domingo, 9 de abril de 2017

La gran mentira


Parte I: Jacob


Mientras tomaba asiento, Jacob no podía dejar de mirar por la ventana. Afuera, miles de personas se concentraban alrededor de la inmensa nave, empujándose unas a otras para conseguir un efímero vistazo a sus ídolos. En primera fila, no obstante, se encontraba la única figura a la que Jacob dedicaba toda su atención: Hanna, el amor de su vida.
Una lágrima descendió por su mejilla hasta sus labios, y el sabor salado de la misma le hizo darse cuenta de que no tenía por qué llorar. Volveré a verla muy pronto. Un ruido ensordecedor interrumpió su pesar: la nave había arrancado. La misma azafata que le había mostrado la posición de su asiento le recordó por segunda vez que debía abrocharse el cinturón y en cuestión de segundos la nave despegó a gran velocidad.
No podía creer estar finalmente montado en la gran New London. Cuando el Primer Ministro anunció públicamente que la Tierra ya no era habitable, que las reservas de oxígeno se estaban agotando y que habían puesto a la venta los billetes para las primeras doscientas naves en abandonar el planeta, Jacob, actor famoso y ganador de dos Oscars, pudo permitirse comprar uno. El precio de estos era exageradamente desorbitado y estaba hecho así de forma intencionada, ya que se pretendía desalojar de la Tierra, en primer lugar, a las personas más poderosas del mundo. Este era para él, sin embargo, un viaje agridulce, pues meses más tarde conoció a Hanna y juntos intentaron reunir el dinero suficiente para poder comprarle una plaza a ella, pero les fue imposible conseguirlo a tiempo. Tendría que viajar en la siguiente ronda.
Ella quería que yo estuviese aquí. Los primeros minutos tras el despegue fueron algo incómodos, pero una vez fuera de la dañada atmósfera, la velocidad pareció disminuir y decidió disfrutar del viaje, pues este sería muy largo. Observaba su gran planeta hacerse cada vez más pequeño cuando las azafatas empezaron a repartirse rápidamente por secciones ofreciéndose, de forma insistente, a mostrar a cada pasajero su camarote, y a Jacob le tocó compartirlo con uno de sus ídolos musicales de la infancia.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó nada más verlo.
El anciano sonrió, y respondió:
—Las presentaciones oficiales después. Quiero dejar la maleta y volver corriendo a mi asiento para ver lo que los gobiernos llevan tanto tiempo escondiendo.
Jacob tuvo una mala corazonada. ¿Y si las teorías conspiradoras que rondan por la red son ciertas? Su compañero de camarote se acercó a la puerta y giró el pomo. Estaba cerrada.
—¿Qué pasa? ¿Por qué nos han encerrado? —preguntó Jacob.
—Porque no quieren que nadie vea lo que está a punto de pasar.

Parte II: Hanna


El primer síntoma de que algo iba mal fue mientras se despedía de Jacob. Se encontraba delante de la multitud diciéndole adiós cuando notó que se ahogaba. Intentó reiniciar su respirador. Nada. Todavía le proporcionaba algo de oxígeno pero no el suficiente para estar mucho rato en movimiento. Tenía que volver a casa cuanto antes.
Esperó a que la nave se perdiese de vista e intentó salir. Había tanta gente detrás suyo que era imposible retroceder. Y delante sólo tenía las vallas que separaban a los espectadores del lugar del despegue. Entonces, a lo lejos, se oyó el primer estallido.
Las miles de personas que se encontraban aquella mañana en Hyde Park para despedir al Primer Ministro, la familia real y otros muchos famosos, empezaron a correr sin orden alguno. Hanna fue arrollada por un incontables pisotones. Volvió a ponerse en pie y corrió hacia la salida. Tuvo que recibir varios golpes y esquivar a varias personas durante el camino, pero, milagrosamente, consiguió salir del parque. Se detuvo, sin aliento.
“No puedo más… ¿qué está pasando?”, pensó. “Respira, respira, respira, no entres en pánico”. Delante suyo, alguien se desplomó. Asustada, miró en derredor y su instinto de supervivencia le instó a robarle el respirador. Se abalanzó sobre el cadáver y le arrancó el aparato vital. Se extrajo también el suyo y lo sustituyó por el del difunto para comprobar que había dejado de funcionar por completo. Se colocó el suyo de nuevo.
Segunda explosión. “Se están cargando el planeta, ¡hijos de puta!”. Rondaban por la red varias teorías que decían que las doscientas naves que acababan de partir iban en realidad a ser las únicas en abandonar la Tierra y que el planeta entero iba a ser destruido en cuanto estas dejasen su órbita, pero casi nadie se las creía y el Primer Ministro había hecho varias apariciones públicas en las que insistía en que habría rondas de doscientas naves cada seis meses a precios mucho más asequibles que la primera.
Entonces vio al mismísimo Marble Arch y a toda Oxford Street desmoronarse delante de ella. Se arrodilló. Sabía que no tenía sentido ir a casa si ya no había casa a la que llegar. Tan solo podía esperar a quedarse completamente sin oxígeno o a morir con la siguiente explosión. Cerró los ojos.
El Primer Ministro fue la primera imagen que le vino a la mente. Él y los demás gobiernos del planeta, junto a los ricos y famosos, habían huido de una Tierra en ruinas y habían abandonado a la gran mayoría de la población. Y no sólo eso, también los estaban aniquilando, si finalmente el vídeo filtrado en Youtube era verídico, para “ahorrarles el sufrimiento mucho mayor de una muerte lenta”. Todo era una gran mentira. No habría más viajes porque no habría más vidas que salvar. Jacob fue la segunda imagen que vio. Sólo hacía dos años que lo conocía, pero lo quería como nunca había querido a nadie y ni siquiera había tenido tiempo de besarle en los labios cuando se lo llevaron. La tercera imagen fue la de sus padres. Y con la siguiente explosión, ya no hubo más.

Tarea: Escribir un texto con dos escenas: una lenta y una rápida. Pueden formar parte de una misma historia o pueden ser independientes.

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