Parte I: Jacob
Mientras tomaba
asiento, Jacob no podía dejar de mirar por la ventana. Afuera, miles de
personas se concentraban alrededor de la inmensa nave, empujándose unas a otras
para conseguir un efímero vistazo a sus ídolos. En primera fila, no obstante,
se encontraba la única figura a la que Jacob dedicaba toda su atención: Hanna,
el amor de su vida.
Una
lágrima descendió por su mejilla hasta sus labios, y el sabor salado de la
misma le hizo darse cuenta de que no tenía por qué llorar. Volveré a verla muy
pronto. Un ruido ensordecedor interrumpió su pesar: la nave había arrancado. La
misma azafata que le había mostrado la posición de su asiento le recordó por
segunda vez que debía abrocharse el cinturón y en cuestión de segundos la nave
despegó a gran velocidad.
No
podía creer estar finalmente montado en la gran New London. Cuando el Primer
Ministro anunció públicamente que la Tierra ya no era habitable, que las
reservas de oxígeno se estaban agotando y que habían puesto a la venta los
billetes para las primeras doscientas naves en abandonar el planeta, Jacob, actor
famoso y ganador de dos Oscars, pudo permitirse comprar uno. El precio de estos
era exageradamente desorbitado y estaba hecho así de forma intencionada, ya que
se pretendía desalojar de la Tierra, en primer lugar, a las personas más
poderosas del mundo. Este era para él, sin embargo, un viaje agridulce, pues meses
más tarde conoció a Hanna y juntos intentaron reunir el dinero suficiente para poder
comprarle una plaza a ella, pero les fue imposible conseguirlo a tiempo.
Tendría que viajar en la siguiente ronda.
Ella
quería que yo estuviese aquí. Los primeros minutos tras el despegue fueron algo
incómodos, pero una vez fuera de la dañada atmósfera, la velocidad pareció
disminuir y decidió disfrutar del viaje, pues este sería muy largo. Observaba
su gran planeta hacerse cada vez más pequeño cuando las azafatas empezaron a
repartirse rápidamente por secciones ofreciéndose, de forma insistente, a
mostrar a cada pasajero su camarote, y a Jacob le tocó compartirlo con uno de
sus ídolos musicales de la infancia.
—¡No
me lo puedo creer! —exclamó nada más verlo.
El
anciano sonrió, y respondió:
—Las
presentaciones oficiales después. Quiero dejar la maleta y volver corriendo a
mi asiento para ver lo que los gobiernos llevan tanto tiempo escondiendo.
Jacob
tuvo una mala corazonada. ¿Y si las teorías conspiradoras que rondan por la red
son ciertas? Su compañero de camarote se acercó a la puerta y giró el pomo.
Estaba cerrada.
—¿Qué
pasa? ¿Por qué nos han encerrado? —preguntó Jacob.
—Porque
no quieren que nadie vea lo que está a punto de pasar.
Parte II: Hanna
El primer síntoma
de que algo iba mal fue mientras se despedía de Jacob. Se encontraba delante de
la multitud diciéndole adiós cuando notó que se ahogaba. Intentó reiniciar su respirador.
Nada. Todavía le proporcionaba algo de oxígeno pero no el suficiente para estar
mucho rato en movimiento. Tenía que volver a casa cuanto antes.
Esperó
a que la nave se perdiese de vista e intentó salir. Había tanta gente detrás
suyo que era imposible retroceder. Y delante sólo tenía las vallas que
separaban a los espectadores del lugar del despegue. Entonces, a lo lejos, se
oyó el primer estallido.
Las
miles de personas que se encontraban aquella mañana en Hyde Park para despedir
al Primer Ministro, la familia real y otros muchos famosos, empezaron a correr
sin orden alguno. Hanna fue arrollada por un incontables pisotones. Volvió a
ponerse en pie y corrió hacia la salida. Tuvo que recibir varios golpes y
esquivar a varias personas durante el camino, pero, milagrosamente, consiguió
salir del parque. Se detuvo, sin aliento.
“No
puedo más… ¿qué está pasando?”, pensó. “Respira, respira, respira, no entres en
pánico”. Delante suyo, alguien se desplomó. Asustada, miró en derredor y su
instinto de supervivencia le instó a robarle el respirador. Se abalanzó sobre el
cadáver y le arrancó el aparato vital. Se extrajo también el suyo y lo
sustituyó por el del difunto para comprobar que había dejado de funcionar por
completo. Se colocó el suyo de nuevo.
Segunda
explosión. “Se están cargando el planeta, ¡hijos de puta!”. Rondaban por la red
varias teorías que decían que las doscientas naves que acababan de partir iban en
realidad a ser las únicas en abandonar la Tierra y que el planeta entero iba a
ser destruido en cuanto estas dejasen su órbita, pero casi nadie se las creía y
el Primer Ministro había hecho varias apariciones públicas en las que insistía
en que habría rondas de doscientas naves cada seis meses a precios mucho más
asequibles que la primera.
Entonces
vio al mismísimo Marble Arch y a toda Oxford Street desmoronarse delante de
ella. Se arrodilló. Sabía que no tenía sentido ir a casa si ya no había casa a
la que llegar. Tan solo podía esperar a quedarse completamente sin oxígeno o a
morir con la siguiente explosión. Cerró los ojos.
El
Primer Ministro fue la primera imagen que le vino a la mente. Él y los demás
gobiernos del planeta, junto a los ricos y famosos, habían huido de una Tierra
en ruinas y habían abandonado a la gran mayoría de la población. Y no sólo eso,
también los estaban aniquilando, si finalmente el vídeo filtrado en Youtube era
verídico, para “ahorrarles el sufrimiento mucho mayor de una muerte lenta”. Todo
era una gran mentira. No habría más viajes porque no habría más vidas que
salvar. Jacob fue la segunda imagen que vio. Sólo hacía dos años que lo
conocía, pero lo quería como nunca había querido a nadie y ni siquiera había tenido
tiempo de besarle en los labios cuando se lo llevaron. La tercera imagen fue la
de sus padres. Y con la siguiente explosión, ya no hubo más.
Tarea: Escribir un texto con dos escenas: una lenta y una
rápida. Pueden formar parte de una misma historia o pueden ser independientes.

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