La noche antes de su desaparición, su mujer
preparó la cena en completo silencio —algo que ya se estaba convirtiendo en una
costumbre— y, tras verla servida, Aday llamó a su hijo para que bajase a cenar.
—¿Cómo ha ido el día? —se
interesó dirigiéndose a Iraya una vez estuvieron sentados entorno a la mesa.
“Bien” fue la única respuesta
que obtuvo por parte de ella.
—¿Y a ti cómo te ha ido en la
escuela? —le preguntó, acto seguido, a Airam.
—Hoy hemos construido la
maqueta de un barco. ¡Ha sido increíble! —celebró el pequeño.
La velada prosiguió en
absoluto silencio, algo que, a decir verdad, a Aday ya empezaba a antojársele
preocupante. Pero decidió no decir nada. Por aquel entonces, todavía no tenía
ni idea de que aquella iba a ser la última vez que cenasen juntos.
Odiaba acostarse pronto, más de lo que odiaba
cualquier otra cosa en el mundo. Pero aquella noche mamá le obligó a hacerlo.
—¡No quiero! —se quejaba
repetidamente de camino a la habitación.
Su madre lo acompañaba de la
mano y en completo silencio. Mamá era una persona exageradamente seria y a
Airam le daba mucha rabia ver que, por ejemplo, la de su amigo David era una
mujer muy malhablada y divertida a pesar de ser mucho mayor. Le hubiese gustado
que la suya se pareciese un poco más a la señora Lorenzo.
Una vez en la cama, sin
embargo, mamá hizo algo que no había hecho en muchísimo tiempo: le preguntó si
quería que le leyese un cuento. Airam ya no se consideraba un niño pequeño,
pero le hacía mucha ilusión que mamá compartiese un rato a solas con él, por lo
que dijo que sí.
—Había una vez un mundo muy
lejano en el que vivían todos los elegidos por el Señor…
No llegó a escucharlo entero,
pues enseguida se durmió. Mamá no se dio cuenta, pero, cuando lo besó antes de
irse, se despertó y la oyó decirle “ojalá pudieras venir conmigo”.
No tenía ninguna intención de sacar el tema, de
verdad. Pero hacía por lo menos un año de la última vez que hicieron el amor y,
después de que aquella noche, tras acostar a su hijo, Iraya se tirase encima de
él, lo besase por todo el cuerpo, lo desnudase y lo montase como nunca antes lo
había hecho, Aday se sintió lo suficientemente seguro para preguntarle por qué
había dejado de quererles.
—¡Yo jamás he dejado de
quereros! ¡Nunca vuelvas a decir eso! —exclamó su mujer con la cara enrojecida,
tras lo que se dio media vuelta y fingió dormir.
Comprenderla se había
convertido en una durísima tarea y estaba seguro de que no merecía la pena
continuar discutiendo, por lo que simplemente respondió:
—Buenas noches, cariño.
Entonces ella, sin siquiera
girarse, le dijo algo que no acabó de entender:
—No vuelvas a decir que no os
quiero. Lo sois todo para mí. Os quiero tanto que me mata pensar que no podéis
venir conmigo, pero Airam es muy pequeño y no puedo dejar que se quede solo.
—¿Qué quieres decir? —le
preguntó.
Pero no obtuvo respuesta.
La señora Lorenzo y otra mujer cuyo nombre le
importaba un bledo pero a quien conocía de haberla visto varias veces por el
barrio, charlaban en un banco después de dejar a sus respectivos hijos en el
colegio.
—¿Se ha enterado de lo de la chamafleja esa… la madre de Airam? —le preguntó a
su improvisada amiga.
—No me he enterado, no, ¿qué
ha pasado?
—La muy guarra ha abandonado
a su familia. Se ha desvanecido en el aire y sin decirle nada a nadie. ¡Ni una
nota ha dejado la tía!
—¡Ay, qué yuyu! ¿Y si la han
secuestrado? —cuestionó la señora al tiempo que se cubría la boca con las manos.
—¡Qué va, muyaya! Si esa
era una pelandrusca… ¡Nunca saludaba! Ni una sola vez. Siempre se negó a venir
a nuestras barbacoas de los domingos. ¿Quiere que le diga la verdad? Mi marido
y yo estamos seguros de que tenía un amante.
—¿Un amante dice?
La expresión de horror, que
las manos de su acompañante a duras penas podían ocultar, provocaba en la
señora Lorenzo una extraña excitación que no sabría muy bien cómo describir.
