sábado, 25 de febrero de 2017

Las ideas claras



Al oír los inconfundibles pasos del sargento Richter, siempre tan sonoros, Wolf se levantó, pletórico. Tras varios meses con sabor a años metido en esa celda, formada por una minúscula cama de muelles, un mugriento retrete y un lavamanos que no siempre funcionaba, aquel día iba a ser liberado de forma inesperada.
—Tienes cinco minutos ­­­­­­—ordenó el sargento al tiempo que le lanzaba la ropa que había llevado puesta el día de su ingreso en prisión.
Wolf esperó a que se marchase, pero, tras diez incómodos segundos, comprendió que no pensaba hacerlo. Sentado de nuevo, se vistió tan rápidamente como pudo y se agachó para coger, de debajo de la cama, los nueve meses de papeles acumulados entre cartas de admiradores y el manuscrito inacabado del libro que por fin se había decidido a escribir, siguiendo los pasos de los teóricos a los que su antiguo profesor le había introducido de adolescente y que tanto le habían inspirado.
—Wolf, ¿qué estás leyendo? —preguntó su padre, Alois, asomando la cabeza por la puerta de la habitación.
—Un texto muy interesante que nos ha dado el profesor Poetsch.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué trata ese texto?
Wolf dudó unos instantes. El interés de su padre le resultaba inquietante, pues nunca antes le había interesado nada que no fuese su trabajo como agente de aduanas.
—Sobre la necesidad de unificación de todos los pueblos germanos en una sola nación. Es un movimiento llamado pangermanismo —respondió con voz temblorosa.
—¿Quieres saber mi opinión sobre esa mierda de ideas revolucionarias que te mete tu profesor en la cabeza? —bramó Alois, que entró en la habitación portando su bastón en la mano, el mismo con el que tantas veces antes le había golpeado insistentemente.
—Ya lo dejo, Vater —balbuceó Wolf, lanzando repentinamente los papeles al suelo en un intento de evitar la paliza que, sabía, venía a continuación.
Esa vez fue distinta, sin embargo, pues fue la primera de muchas en las que decidió no derramar ni una lágrima y dedicarse, en cambio, a contar el número de golpes que su padre le propinaba. Aquel día se convirtió en adulto, y contó treinta y tres.
Wolf repasó su discurso en silencio mientras Hindenburg acababa. El manejo del discurso consiste en exponer oralmente unas ideas con el fin de convencer a otros. No obstante, se trata de algo que no cualquiera puede llevar a cabo de forma satisfactoria; podría decirse que es casi un don a través del cual uno puede cambiar completamente la mentalidad de otro si este no dispone de unas ideas tan claras como las de aquel que ora. A Wolf siempre le había gustado mucho y se le había dado bien hablar en público, por lo que eso no sería un problema.
El presidente, finalizada ya su intervención, entró de nuevo en el salón de la Cancillería, se acercó a Wolf y le dijo:
—Ya le he presentado y el pueblo le espera. Le cedo el balcón.
“Usted no me cede a mí nada”, pensó Wolf, que sabía que pronto tendría que librarse de él también. Sonrió, cerró los puños y, mientras daba sus primeros pasos como Canciller, no pudo evitar pensar en cuánta injusticia se había hecho con su tierra y en cuánto había sufrido para llegar hasta allí; las palizas de su padre, el hambre que pasó en Viena, los nueve meses de encierro, los interminables días en el frente durante la guerra e incluso aquella ceguera pasajera por fin habían obtenido su recompensa.
—Por fin ha despertado, soldado —le sorprendió una voz.
—¿Quién es usted? ¿Dónde me encuentro? ¿Por qué no puedo ver nada?
—Cálmese, soldado. Soy el doctor Weber, y se encuentra en el hospital de campaña porque fue herido hace unos días en un ataque por parte del ejército británico. Al parecer, a usted y a varios de sus compañeros les lanzaron un gas venenoso que les ha dejado ciegos. Pero no se preocupe, será algo temporal. Lo estamos tratando.
—¿Hemos ganado la guerra? —preguntó.
El silencio se apoderó del lugar. Finalmente, el doctor respondió:
—Lo lamento, soldado. Hemos perdido. Mañana se firmará un armisticio. Según los diarios el país ha sufrido una traición interna.
—¿Por parte de…? —quiso saber Wolf, haciendo un enorme esfuerzo por contener las lágrimas de impotencia que asomaban por sus ojos.
—Sólo son conjeturas. Pero dicen que han sido o bien los judíos o bien los marxistas. Déjeme decirle, soldado, que aun así yo y muchos más estamos muy agradecidos por lo que ustedes han hecho por nuestra tierra. Que la Patria se lo pague.
Sentado en su despacho, Wolf miró a su amada por última vez. En ese sofá acababa todo. Eva le besó y, acto seguido, se bebió la botella de ácido prúsico que el doctor Stumpfegger les había proporcionado. Wolf, sorprendido por el decisivo gesto de su mujer, se dispuso a hacer lo mismo. Contempló durante varios segundos la pequeña botella amarilla y, llevado por un repentino impulso, la lanzó al suelo, cogió su pistola Walther PPK, se la acercó a la sien y cerró los ojos. Tantos años de lucha, tanta grandeza conseguida para nada. Lo único que le restaba era el consuelo de que su nombre pasaría a la historia; los que le habían conocido le recordarían como el superviviente e inteligente Wolf, y el pueblo alemán como el gran führer Adolf Hitler.
Apretó el gatillo.

Tarea: Escribir una historia con narrador omnisciente, incluyendo dos flashbacks (dos escenas que suceden en el pasado) y dos elipsis implícitas (saltos temporales entre escenas que no son flashback) siguiendo la siguiente estructura: escena-flashback-escena-flashback-escena. Además, incluir una digresión reflexiva (abandono momentáneo del tiempo de la acción por parte del narrador para dar una opinión personal sobre un tema concreto).

1 comentario: