Parte I: Isaac
Consultó la hora
en el iPhone. Seis minutos para las doce. Los gemelos, como siempre, llegaban
tarde. Isaac empezó a tamborear el suelo con su pie derecho mientras observaba
la imponente figura iluminada de la catedral de la Sagrada Familia, y se
preguntó cuándo puñetas tendrían pensado terminarla. En sus dieciséis años de
vida no había tenido la oportunidad de ver el monumento más característico de
Barcelona sin que este se encontrase rodeado de grúas y vallas por todas
partes. Aunque, a decir verdad, tampoco sabía por qué estaba pensando en algo
que en realidad se la sudaba.
—¡Ya
estoy aquí! ¡Ya estoy aquí! —exclamó una voz conocida detrás de él, sacándole
de su reflexión. Se trataba de Hugo, uno de los gemelos, que se aproximaba
esprintando.
—Tío,
¡ya era hora! El metro cierra en… —consultó el móvil de nuevo— cuatro minutos.
¿Dónde está tu hermano?
—¿No
está aquí? —preguntó Hugo, extrañado—. Salió de casa como cinco minutos antes
que yo y no me lo he encontrado por el camino. ¡Estaba seguro de que había
venido corriendo para poder ir solo contigo!
—Pues,
sintiéndolo mucho, vamos a tener que bajar sin él. Ya sólo tenemos cuatro
minutos —decretó Isaac, que tomó la iniciativa y empezó a descender los
escalones que conducían a la estación de metro Sagrada Familia, en la línea
cinco, seguido de su amigo, quien, a la vez, escribía un mensaje a su hermano.
Una vez dentro, decidió repasar rápidamente el plan de esa noche—. Vale, tío,
escucha muy atentamente: en un minuto pasará el último tren del día. Como ya
sabes, hay cámaras por todas partes, por lo que entraremos en él por el primer
vagón. Justo cuando oigamos que las puertas se van a cerrar, bajaremos de un
salto hacia el final del andén y…
—Y
correremos túnel adentro antes de que nadie pueda venir a detenernos —le
interrumpió Hugo—. Tío, ya sé que todo esto ha sido idea tuya, pero nos lo has
repetido tantísimas veces que no sé cómo todavía dudas de que me lo haya
aprendido de memoria. ¿No deberíamos esperar a que mi hermano responda?
—No
hay tiempo. Este es el último tren del día y quiero demostrarle a tu hermano que la
vida no es una puta peli.
Con
su puntualidad característica, el metro entró en el andén y las no más de
veinte personas que se encontraban esperándolo aquella noche de martes se subieron
en él, incluidos Isaac y Hugo. Acto seguido, se oyó el molesto pitido que
precedía al cierre de las puertas y que anunciaba también el momento del salto.
—Uno,
dos, tres… ¡salta! —gritó Isaac, que fue obedecido por su amigo. Ambos
volvieron a pisar el andén y corrieron hacia el final de este, adentrándose en
el túnel. Con el corazón a punto de salírseles por el pecho, esperaron a que el
tren se perdiera de vista y descendieron a las vías, pues el andén moría allí. Isaac
hurgó en el bolsillo de su tejano y sacó el mapa de la antigua red subterránea
del metro de Barcelona.
—¿Crees
que nos habrá visto alguien? —preguntó Hugo, visiblemente atemorizado.
—No
lo sé, pero no quiero quedarme aquí para averiguarlo —respondió Isaac—. Este es
el mapa que tu hermano encontró en Internet en el que aparece la estación
fantasma de Gaudí. Según esto, se encuentra a unos cuantos metros siguiendo las
vías de este mismo carril. ¿Has traído las linternas?
Hugo
dudó y rebuscó en su mochila sin éxito.
—Lo
siento, tío. Las linternas las traía mi hermano —balbuceó.
—¡Genial!
—ironizó Isaac, sacando su iPhone del bolsillo—. Menos mal que nuestros móviles
tienen linterna. No es ni la mitad de potente que una de verdad, pero es mejor
que nada. Sólo espero no quedarme sin batería para poder grabarle un vídeo como
prueba a tu hermano.
Con
ambos móviles iluminando a duras penas el camino, empezaron a adentrarse en el
inquietante túnel. Tras mucho tiempo planeándolo, aquella noche por fin iban a
visitar la estación fantasma. Según había leído Pol, el hermano de Hugo, en las
páginas web de misterio que solía frecuentar, la estación Gaudí formaba parte
del plan inicial del metro de Barcelona, pero nunca llegó a ser utilizada y
había sido abandonada debido a un cambio de planes de última hora. Corría por
la red una leyenda urbana que decía que cuando el metro pasaba por la estación
fantasma en dirección a la siguiente parada, Sant Pau | Dos de Maig, si uno se
fijaba bien podían verse figuras misteriosas en el andén esperando que este se detuviese. Cuando
Pol le habló de ello insistió en que a él mismo le había parecido ver gente al
pasar por allí algunas veces de camino al instituto, así que Isaac le retó a colarse
juntos una noche, ya que probablemente nunca se le presentaría una oportunidad
mejor para demostrarle de una vez por todas que los fantasmas no existían. El
miedica de Hugo se apuntó al plan más tarde para demostrar que no era un
cobarde, algo por lo que siempre era martirizado.
—Isaac…
por aquí hay ratas, ¿verdad? —quiso saber Hugo tras unos silenciosos minutos.
—Tío,
no seas caguetas. Claro que hay ratas, pero no te van a hacer na… —Isaac fue
interrumpido por una fuerte vibración en las vías. Otro tren se aproximaba.
—¿Cómo
puede ser? Se supone que hemos saltado después del último para no tener que
preocuparnos de ser arrollados por uno —titubeó su amigo.
—Debe
de tratarse de algún tren que se dirige a mantenimiento o algo así —respondió.
Miró en derredor. El túnel en el que se encontraban disponía de solamente un
carril y junto a las vías no había el suficiente espacio para ponerse a salvo.
—¿Q-qué
hacemos, t-tío? —tartamudeó Hugo, cuyo rostro era la viva imagen del terror. Lo
que menos necesitaba Isaac en ese momento tan crítico era lidiar con uno de sus
característicos ataques de pánico. No tenía que haber bajado solo con él. Sabía
que en algún momento de la noche acabaría poniéndose así. El tren ya era
visible y se encontraba cada vez más cerca. Tenía que pensar una solución
cuanto antes.
Finalmente,
a falta de tiempo para ocurrírsele un plan mejor, Isaac empujó a su amigo hacia
el lateral izquierdo del túnel —el cual, por algún motivo, le pareció
ligeramente más ancho que el derecho— y le instó a abrazar la pared.
—¿V-vamos
a morir? —lloriqueaba Hugo, mirándole.
—¡Tú
calla y arrímate lo más que puedas a la pared!
El
tren ya estaba allí. Isaac cerró los ojos.
Esta es la primera parte (de tres) de un cuento que he
escrito por mi cuenta sobre una leyenda urbana de mi ciudad, Barcelona. Cada capítulo está focalizado en un personaje distinto y es esencial leer los tres para entender la historia.

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