—Un amante, sí. Si le soy
sincera, se le veía a leguas que era una furcia —finalizó.
—¿Sabe si la relación con su
marido no iba bien?
—¡Y yo qué sé! ¿Se cree que
soy la que presenta las noticias? Yo sólo sé que esa chica no era de fiar.
—Y si tan segura está usted
de que no está secuestrada o tirada en una cuneta, ¿por qué habla de ella en
pasado?
—¡Váyase a la mierda, señora!
Aday creía que este tipo de cosas sólo ocurrían
en las películas, pero, desgraciadamente, estaba descubriendo que eso no era
así. Se encontraba sentado tras un viejo escritorio de madera frente a una
oficial de policía muy poco agraciada, la detective González. Se había
presentado en comisaría tras múltiples llamadas, en cada una de las cuales le
habían recordado que debía esperar cuarenta y ocho horas para poder denunciar
la desaparición de Iraya.
—Entonces la única
información útil que usted puede ofrecerme es que su mujer no trabaja, que
forma parte de un grupo de ayuda mutua desde que sufrió un aborto, que tienen
un hijo en común y que la última noche que la vio le dijo algo que usted no
comprendió después de tener relaciones, ¿correcto? —repasó la detective.
—Exacto. Dijo que le mataba
pensar que no podíamos irnos con ella, pero que Airam era muy pequeño —añadió.
—¿Sabe si su mujer consume
algún tipo de estupefaciente?
—No que yo sepa.
—¿Alcohol?
—Diría que no. La verdad es
que…
—¿Conoce usted a su mujer?
—le interrumpió la policía.
—¿Disculpe? —preguntó
ofendido.
—¿Sabe si le debe algo a
alguien?
—¡No lo sé, no lo sé! —gritó,
rompiendo a llorar.
—Perdone, sé que esto debe de
ser muy difícil para usted. No se preocupe; encontraremos a su mujer —intentó
consolarle la detective González.
Deteniendo su llanto, la miró
y admitió finalmente:
—La verdad es que hacía ya
dos años que para mí era una extraña.
“¡Menudo elemento el marido de la desaparecida!
Como la mayoría de tíos, no conoce a su mujer porque, seguramente, nunca debe
de molestarse en sentarse a hablar con ella y preguntarle cómo le ha ido el
día. Desde luego, ya tenemos el primer sospechoso. Aunque también está ese otro
asunto… el del grupo de ayuda mutua. Es muy raro que no haya sido capaz de
encontrar ningún tipo de información sobre él. ¡Ni siquiera en Google! Es como
si no existiese… Claramente, el marido no tiene ni idea de lo que ha estado haciendo
su mujer durante los últimos dos años. Probablemente tendría un amante. Eso es
lo que acaban haciendo todas cuando sienten que su marido ya no se interesa por
ellas. Y lo más probable es que él lo descubriese y la matase llevado por los
celos y la rabia. Pero claro, la puta ley me obliga a demostrarlo. ¡Y mañana el
cumpleaños de mi suegra! ¡No tengo tiempo para esta mierda!”, pensaba la
detective González.
Cuando ya parecía que nada podía ir peor, Aday
recibió una visita inesperada. Por suerte, Airam aquel día no se encontraba en
casa, pues había salido de excursión con el colegio, por lo que no presenció
nada de todo aquello. Eran las tres del mediodía cuando llamaron al timbre.
—Buenos días, ¿es usted el
señor Aday Reina? —preguntó un hombre trajeado en cuanto le abrió la puerta.
—Sí, soy yo —respondió,
sintiendo un escalofrío. ¿Habrían encontrado a Iraya? ¿Viva? ¿Muerta?
—Encantado, señor —dijo el
desconocido al tiempo que le estrechaba la mano. Acto seguido, entró en la casa
sin siquiera esperar a ser invitado.
—¿Quién es usted? —inquirió
Aday.
—Mi nombre es Pedro Alonso,
abogado.
—¿Qué desea?
—Vengo a comunicarle que debe
desalojar esta vivienda en un plazo de quince días —informó el visitante,
tomando asiento en el sofá.
—¿Disculpe? ¡Esta es mi casa!
—Aday no podía creer lo que acababa de escuchar.
—¿Está usted casado?
—continuó el abogado.
Dudó unos instantes. ¿Lo
seguía estando?
—Sí —contestó finalmente—.
