Parte II: Hugo
Abrió los ojos.
¿Dónde estaba? Su borrosa vista solamente le permitía intuir que se trataba de
un lugar bastante oscuro, antiguo y polvoriento. Se incorporó lentamente y se
frotó los ojos con los puños cerrados. Volvió a abrirlos. Nada. No tenía ni
idea de dónde se encontraba ni de qué hacía allí. Y le dolía mucho la cabeza.
—¡Hugo!
—exclamó una voz cercana.
¡Isaac!
Qué alivio ver que se encontraba junto a alguien conocido. Pero, ¿por qué? Lo
último que recordaba era estar en casa discutiendo con su hermano y a este
último saliendo de casa rápidamente, seguramente para reunirse antes con Isaac
y así bajar sin él al metro… ¡Claro, ahí es donde se encontraba!
—Isaac,
tío… ¿Qué ha pasado? ¿Por qué me duele tanto la cabeza?—preguntó.
—Cuando
te cuente todo lo que te tengo que contar no me vas a creer —respondió Isaac,
con su característica sonrisa pícara que delataba lo cabrón que a veces podía llegar
a ser. A Hugo no le caía mal, pues en realidad no era mal chaval. Pero también
era cierto que era un chulito y estaba seguro de que siempre le había tomado
por tonto.
—Sorpréndeme
—le retó.
—¿Sabes
qué? Creo que no te lo voy a explicar hasta que no lo veas.
Cogiéndole
de la mano, Isaac le ayudó a levantarse. Por primera vez, Hugo echó un
verdadero vistazo a su alrededor. Se hallaban sobre el andén de una estación
muy parecida a cualquier otra de las del metro de Barcelona, pero a la vez
diferente. Esta daba la impresión de estar inacabada, además de sucia, oscura y
claramente abandonada. Sobre el andén opuesto, en la pared, se podía leer
“Gaudí”. Le sorprendió ver también algún que otro viejo cartel publicitario
enganchado en la pared. Sentía como si hubiese cogido un tren que le había
llevado varias décadas atrás en el tiempo… y justo en aquel instante recordó que
habían estado a punto de ser arrollados por uno.
—Tío,
¿qué ha pasado con el metro? Me duele mucho la cabeza… ¿sabes si me golpeó o
algo? —preguntó, soltando la mano de Isaac para tocarse la cabeza. Al menos sangre
no había.
—No
sé, tío. Yo también me desperté en la estación. Pero si me haces caso y dejas
de hablar tanto —remarcó el “tanto”— y me sigues, quizás todas tus preguntas
obtengan su respuesta —dio media vuelta y empezó a caminar.
Hugo,
sin dejar de palparse la cabeza en busca de heridas o tumores o cualquier cosa
que pudiese darle un motivo de preocupación, se encogió de hombros y empezó a
seguirlo, hasta que se dio cuenta de que se dirigían al interior de la
estación.
—Ni
hablar, tío —se detuvo—. Yo no me meto ahí. ¿Por qué cojones no grabas el puto
vídeo en el que claramente se ve que no hay nadie esperando al metro, se lo
envías a mi hermano y nos piramos de una vez? Creo que necesito ir al médico…
—¡Calla
ya, cojones! Primero, no sé dónde está mi móvil. Segundo, eres un pelma. Y
tercero, sí que hay gente aquí abajo—afirmó Isaac, sin detenerse.
—¿Cómo,
cómo, cómo? ¿Qué sí hay gente esperando el metro? ¿Y dónde? Porque yo no los
veo… —respondió Hugo, incrédulo.
—Cierra
ya tu puta boca y sígueme, cobardica —se mofó Isaac, acompañando lo dicho de
unos gestos bastante ofensivos.
Furioso
y harto de ser ridiculizado siempre por lo mismo, Hugo echó a correr para tomar
la delantera y pronto llegó a una estructura que bien podría ser un intento de
escaleras mecánicas pero sin ningún tipo de mecanismo a la vista.
—Hay
que subirlas. Ten cuidado, no son muy estables —anunció Isaac.
