martes, 18 de abril de 2017

La estación fantasma (III)


Parte III: Pol


De camino al metro, Pol se detuvo, como de costumbre, a comprar una lata de Estrella Damm y chicles en el supermercado paquistaní de la esquina de su calle.
—¡Hola, amigo! —le saludó el siempre sonriente Esmail, sentado en el mostrador mirando el móvil.
—¡Buenas! —respondió Pol, dirigiéndose a la nevera para toquetear unas cuantas latas de cerveza y así asegurarse de que se llevaba la más fría de todas. Hecho esto, se acercó al mostrador, de donde cogió un paquete de chicles de clorofila Orbit White y se dispuso a pagar.
—Un euro ochenta, amigo —anunció Esmail.
Pol hurgó en su bolsillo y le extrañó no encontrar nada más que el billete de metro. Juraría haber cogido dos euros de encima de su escritorio antes de marchar de casa.
—Lo siento, me he dejado el dinero en casa. Lo dejo todo —decidió.
—No hay problema, amigo. Otro día paga —sugirió el paquistaní.
—¡Gracias, tío! —exclamó alegremente Pol mientras dejaba la tienda y el simpático hombre volvía a centrarse en sus cosas.
Llegando ya a la estación de Sagrada Familia y con la lata medio vacía, le llamó la atención un cartel publicitario que colgaba del lateral de una tienda de ropa en el que se anunciaba el primer concierto que su grupo americano favorito iba a realizar en Barcelona. Excitado, metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón en busca de su Samsung Galaxy dispuesto a hacer una foto del cartel para todos sus amigos, pero este estaba vacío. Se había dejado el móvil en casa. Qué extraño. Nunca solía salir de casa sin él. De hecho, esta era sólo la segunda vez en su vida que se lo olvidaba y esto le recordaba las horribles consecuencias de no haberlo cogido la vez anterior.
Se planteó volver a casa a por él, pero una rápida consulta a su reloj de pulsera le advirtió de que no debía hacerlo, pues, como era costumbre en él, ya llegaba tarde. Recorrió las dos últimas calles hasta la boca del metro Sagrada Familia a paso ligero, descendió al andén y esperó el tren durante tres minutos que se le antojaron eternos al no tener el móvil encima para husmear en la vida de los demás por Instagram. Fue entonces cuando recordó dónde había visto tanto el Samsung como las dos monedas de euro por última vez: los había cogido, sí, pero se los había dejado en el baño cuando entró a echar un último vistazo a su flequillo en el espejo antes de marchar.
El metro entró en el andén cuando, según el contador que colgaba del techo, faltaban dieciséis segundos para que llegase. Entró y se sentó donde siempre: al lado de la ventana, en el primer vagón. Las puertas se cerraron precedidas de su pitido característico y el tren se puso en marcha. Como era habitual, sus manos empezaron a sudarle y empezó a notar unos leves pinchazos en el estómago que le anunciaban que pronto pasarían por la estación fantasma de Gaudí, algo que inevitablemente le llevaba siempre a recordar los terribles hechos acontecidos un año atrás.
Aquella noche, Pol se había dejado, por primera vez en su vida, el móvil en casa, por lo que no recibió ninguno de los mensajes de su hermano Hugo, que había llegado antes a la estación y había intentado ponerse en contacto con él. Pol se entretuvo, como siempre, comprando cerveza y chicles en el paquistaní, lo cual en aquella ocasión le llevó más tiempo de lo normal debido a la presencia de un gran número de clientes, todos turistas borrachos, que no conseguían entenderse con Esmail.
Cuando llegó a Sagrada Familia, le sorprendió ver que su hermano y su mejor amigo, Isaac, no le habían esperado y habían bajado sin él. Consultó su reloj y eran las doce en punto, por lo que, teniendo en cuenta que el último tren del día partía a las doce de su estación de origen, intuyó que estos todavía se encontrarían abajo esperando a que pasara. Pero no. Isaac había interpretado erróneamente los horarios del metro, y fue precisamente ese error el que lo arruinó todo.
Aun así, Pol había seguido las indicaciones del plan de Isaac y, tras fingir que subía en el primer vagón del último tren del día, se había adentrado en el túnel en busca de la estación fantasma, de Hugo y de Isaac. Al abrir la mochila para coger la linterna, le había sorprendido ver que su hermano le había metido las tres. Entonces, ¿ellos se habían adentrado a oscuras?
Un hombre que tocaba canciones ochenteras con la harmónica se acercó a él, ofreciéndole su sombrero para que le echase unas monedas e interrumpiendo las traumáticas imágenes que le venían a la cabeza cada vez que recordaba aquella fatídica noche.
—No llevo nada. Lo siento —le dijo.
El hombre siguió su camino, balanceando su sombrero por delante de las caras de los demás pasajeros. Pol miró por la ventana y contuvo el aliento. Estaban a punto de pasar por Gaudí. ¿Volvería a verlos hoy también?
Entonces las imágenes volvieron a su cabeza. Sangre. Sangre por todas partes. Y los cuerpos desmembrados de Hugo e Isaac encima de las vías. No le había llevado mucho tiempo entender que habían sido arrollados por el verdadero último tren del día, el mismo en el que él se había subido para después saltar. Todavía recordaba el nudo que sintió en el estómago, el grito que salió de lo más profundo de su ser y las fuerzas que sacó de no sabía dónde para conseguir estar de vuelta en casa tan solo nueve minutos más tarde. Recordaba la multitud de preguntas que le hicieron sus padres, la policía y todo el mundo en el instituto. Días más tarde, superado el shock inicial, se atrevió a coger el metro de nuevo y cada día desde entonces había visto a Hugo e Isaac de pie en medio del andén de Gaudí cuando su tren pasaba fugazmente por allí, como esperando. A veces, además, les acompañaba una niña rubia con un vestido blanco. Por supuesto, nunca se lo contó a nadie, pues sabía que no le creerían.
Aquel día, sin embargo, cuando el metro pasó por la estación fantasma, no los vio. Sonriente, sintió una repentina paz, su estómago se relajó y las manos dejaron de sudarle. Pol siempre había sabido cuál era el tren que esperaban, y aquel día comprendió que este por fin se había detenido para que subieran y ya se los había llevado.