¿Se puede saber qué hace usted aquí y por qué pretende echarme de mi casa?
—Según me consta, la señora
Iraya García es su mujer, ¿no es así?
—Así es.
—¿Está usted al corriente de
la titularidad de esta propiedad? —insistió el señor Alonso.
—La compramos mi mujer y yo
poco antes de casarnos —balbuceó.
—Pero su nombre no aparece en
las escrituras, ¿cierto?
—No, no aparece. Pusimos la
casa a nombre de ella porque, por aquel entonces, yo tenía unas deudas
pendientes. ¿Puede dejar de andarse por las ramas y decirme a quién cojones
representa usted y por qué se cree con el derecho a entrar en mi casa, sentarse
en mi sofá y decirme que tengo quince días para marcharme? Tengo un hijo, ¿lo
sabe?
—Su mujer cedió esta
propiedad a mi cliente —aclaró el abogado, tras lo que se levantó, se dirigió a
la puerta y le recordó—: Quince días, señor Reina.
Había pasado ya un mes desde la desaparición de
mamá, y todavía nadie había podido darle una explicación clara del por qué ya
no estaba con ellos. Sabía que seguía viva, pues ella misma le había dicho que
se iba. La vida, no obstante, estaba poco a poco volviendo a la normalidad y
Airam se encontraba de excursión en el bosque del Parque Nacional del Teide
junto a sus compañeros de clase y dos profesores. Le encantaban las excursiones
y, después de todo por lo que había pasado, la de aquel día era especialmente
importante para él. Los habían separado en dos grupos para una competición de
búsqueda del tesoro cuando, de repente, alguien chilló desde algún otro lugar.
Debía de tratarse de algún alumno del otro equipo. La profesora Suárez,
visiblemente agitada, les ordenó que no se movieran de donde se encontraban y,
acto seguido, les pidió que la acompañaran para volver a exigirles de nuevo que
permanecieran quietos. Probablemente no sabía qué hacer, si llevarlos con ella
o no. Airam, sin embargo, se moría de curiosidad, por lo que dijo:
—Profesora, llévenos con
usted. Es peligroso que nos deje aquí solos.
Y así lo hizo, pero, cuando
se encontraron con el resto de la clase, el profesor Aguirre, blanco como un
fantasma, les impidió continuar avanzando y susurró algo al oído de la
profesora, que se estremeció. Desde donde se encontraban era imposible ver con
qué se habían topado, pero en lo que Airam sí pudo fijarse fue en que su
compañera Fayna se encontraba apartada del grupo, llorando como una magdalena y
rodeada de cuatro niñas más. ¡Bien! Ella se lo contaría.
Llamaron a la puerta. Se trataba de la madre de
David, el amigo de Airam… ¿cuál era su nombre? ¡Señora Lorenzo!
—¡Hola, querido! —exclamó la
señora con una sonrisa y efusividad que Aday no entendía a quién pretendían
engañar. “Si ni siquiera me ha dirigido nunca la palabra”, pensó.
—Buenas tardes, señora
Lorenzo —respondió, intentando no sonar muy sorprendido.
—Le he traído un pastel que
he hecho con todo mi cariño. Lo deben de estar pasando muy mal ahora que…
—Gracias —la interrumpió en
un intento de evitar conversar sobre algo de lo que no le apetecía hablar.
—¿Cómo está Airam? Sé que no
ha ido a la escuela estos días. Normal, ¡después de que hayan encontrado a la
pobre Iraya en el bosque! —gimió, rompiendo a llorar de forma exagerada.
A Aday no le apetecía perder
el tiempo con aquella chismosa, por lo que, manteniéndose frío, intervino:
—Señora, ¿desea algo más?
La señora Lorenzo,
visiblemente ofendida, lo miró y preguntó:
—¿Sabe cuándo le devolverán
el cuerpo para poder enterrarla?
Y volvieron a llamar a la
puerta.
¡No podía ser! No, no, no y no. Mamá se había
ido, no podía estar muerta. ¡Ella misma se lo había dicho! “Ojalá pudieras
venir conmigo”, le había susurrado. Lo recordaba como si hubiese sido apenas
unos minutos antes. Algo dentro de Airam le decía que el cuento que mamá le
había explicado antes de ir a dormir era una pista que ella había dejado sólo
para él. Pero no conseguía rememorar las palabras y, además, se había dormido y
no había podido escucharlo entero. Oyó que llamaron a la puerta y salió de su
habitación, sentándose en lo alto de la escalera, desde donde no podía ver
nada, pero sí escucharlo todo. Por la voz de la visitante, debía de tratarse de
la mamá de David. Papá y ella mantuvieron una breve conversación, en medio de
la cual pudo oír a la señora Lorenzo llorar. Y volvieron a llamar a la puerta.
