domingo, 16 de abril de 2017

La estación fantasma (I)


Parte I: Isaac


Consultó la hora en el iPhone. Seis minutos para las doce. Los gemelos, como siempre, llegaban tarde. Isaac empezó a tamborear el suelo con su pie derecho mientras observaba la imponente figura iluminada de la catedral de la Sagrada Familia, y se preguntó cuándo puñetas tendrían pensado terminarla. En sus dieciséis años de vida no había tenido la oportunidad de ver el monumento más característico de Barcelona sin que este se encontrase rodeado de grúas y vallas por todas partes. Aunque, a decir verdad, tampoco sabía por qué estaba pensando en algo que en realidad se la sudaba.
—¡Ya estoy aquí! ¡Ya estoy aquí! —exclamó una voz conocida detrás de él, sacándole de su reflexión. Se trataba de Hugo, uno de los gemelos, que se aproximaba esprintando.
—Tío, ¡ya era hora! El metro cierra en… —consultó el móvil de nuevo— cuatro minutos. ¿Dónde está tu hermano?
—¿No está aquí? —preguntó Hugo, extrañado—. Salió de casa como cinco minutos antes que yo y no me lo he encontrado por el camino. ¡Estaba seguro de que había venido corriendo para poder ir solo contigo!
—Pues, sintiéndolo mucho, vamos a tener que bajar sin él. Ya sólo tenemos cuatro minutos —decretó Isaac, que tomó la iniciativa y empezó a descender los escalones que conducían a la estación de metro Sagrada Familia, en la línea cinco, seguido de su amigo, quien, a la vez, escribía un mensaje a su hermano. Una vez dentro, decidió repasar rápidamente el plan de esa noche—. Vale, tío, escucha muy atentamente: en un minuto pasará el último tren del día. Como ya sabes, hay cámaras por todas partes, por lo que entraremos en él por el primer vagón. Justo cuando oigamos que las puertas se van a cerrar, bajaremos de un salto hacia el final del andén y…
—Y correremos túnel adentro antes de que nadie pueda venir a detenernos —le interrumpió Hugo—. Tío, ya sé que todo esto ha sido idea tuya, pero nos lo has repetido tantísimas veces que no sé cómo todavía dudas de que me lo haya aprendido de memoria. ¿No deberíamos esperar a que mi hermano responda?
—No hay tiempo. Este es el último tren del día y quiero demostrarle a tu hermano que la vida no es una puta peli.
Con su puntualidad característica, el metro entró en el andén y las no más de veinte personas que se encontraban esperándolo aquella noche de martes se subieron en él, incluidos Isaac y Hugo. Acto seguido, se oyó el molesto pitido que precedía al cierre de las puertas y que anunciaba también el momento del salto.
—Uno, dos, tres… ¡salta! —gritó Isaac, que fue obedecido por su amigo. Ambos volvieron a pisar el andén y corrieron hacia el final de este, adentrándose en el túnel. Con el corazón a punto de salírseles por el pecho, esperaron a que el tren se perdiera de vista y descendieron a las vías, pues el andén moría allí. Isaac hurgó en el bolsillo de su tejano y sacó el mapa de la antigua red subterránea del metro de Barcelona.
—¿Crees que nos habrá visto alguien? —preguntó Hugo, visiblemente atemorizado.
—No lo sé, pero no quiero quedarme aquí para averiguarlo —respondió Isaac—. Este es el mapa que tu hermano encontró en Internet en el que aparece la estación fantasma de Gaudí. Según esto, se encuentra a unos cuantos metros siguiendo las vías de este mismo carril. ¿Has traído las linternas?
Hugo dudó y rebuscó en su mochila sin éxito.
—Lo siento, tío. Las linternas las traía mi hermano —balbuceó.
—¡Genial! —ironizó Isaac, sacando su iPhone del bolsillo—. Menos mal que nuestros móviles tienen linterna. No es ni la mitad de potente que una de verdad, pero es mejor que nada. Sólo espero no quedarme sin batería para poder grabarle un vídeo como prueba a tu hermano.
Con ambos móviles iluminando a duras penas el camino, empezaron a adentrarse en el inquietante túnel. Tras mucho tiempo planeándolo, aquella noche por fin iban a visitar la estación fantasma. Según había leído Pol, el hermano de Hugo, en las páginas web de misterio que solía frecuentar, la estación Gaudí formaba parte del plan inicial del metro de Barcelona, pero nunca llegó a ser utilizada y había sido abandonada debido a un cambio de planes de última hora. Corría por la red una leyenda urbana que decía que cuando el metro pasaba por la estación fantasma en dirección a la siguiente parada, Sant Pau | Dos de Maig, si uno se fijaba bien podían verse figuras misteriosas en el andén esperando que este se detuviese. Cuando Pol le habló de ello insistió en que a él mismo le había parecido ver gente al pasar por allí algunas veces de camino al instituto, así que Isaac le retó a colarse juntos una noche, ya que probablemente nunca se le presentaría una oportunidad mejor para demostrarle de una vez por todas que los fantasmas no existían. El miedica de Hugo se apuntó al plan más tarde para demostrar que no era un cobarde, algo por lo que siempre era martirizado.
—Isaac… por aquí hay ratas, ¿verdad? —quiso saber Hugo tras unos silenciosos minutos.
—Tío, no seas caguetas. Claro que hay ratas, pero no te van a hacer na… —Isaac fue interrumpido por una fuerte vibración en las vías. Otro tren se aproximaba.
—¿Cómo puede ser? Se supone que hemos saltado después del último para no tener que preocuparnos de ser arrollados por uno —titubeó su amigo.
—Debe de tratarse de algún tren que se dirige a mantenimiento o algo así —respondió. Miró en derredor. El túnel en el que se encontraban disponía de solamente un carril y junto a las vías no había el suficiente espacio para ponerse a salvo.
—¿Q-qué hacemos, t-tío? —tartamudeó Hugo, cuyo rostro era la viva imagen del terror. Lo que menos necesitaba Isaac en ese momento tan crítico era lidiar con uno de sus característicos ataques de pánico. No tenía que haber bajado solo con él. Sabía que en algún momento de la noche acabaría poniéndose así. El tren ya era visible y se encontraba cada vez más cerca. Tenía que pensar una solución cuanto antes.
Finalmente, a falta de tiempo para ocurrírsele un plan mejor, Isaac empujó a su amigo hacia el lateral izquierdo del túnel —el cual, por algún motivo, le pareció ligeramente más ancho que el derecho— y le instó a abrazar la pared.
—¿V-vamos a morir? —lloriqueaba Hugo, mirándole.
—¡Tú calla y arrímate lo más que puedas a la pared!
El tren ya estaba allí. Isaac cerró los ojos.

Esta es la primera parte (de tres) de un cuento que he escrito por mi cuenta sobre una leyenda urbana de mi ciudad, Barcelona. Cada capítulo está focalizado en un personaje distinto y es esencial leer los tres para entender la historia.

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