Esta es la tercera y última parte de un cuento que he escrito por mi cuenta sobre una leyenda urbana de mi ciudad, Barcelona. Cada capítulo está focalizado en un personaje distinto y es esencial leer los tres para entender la historia.


lunes, 17 de abril de 2017

La estación fantasma (II)


Parte II: Hugo


Abrió los ojos. ¿Dónde estaba? Su borrosa vista solamente le permitía intuir que se trataba de un lugar bastante oscuro, antiguo y polvoriento. Se incorporó lentamente y se frotó los ojos con los puños cerrados. Volvió a abrirlos. Nada. No tenía ni idea de dónde se encontraba ni de qué hacía allí. Y le dolía mucho la cabeza.
—¡Hugo! —exclamó una voz cercana.
¡Isaac! Qué alivio ver que se encontraba junto a alguien conocido. Pero, ¿por qué? Lo último que recordaba era estar en casa discutiendo con su hermano y a este último saliendo de casa rápidamente, seguramente para reunirse antes con Isaac y así bajar sin él al metro… ¡Claro, ahí es donde se encontraba!
—Isaac, tío… ¿Qué ha pasado? ¿Por qué me duele tanto la cabeza?—preguntó.
—Cuando te cuente todo lo que te tengo que contar no me vas a creer —respondió Isaac, con su característica sonrisa pícara que delataba lo cabrón que a veces podía llegar a ser. A Hugo no le caía mal, pues en realidad no era mal chaval. Pero también era cierto que era un chulito y estaba seguro de que siempre le había tomado por tonto.
—Sorpréndeme —le retó.
—¿Sabes qué? Creo que no te lo voy a explicar hasta que no lo veas.
Cogiéndole de la mano, Isaac le ayudó a levantarse. Por primera vez, Hugo echó un verdadero vistazo a su alrededor. Se hallaban sobre el andén de una estación muy parecida a cualquier otra de las del metro de Barcelona, pero a la vez diferente. Esta daba la impresión de estar inacabada, además de sucia, oscura y claramente abandonada. Sobre el andén opuesto, en la pared, se podía leer “Gaudí”. Le sorprendió ver también algún que otro viejo cartel publicitario enganchado en la pared. Sentía como si hubiese cogido un tren que le había llevado varias décadas atrás en el tiempo… y justo en aquel instante recordó que habían estado a punto de ser arrollados por uno.
—Tío, ¿qué ha pasado con el metro? Me duele mucho la cabeza… ¿sabes si me golpeó o algo? —preguntó, soltando la mano de Isaac para tocarse la cabeza. Al menos sangre no había.
—No sé, tío. Yo también me desperté en la estación. Pero si me haces caso y dejas de hablar tanto —remarcó el “tanto”— y me sigues, quizás todas tus preguntas obtengan su respuesta —dio media vuelta y empezó a caminar.
Hugo, sin dejar de palparse la cabeza en busca de heridas o tumores o cualquier cosa que pudiese darle un motivo de preocupación, se encogió de hombros y empezó a seguirlo, hasta que se dio cuenta de que se dirigían al interior de la estación.
—Ni hablar, tío —se detuvo—. Yo no me meto ahí. ¿Por qué cojones no grabas el puto vídeo en el que claramente se ve que no hay nadie esperando al metro, se lo envías a mi hermano y nos piramos de una vez? Creo que necesito ir al médico…
—¡Calla ya, cojones! Primero, no sé dónde está mi móvil. Segundo, eres un pelma. Y tercero, sí que hay gente aquí abajo—afirmó Isaac, sin detenerse.
—¿Cómo, cómo, cómo? ¿Qué sí hay gente esperando el metro? ¿Y dónde? Porque yo no los veo… —respondió Hugo, incrédulo.
—Cierra ya tu puta boca y sígueme, cobardica —se mofó Isaac, acompañando lo dicho de unos gestos bastante ofensivos.
Furioso y harto de ser ridiculizado siempre por lo mismo, Hugo echó a correr para tomar la delantera y pronto llegó a una estructura que bien podría ser un intento de escaleras mecánicas pero sin ningún tipo de mecanismo a la vista.