¡Menuda mala suerte! ¿Quién le iba a decir que
aquello fuese a complicarse tanto? ¿Y cómo le contaba al marido todo lo que
había descubierto sobre su mujer? ¡Quién pudiese retroceder en el tiempo para
inventar alguna excusa y darle el caso a otro! Llamó al timbre. Le sorprendió
encontrarse al señor Reina acompañado de una cincuentona bastante atractiva.
Qué pronto había superado lo de su mujer. ¡Menudo desgraciado! Hechas las
presentaciones, la visita se marchó y, habiendo tomado asiento el señor Reina y
ella, se dispuso a informar a aquel hombre por el que aun no tenía claro si
sentir pena o asco.
—Señor Reina; el
procedimiento de la autopsia de su mujer ya ha finalizado, y ese es el motivo
por el que me encuentro aquí —suspiró y prosiguió—. En el cuerpo de la señora
García se han encontrado varias sustancias venenosas.
—¿Veneno? —repitió el marido,
boquiabierto.
—Sí, aquí tiene una lista con
las diferentes sustancias halladas —le tendió una copia de la página del
informe en cuestión y esperó a que el hombre lo ojease unos segundos antes de
continuar—. Hay más, señor Reina. En el cuerpo también se encontraron restos de
semen. Lo extraño es que no hay ningún rastro de violencia sexual…
—¿Qué quiere decir? —inquirió
el marido, que se encontraba al borde de un ataque de nervios.
—Que, al parecer, se trataba
de sexo consentido, por lo que queda descartada la violación —“Y ahora la
bomba”—. Y… lo lamento muchísimo, señor, pero su mujer estaba embarazada.
El hombre, con los ojos como
platos, se inclinó hacia delante y preguntó:
—¿Embarazada?
¿De cuánto?
—De
unos dos o tres meses.
—¡Eso
es imposible! Mi mujer y yo llevábamos prácticamente un año sin… —no finalizó
la frase. Claramente, había llegado a su misma conclusión.
Abrió los ojos. Al fin, el día había llegado.
Miró al otro lado de la cama. Aday. Cuánto lo quería… No podía evitar sentir
lástima por él. Siempre se había esforzado mucho por hacerla feliz, pero ¿cómo
decirle que para ella no era suficiente? ¿Cómo contarle que, desde el aborto de
dos años atrás, jamás podría volver a serlo? Lo besó en la mejilla, se levantó,
salió al pasillo y se acercó a la habitación de Airam, cuya puerta se
encontraba, como de costumbre, entreabierta. Observó a su hijo a través de la
obertura al tiempo que una lágrima le recorría la mejilla derecha.
Al principio pensó que no
podría hacerlo; por él, pues la doctora Fittkau y el padre Garthe le habían
dejado muy claro que los niños menores de trece años no eran bienvenidos en el
viaje. Fue tras descubrir que estaba embarazada que tomó la decisión de marchar
junto al resto del grupo, aun sabiendo el peligro que conllevaba ese gran
secreto. Era muy importante que nadie supiese lo que llevaba dentro de sí o no
la dejarían partir. Pero ahora tenía un motivo para huir del Armagedón que se
aproximaba: salvaría la vida de un hijo suyo sin que nadie lo supiera. Rompería
una regla sin estar quebrándola en realidad. Entonces no le pareció tan mal el
dejar a Airam, siempre y cuando estuviese acompañado de Aday. Además, llevarse
a su marido consigo, portando en su vientre el fruto de algún otro hombre… tan
solo el pensarlo le provocaba escalofríos.
Ya duchada y vestida, Iraya
abandonó su hogar, echándole un último vistazo antes de perderlo de vista. En
aquel momento, la asaltó un fuerte pinchazo en el estómago, pues recordó que
aquel día debería también renunciar a todas sus pertenencias materiales y, con
ello, a la casa. Estaba tranquila, no obstante, porque sabía que su hijo y Aday
siempre serían bienvenidos en la de sus padres. ¿Qué se le podía hacer? Era uno
de los requisitos para hacer el Gran Viaje.
Como de costumbre, pasó el
resto de la jornada con el grupo, aquel día cocinando sin parar. Las mujeres
tenían que preparar la última cena, mientras los hombres hacían el resto de
preparativos para la ceremonia. Una vez estuvo todo preparado, se unieron ellos
y ellas, junto a la doctora Fittkau y el padre Garthe, en el bosque a los pies
del Teide. Esa era una de las cosas a las que más le había costado
acostumbrarse cuando se unió al grupo. Sabía que Dios precisaba que los
elegidos copularan entre ellos, pero tener que hacerlo también con adolescentes
le causaba malestar. “Todos con todos”, se les oía repetir al unísono mientras
juntaban sus cuerpos, se penetraban, se besaban, se mordían y gemían extasiados.
Al finalizar la ceremonia,
las mujeres sirvieron lo que muy cariñosamente habían estado todo el día
preparando, aunque a Iraya le sorprendió ver que algunos de los platos parecían
haber sido manipulados. Quizás alguien habría estado picando antes de tiempo. ¿Sería
aquello una falta de respeto?
Cenaban y charlaban, y la
hora del Gran Viaje se encontraba cada vez más cerca. Tras firmar todos la
renuncia a sus pertenencias, la doctora Fittkau y el padre Garthe pronunciaron
unas últimas palabras y el grupo entero se puso después a rezar. De repente, en
medio de la oración, Iraya empezó a sentir unas fuertes arcadas. “Este embarazo
está siendo muy difícil”. Silenciosamente, aprovechó que se encontraba en
última fila para escabullirse por el bosque y así poder vomitar sin que nadie
la viese. No quería hacerlo en el lugar donde el Salvador les iba a recoger
para llevarlos al nuevo mundo. Eso sí que sería una falta de respeto. Encontró
un agujero en un árbol, donde echó parte de la cena, y se disponía a volver con
los demás cuando vio que todos estaban dormitando. ¿Por qué? Por suerte, la
doctora Fittkau y el padre Garthe aun seguían despiertos, pero los vio hacer
algo muy extraño. De detrás de unos árboles sacaron unas palas y, desde su
escondrijo, observó cómo ambos empezaban a cavar. Entonces comprendió la
verdad, a la vez que el cuerpo entero empezaba a temblarle. Intentó vomitar de
nuevo, deshacerse de lo que fuese que le habían echado en la comida, pero ya
era demasiado tarde.
¿Por qué ya no le hablaba? ¿Sería porque la
había mandado a la mierda la última vez? ¡Pero si eso era algo normal en ella!
Si no mandase a la mierda a tres o cuatro personas diariamente, ¿qué sentido
tendría la vida? Desde el pasillo de los congelados, la espió durante un rato,
muriéndose de ganas por contarle todo lo que sabía, hasta que la señora —cuyo
nombre todavía desconocía— la pilló.
—¿Se puede saber qué quiere?
—le preguntó desafiante.
—Quería pedirle perdón por lo
que le dije la última vez. Fue muy grosero por mi parte.
La señora asintió y dijo:
—Está bien.
Eufórica, la señora Lorenzo no quiso
desaprovechar la ocasión y prosiguió:
—¡Tengo tantas cosas
que contarle! Esto todavía no sale ni en las noticias, ¿eh? Resulta que el otro
día me acerqué a casa del marido de la muerta y, desde la ventana, vi que estaba
allí una detective… creo que estaban tonteando.
—¿Qué me dice?
—Sí, sí. Pero espere, espere.
Escuché cómo la policía le contó todo lo que se había descubierto sobre su
mujer, ¡y resulta que murió envenenada!
—¡Dios mío! ¿Y quién la
envenenó?
—Creen que fue el amante.
Dicen que probablemente iban a huir juntos y él se enteró de que ella estaba
embarazada y la mató. ¡Pero es que aun no le he contado lo peor!
—¡Cuente, cuente!
—La muy guarra vendió su casa
antes de marcharse y el pobre marido, con un niño a su cargo, ha tenido que
irse a vivir con los suegros.
—¡No puede ser!
—Y agárrese, que viene lo más
fuerte de todo. Encontraron semen del amante entre sus piernas, han investigado
su procedencia y resulta que el tío también está desaparecido. Hay algo muy
oscuro en todo esto, ¿no cree? ¡Sí, ya lo decía yo que era una furcia!

Me ha gustado mucho, desde el primer momento te crea una intriga, que hace que no puedas dejar de leer.
ResponderEliminar