Hugo,
dispuesto a no quejarse más hasta que Isaac le mostrase lo que fuese que quería
mostrarle, y para demostrar también que no era un cobarde, empezó a subir los
escalones, intentando agarrarse a todo lo que encontraba a su alcance. Una vez
arriba, pudo observar que la estación también disponía de un vestíbulo de acceso
bastante completo, pero, como todo en ese lugar, se encontraba prácticamente inacabado
y a oscuras. De repente, se oyó un sonoro crujido. Hugo chilló y notó
cómo las piernas le temblaban anunciando su siguiente ataque de pánico. Sin
poder evitarlo, se echó a llorar.
—¡No
me jodas! ¿Cómo puedes ser tan nenaza? —se quejó Isaac.
—¡No
me jodas tú a mí, cabrón! ¿Por qué coño he de meterme en un lugar sin luz donde
se oyen ruidos extraños? ¡Yo me largo de aquí, tío! —bramó, dando media vuelta.
—Está
bien, está bien —le detuvo Isaac—. Te lo explicaré muy rápidamente, a ver si
así dejas de lloriquear de una puta vez. Cuando me desperté, vi a dos tíos
parados en medio del andén. En cuanto vieron que estaba consciente, uno de
ellos se acercó a mí, me pidió que le acompañara al vestíbulo y me dijo que era
muy probable que el tren ya no se detuviese esta noche. Cuando llegamos aquí
arriba…
—¿Eso
quiere decir que me dejaste solo en el andén con el otro pirado? —intervino
Hugo, aterrorizado.
—Entiéndeme,
¡yo estaba flipando! Pero ya has visto que después de conocer a los demás volví
a bajar para quedarme contigo y para vigilar por si pasaba el tren.
—¿A
los demás? ¿Pero cuánta gente vive aquí?
—No
lo sé, no los he contado, pero son bastantes. Ahora los conocerás. Son un poco
raritos… no te asustes. Tienes que hablar con ellos y lo entenderás.
Hugo
no podía creer la actitud de Isaac. ¿Pero por qué no podían irse de allí y
punto? ¿Qué necesidad tenía él de conocer a nadie?
Inesperadamente, alguien le tiró de la camiseta por detrás. De un salto, Hugo dio
media vuelta, retrocedió unos pasos y, a pesar de la oscuridad del lugar, pudo
reconocer la figura de una niña de unos seis años con el pelo rubio, largo, y
un desaliñado vestido blanco.
—Esta
es Emma —informó Isaac.
—H-hola
—tartamudeó Hugo, observando fijamente a la terrorífica niña.
—Ella
no habla.
—Tío,
en serio. ¿Estás de coña? ¿No te parece acojonante todo esto? Parece que
estemos en Silent Hill… ¡o peor! ¿Por
qué la puta niña no habla? ¿Por qué coño hay gente viviendo aquí? ¿Por qué no
se van y salen al mundo exterior? ¡Que las personas necesitan sol, aire,
naturaleza! Y si de verdad hay tanta gente viviendo aquí, ¿dónde coño están
todos? ¿Por qué se esconden? ¿Acaso una persona normal se escondería? ¡Nada de
todo esto tiene ningún tipo de sentido, hostia puta! —Hugo no pudo evitar
perder los papeles. A la mierda todo. Si le llamaban cobardica, pues vale, lo
era, ¿y qué?
—Tranquilízate.
Yo te explicaré qué hacemos aquí —dijo una voz, seguida de unos pasos que se
aproximaban. Poco a poco, la figura fue ganando nitidez a ojos de Hugo, quien
pudo apreciar que se trataba de un hombre mayor que cojeaba. Víctima de un
tembleque que le impedía permanecer más tiempo en pie, Hugo cayó sobre sus
rodillas. El extraño hombre les alcanzó—. Deja que te cuente la historia del
tren que habéis venido a esperar.
Esta es la segunda parte (de tres) de un cuento
que he escrito por mi cuenta sobre una leyenda urbana de mi ciudad, Barcelona. Cada capítulo está focalizado en un personaje distinto y es esencial leer los tres para entender la historia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario