió tan rápidamente como pudo y se
agachó para coger, de debajo de la cama, los nueve meses de papeles acumulados
entre cartas de admiradores y el manuscrito inacabado del libro que por fin se había
decidido a escribir, siguiendo los pasos de los teóricos a los que su antiguo
profesor le había introducido de adolescente y que tanto le habían inspirado.
—Wolf,
¿qué estás leyendo? —preguntó su padre, Alois, asomando la cabeza por la puerta
de la habitación.
—Un
texto muy interesante que nos ha dado el profesor Poetsch.
—¿Ah,
sí? ¿Y de qué trata ese texto?
Wolf
dudó unos instantes. El interés de su padre le resultaba inquietante, pues
nunca antes le había interesado nada que no fuese su trabajo como agente de
aduanas.
—Sobre
la necesidad de unificación de todos los pueblos germanos en una sola nación.
Es un movimiento llamado pangermanismo —respondió con voz temblorosa.
—¿Quieres
saber mi opinión sobre esa mierda de ideas revolucionarias que te mete tu
profesor en la cabeza? —bramó Alois, que entró en la habitación portando su
bastón en la mano, el mismo con el que tantas veces antes le había golpeado insistentemente.
—Ya
lo dejo, Vater —balbuceó Wolf,
lanzando repentinamente los papeles al suelo en un intento de evitar la paliza
que, sabía, venía a continuación.
Esa
vez fue distinta, sin embargo, pues fue la primera de muchas en las que decidió
no derramar ni una lágrima y dedicarse, en cambio, a contar el número de golpes
que su padre le propinaba. Aquel día se convirtió en adulto, y contó treinta y
tres.
Wolf
repasó su discurso en silencio mientras Hindenburg acababa. El manejo del
discurso consiste en exponer oralmente unas ideas con el fin de convencer a
otros. No obstante, se trata de algo que no cualquiera puede llevar a cabo de
forma satisfactoria; podría decirse que es casi un don a través del cual uno
puede cambiar completamente la mentalidad de otro si este no dispone de unas
ideas tan claras como las de aquel que ora. A Wolf siempre le había gustado
mucho y se le había dado bien hablar en público, por lo que eso no sería un
problema.
El
presidente, finalizada ya su intervención, entró de nuevo en el salón de la
Cancillería, se acercó a Wolf y le dijo:
—Ya
le he presentado y el pueblo le espera. Le cedo el balcón.
“Usted
no me cede a mí nada”, pensó Wolf, que sabía que pronto tendría que librarse de
él también. Sonrió, cerró los puños y, mientras daba sus primeros pasos como
Canciller, no pudo evitar pensar en cuánta injusticia se había hecho con su
tierra y en cuánto había sufrido para llegar hasta allí; las palizas de su
padre, el hambre que pasó en Viena, los nueve meses de encierro, los
interminables días en el frente durante la guerra e incluso aquella ceguera
pasajera por fin habían obtenido su recompensa.
—Por
fin ha despertado, soldado —le sorprendió una voz.
—¿Quién
es usted? ¿Dónde me encuentro? ¿Por qué no puedo ver nada?
—Cálmese,
soldado. Soy el doctor Weber, y se encuentra en el hospital de campaña porque
fue herido hace unos días en un ataque por parte del ejército británico. Al
parecer, a usted y a varios de sus compañeros les lanzaron un gas venenoso que
les ha dejado ciegos. Pero no se preocupe, será algo temporal. Lo estamos
tratando.
—¿Hemos
ganado la guerra? —preguntó.
El
silencio se apoderó del lugar. Finalmente, el doctor respondió:
—Lo
lamento, soldado. Hemos perdido. Mañana se firmará un armisticio. Según los
diarios el país ha sufrido una traición interna.
—¿Por
parte de…? —quiso saber Wolf, haciendo un enorme esfuerzo por contener las
lágrimas de impotencia que asomaban por sus ojos.
—Sólo
son conjeturas. Pero dicen que han sido o bien los judíos o bien los marxistas.
Déjeme decirle, soldado, que aun así yo y muchos más estamos muy agradecidos
por lo que ustedes han hecho por nuestra tierra. Que la Patria se lo pague.
Sentado
en su despacho, Wolf miró a su amada por última vez. En ese sofá acababa todo. Eva
le besó y, acto seguido, se bebió la botella de ácido prúsico que el doctor
Stumpfegger les había proporcionado. Wolf, sorprendido por el decisivo gesto de
su mujer, se dispuso a hacer lo mismo. Contempló durante varios segundos la
pequeña botella amarilla y, llevado por un repentino impulso, la lanzó al
suelo, cogió su pistola Walther PPK, se la acercó a la sien y cerró los ojos. Tantos
años de lucha, tanta grandeza conseguida para nada. Lo único que le restaba era
el consuelo de que su nombre pasaría a la historia; los que le habían conocido
le recordarían como el superviviente e inteligente Wolf, y el pueblo alemán
como el gran führer Adolf Hitler.
Apretó
el gatillo.
Tarea: Escribir una
historia con narrador omnisciente, incluyendo dos flashbacks (dos escenas que
suceden en el pasado) y dos elipsis implícitas (saltos temporales entre escenas
que no son flashback) siguiendo la siguiente estructura:
escena-flashback-escena-flashback-escena. Además, incluir una digresión
reflexiva (abandono momentáneo del tiempo de la acción por parte del narrador
para dar una opinión personal sobre un tema concreto).
Me ha encantado! Muy intriga!
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