—Hay que subirlas. Ten cuidado, no son muy estables —anunció Isaac.
Hugo, dispuesto a no quejarse más hasta que Isaac le mostrase lo que fuese que quería mostrarle, y para demostrar también que no era un cobarde, empezó a subir los escalones, intentando agarrarse a todo lo que encontraba a su alcance. Una vez arriba, pudo observar que la estación también disponía de un vestíbulo de acceso bastante completo, pero, como todo en ese lugar, se encontraba prácticamente inacabado y a oscuras. De repente, se oyó un sonoro crujido. Hugo chilló y notó cómo las piernas le temblaban anunciando su siguiente ataque de pánico. Sin poder evitarlo, se echó a llorar.
—¡No me jodas! ¿Cómo puedes ser tan nenaza? —se quejó Isaac.
—¡No me jodas tú a mí, cabrón! ¿Por qué coño he de meterme en un lugar sin luz donde se oyen ruidos extraños? ¡Yo me largo de aquí, tío! —bramó, dando media vuelta.
—Está bien, está bien —le detuvo Isaac—. Te lo explicaré muy rápidamente, a ver si así dejas de lloriquear de una puta vez. Cuando me desperté, vi a dos tíos parados en medio del andén. En cuanto vieron que estaba consciente, uno de ellos se acercó a mí, me pidió que le acompañara al vestíbulo y me dijo que era muy probable que el tren ya no se detuviese esta noche. Cuando llegamos aquí arriba…
—¿Eso quiere decir que me dejaste solo en el andén con el otro pirado? —intervino Hugo, aterrorizado.
—Entiéndeme, ¡yo estaba flipando! Pero ya has visto que después de conocer a los demás volví a bajar para quedarme contigo y para vigilar por si pasaba el tren.
—¿A los demás? ¿Pero cuánta gente vive aquí?
—No lo sé, no los he contado, pero son bastantes. Ahora los conocerás. Son un poco raritos… no te asustes. Tienes que hablar con ellos y lo entenderás.
Hugo no podía creer la actitud de Isaac. ¿Pero por qué no podían irse de allí y punto? ¿Qué necesidad tenía él de conocer a nadie?
Inesperadamente, alguien le tiró de la camiseta por detrás. De un salto, Hugo dio media vuelta, retrocedió unos pasos y, a pesar de la oscuridad del lugar, pudo reconocer la figura de una niña de unos seis años con el pelo rubio, largo, y un desaliñado vestido blanco.
—Esta es Emma —informó Isaac.
—H-hola —tartamudeó Hugo, observando fijamente a la terrorífica niña.
—Ella no habla.
—Tío, en serio. ¿Estás de coña? ¿No te parece acojonante todo esto? Parece que estemos en Silent Hill… ¡o peor! ¿Por qué la puta niña no habla? ¿Por qué coño hay gente viviendo aquí? ¿Por qué no se van y salen al mundo exterior? ¡Que las personas necesitan sol, aire, naturaleza! Y si de verdad hay tanta gente viviendo aquí, ¿dónde coño están todos? ¿Por qué se esconden? ¿Acaso una persona normal se escondería? ¡Nada de todo esto tiene ningún tipo de sentido, hostia puta! —Hugo no pudo evitar perder los papeles. A la mierda todo. Si le llamaban cobardica, pues vale, lo era, ¿y qué?
—Tranquilízate. Yo te explicaré qué hacemos aquí —dijo una voz, seguida de unos pasos que se aproximaban. Poco a poco, la figura fue ganando nitidez a ojos de Hugo, quien pudo apreciar que se trataba de un hombre mayor que cojeaba. Víctima de un tembleque que le impedía permanecer más tiempo en pie, Hugo cayó sobre sus rodillas. El extraño hombre les alcanzó—. Deja que te cuente la historia del tren que habéis venido a esperar.

Esta es la segunda parte (de tres) de un cuento que he escrito por mi cuenta sobre una leyenda urbana de mi ciudad, Barcelona. Cada capítulo está focalizado en un personaje distinto y es esencial leer los tres para entender la historia.